lunes, 4 de noviembre de 2019

UN MARIDO PARA OLIVIA BUENO







UN MARIDO PARA OLIVIA



1


Olivia lanzó
la invitación sobre el asiento con gesto rabioso. 
—Es el protocolo —se
lamentó su amiga Francis.
—¡Y
una injusticia! Creí que tras esta maldita guerra las cosas iban a
cambiar, pero siguen como siempre. ¿De qué han servido tantas muertes y
sufrimiento? ¡Absolutamente de nada! 
—Por lo menos, tu
tío intentó compensarte. Te dejó una magnífica casa y casi la totalidad de
su fortuna. No tienes título, pero eres una mujer rica. Diría que, muy,
muy rica. Opino que no deberías quejarte.
—Una riqueza que me
impide recuperar lo que es mío por nacimiento. Me han arrebatado el
título, mi casa familiar y mi prestigio para entregárselo al imbécil de Howard.
Tengo todo el derecho del mundo a lamentarme. 
—Lo del
prestigio... Digamos que hace tiempo que no te acompaña, querida. Y se te han
tolerado tus desmanes por ser lady Loughty. Pero ahora no eres más que la
señorita Olivia Coleman. Deberás ir con tiento o estas invitaciones que
tanto te enervan, ni tan siquiera te llegarán; y perderás la oportunidad de
cazar un buen partido.
Olivia,
observándose en el espejito, dibujó una gran sonrisa.
—Cielo. Ningún
hombre se ha resistido jamás a esto. Y como bien dices, ahora hay que
añadir a mi innegable atractivo mi inmensa fortuna. Puedo conseguir el marido
que me plazca. Incluso, puedo comprarlo e imponer mis propias normas. Sí. Es
una idea estupenda.
—Mas bien una
estupidez. Y espero que esta noche no cometas ninguna. ¿De acuerdo?
—La señorita Olivia
se comportará como una niña buenecita. No hará como Lady Pamela Edmont que se
presentó al baile de disfraces ataviada con el traje de Lady Godiva y un simple
collar de cuentas. Un escándalo en toda regla. Claro que, sino recuerdo mal,
nadie la ha repudiado. Sigue asistiendo a todas las reuniones.
—Como has dicho,
pertenece a su círculo. Se protegen.
—Y yo ya he sido
rechazada por la jauría. Haga lo que haga, no me remedirán.   
Su amiga la miró preocupada.
—Hablo en serio. No
empeores las cosas. Te lo pido por favor.
—No soy tan
estúpida, Francis. Antes de nada, debo saber a qué atenerme como
"señorita". Aunque, sé muy bien como me tratará más de una. Me la
tenían jurada y ahora que he caído en desgracia harán leña conmigo.
Francis sonrió.
—Dudo mucho que te
troceen. No he conocido a nadie con más fortaleza que tú. Hemos llegado.
¿Lista?
Olivia inspiró
profundamente y bajó del coche, seguida de Francis.

















2


La gran escalinata
ya estaba repleta de invitados. Unos invitados que Olivia conocía muy bien.
Llevaba años dejándose ver por los elegantes salones de las mansiones más
señoriales del reino. Pero solamente eso. A diferencia de las demás
casaderas, nunca tuvo la menor intención de encontrar marido. Su única
aspiración fue ser libre y ahora, tras la enorme generosidad de su
estimado tío, sola en el mundo y habiendo cumplido los veinticinco, no
había nadie que mandase sobre su persona.
—Ahí está
Celestine. Me han dicho que este año irá a por todas —susurró
Francis.
—Ya no le quedan
candidatos dignos de su ambición. Tiene que darse prisa o sus esperanzas se
verán abocadas al fracaso.
—Dicen que ha
puesto los ojos sobre el Marqués de Langfort. ¡Por el amor de Dios! ¿De veras
se verá capaz de meterse en la cama con ese viejo repugnante? 
Olivia la miró
boquiabierta, al tiempo que entregaba la invitación al mayordomo.
—Sé que es
ambiciosa, pero casarse con ese carcamal...
—Llevas demasiado
tiempo fuera de Londres y no estás al corriente de las noticias. El anciano
marqués falleció. Ahora el carcamal se ha convertido en eso. Como ves, ha
mejorado mucho el marquesado —le aclaró su amiga indicándole con un leve
movimiento de cabeza al hombre que charlaba sin mucha emoción con la
anfitriona.
Sin duda, pensó
Olivia. El nuevo marqués era joven y muy atractivo. El perfecto candidato a
marido ideal. Incluso ella, si tuviese la necesidad de no quedarse soltera,
apostaría por él.
—Aunque, temo que
no se ha enterado que el pobre está prácticamente en la ruina. Sería divertido
ver como le echa el anzuelo y le sale rana —rió Francis.
—¡Sería un placer
indescriptible! Deberíamos alentarla, ¿no te parece? Pero primero necesito animarme
con una copa de champaña. Necesito burbujas para que mis agudezas broten
alegremente.
—Olivia. Me has
prometido que te portarás bien. Moderación.
—No me seas
aburrida, cielo. Ahí llega tu pretendiente. Deberías hacerle más caso, querida.
Es un muchacho estupendo y bien posicionado. Y bebe los vientos por ti.
—Mis sentimientos
hacia él solamente son fraternales. Es imposible que algún día lo vea como un
hombre a conquistar y meterlo en mi cama.
—Permite que
discrepe. Sé que lo encuentras terriblemente atractivo.
—Ya sabes que no es
un detalle primordial para mí. Quiero a alguien bueno, leal y amante de la
familia.
—Pues deberías
comprarte un perro, querida.
—Eres imposible
–remugó Francis.
—Soy de mente
fría.  Sé que terminaréis juntos. Así
que, se amable —le susurró Olivia.
—Lady Vaughan —saludó
a Francis, besándole la mano.
—Un placer verlo de
nuevo, lord Rawson.
—Lady... Señorita Coleman. 
—Si me disculpan, deberé
acudir en ayuda de nuestra anfitriona. Está ansiosa por escupir su veneno y no
quiero ser la culpable de que se envenene al morderse la lengua —dijo Olivia.
—¡Por Dios, Olivia!
–jadeó su amiga.
Por el
contrario,  lord Rawson sonrió divertido.
Olivia se acercó a
la mujer de porte altivo.
—Una fiesta
maravillosa, lady Wildock. Ha sido un acierto, teniendo en cuenta el clima
caluroso, centrarla en el jardín; que por cierto, lo ha decorado con exquisitez.
Da la sensación de encontrarnos en un bosque encantado.   
—Gracias, querida.
Yo me alegro de tú buen aspecto. Todos pensábamos que estarías... Bueno, tras
lo ocurrido, que no te encontrarías en tu mejor momento.
—La muerte de mí
tío ha sido dolorosa, ciertamente. Pero, la vida sigue, lady Wildock.
—Por supuesto. Sin
embargo, las circunstancias no son nada agradables. Una se levanta un día y es
toda una aristócrata y al otro, una vulgar ciudadana. Sin el patrimonio
familiar, sin apenas nada. Debe de ser espantoso, querida.
Olivia se percató
de que su círculo social desconocía que su tío no la había dejado en la
miseria. Pensaban que toda la herencia había ido a parar a manos de su estúpido
primo, pues este, con toda seguridad, ocultó que a parte del título y las
tierras apenas obtuvo unas miles de libras. La situación que le pareció
divertida. Y no trató de sacarla del error.
—Si, es terrible.
No se imagina cuanto. Tendré que adaptarme a mi nuevo status o buscar un esposo
adecuado cuanto antes.
La anfitriona la
miró estupefacta. Estaba loca si pretendía cazar a alguien. Ningún caballero la
sacaría del apuro y mucho menos, tratándose de ella. Hasta ahora sus locuras le
habían sido conmutadas por ser quien era. Ahora no era nadie. Absolutamente
nadie. Si la había invitado era para que comprendiese que ya no era uno de
ellos y que esta sería la última invitación que recibiría. Su vida social
estaba muerta.
—Un título, dinero,
prestigio, son avales incuestionables, por mucho que uno cometa errores o se
tome la vida muy a la ligera. Temo que despreciaste a grandes candidatos y
en estos momentos, no posees lo necesario.  
—Entre ellos se
encontraba su adorable nieto. He sido una tonta, ¿verdad? —replicó Olivia,
fingiendo aflicción.
—Del todo,
querida. Cuando uno no se toma la vida en serio, ésta le pasa
factura. Disfruta de la noche, nunca se sabe si será la última fiesta.
Lady Wildcok se
alejó con porte orgulloso. Olivia dejó la copa vacía en la bandeja del
camarero, tomó otra y salió al jardín.
—¿Qué te ha dicho
esa bruja? —se interesó Francis.
Olivia sonrió.
—Ha dictaminado
sentencia: Soy una apestada socialmente. Temo que será mí último acto social.
Así que, disfrutaré al máximo.
—¿Y eso te
divierte? Olivia, estás en una situación realmente complicada.
—¿Por qué? Aborrezco
estas fiestas y a la mayoría de los que transitan este salón. No ser invitada
me importa un pimiento. Al contrario. Viviré como me plazca, pues soy una mujer
adulta, libre y millonaria.   
—Me alegro de que
ya no te afecte que tú primo ostente el título que te corresponde por
nacimiento y que por ello te exilien.
—¡Por supuesto que
me importa! ¡Es una injusticia! —se enfureció Olivia.
—Pero no se puede
hacer nada.  Es la ley.
—Y ellos están
encantados de castigarme.
—Has roto las
normas más básicas y ahora pagas las consecuencias. Te han cerrado
las puertas de nuestro círculo. Tendría que ocurrir un milagro para que se
abriesen de nuevo.
—O pescar a un pez
gordo —musitó Olivia, observando al nuevo marqués que salía al jardín.
—¿No hablarás en
serio?
—Es atractivo,
joven y a pesar de no tener una libra, ostenta un título poderoso. Una
tentación para la joven rica, pero carente de nobleza.
—Por suerte te
conozco y sé que jamás harías algo semejante. ¿Te importa que te deje
unos minutos? He prometido este baile a George.
—Deberías
prometerle algo menos liviano, querida.
Su amiga resopló.
—Pesada.
—Me preocupa tú
felicidad, cielo. Y sé que lord Rawson es el hombre que te la daría.
Francis se alejó.
Olivia dejó la copa vacía y se sirvió otra, sin dejar de observar al
marqués. Era realmente atractivo. Moreno, cabello y ojos color miel, rostro
masculino, pero bien delineado. Muy alto y musculoso, aunque ello no le
impedía derrochar elegancia. El partido perfecto para todas aquellas
que desconocían que se encontraba en la ruina. Sería divertido ver
cual sería la incauta que cayera en sus garras. Porque estaba segura de que el
nuevo marqués haría lo que fuese necesario para conseguir una esposa que le
permitiera vivir una vida fastuosa. Y por el momento, tenía un buen ramillete a
su alrededor donde escoger. 
—Un tipo
misterioso, ¿verdad?
Olivia se dio la
vuelta. Sonrió ampliamente al ver al joven de aspecto angelical y bello como un
dios. 
—¡Alan! ¿Cuándo has
llegado?
—Hace un par
de días.
—¿Y no me has
llamado? —le recriminó ella.
—La vida parisina
es agotadora, cielo. Desperté hace apenas unas horas.
—¿Por qué dices que
el marqués es misterioso?
—Por la sencilla
razón de que nadie sabe de donde procede.
—¿Cómo que nade lo
sabe?
—Cariño. Deberías
prestar más atención a los cotilleos sociales. Te va el futuro en ello.
—Mi destino ya lo
han sellado. Ya no importa lo que haga o deje de hacer. Soy simplemente una
señorita. Ya no pertenezco a su club. Esta es mí última fiesta.
—¡Bobadas! Francis
y yo te recibiremos encantados. Además, sé que eres muy rica. Ningún hombre con
dos dedos de cabeza te repudiará. Y volviendo al tema, el viejo marqués,
cuando enviudó, decidió ir a Egipto para practicar su gran afición que no era
otra que la arqueología. Dicen que se enamoró de una nativa y que de esta unión
nació Rayan. Pero, como es natural, al regresar a casa, dejó atrás ese pasado.
No era apropiado traerse a una egipcia y a su bastardo. 
—Al parecer, a
nadie le importa ahora que sea mestizo. Como es marqués... —Comentó Olivia,
observando como las casaderas revoloteaban a su alrededor.
—La ley sálica es
una mierda. Pero ante lo inevitable, hay que seguir. Y tú eres una
chica fuerte. Nada te hunde.
—No estoy
desmoralizada por mi. Más bien, por ellos. Me odiaban y ahora podrán apartarme
porque he perdido mí título. No soporto que ganen. 
—Ni yo que intenten
casarme cada dos horas.
—Somos unos parias —bromeó
Olivia.
—Deberíamos hacer
un frente común. Yo te doy mí título y tú a cambio, obtienes libertad y
prestigio.
—Sería estupendo.
Pero nos conocen demasiado bien. No colaría, querido. Estamos
sentenciados.
—¡Me niego a que
estos estirados nos amarguen la noche! Estamos aquí para divertirnos y
están tocando un Charleston. Así que, a bailar. ¡Venga!
El nuevo marqués se
retiró a un rincón, observando como los jóvenes danzaban alegres. Él ya no
tenía ganas de divertirse. En cuando se hizo cargo de la herencia no pudo
imaginar que las cosas estuvieran tan mal. Pero lo cierto era que el
marquesado se encontraba en la ruina. Apenas tenía liquidez para
sobrevivir unos meses y ni una libra para cancelar los impuestos. Lo
cierto es que no debería importarle en absoluto. Durante toda su vida fue
ignorado por su padre. Ahora él debería ignorar su legado. Pero no podía. Tenía
la obligación de recuperar lo que legalmente le correspondía por derecho y
sobre todo, ver como todos esos arrogantes que despreciaron a su madre se
inclinaban ante ella. Ante la esposa legal del viejo
marqués. Pero apenas tenía opciones. Pedir un crédito era del
todo imposible. Nadie se arriesgaría a poner su dinero en unas tierras que
apenas producían y en una casa que necesitaba una fortuna para ser reparada. Lo
único factible era seducir a una casadera rica que no desease dinero
y que buscase un título. Una solución arriesgada, pues no era hombre
que estuviese hecho para el matrimonio. Y mucho menos para guardar fidelidad o
simularla. Era un espíritu libre. Un hombre demasiado apasionado para
entregar su corazón a una sola mujer.
La música
estridente dio paso a un vals, momento que aprovechó para alejarse de las
casaderas. No estaba de humor para comportarse como un caballero educado.  Se detuvo ante el fabuloso bufete y se sirvió
unos emparedados de pepinillos. Una comida humilde, pero que le entusiasmaba.
—Deberías probar
los de salmón. Son los mejores de la ciudad.
Rayan miró al joven
de aspecto refinado.
—En realidad, no
tengo mucho apetito. Pero es una excusa para alejarse del baile.
Alan sonrió
divertido.
—Te comprendo. Algunas
son como lobas. Como se te ocurra perderte en sus dominios, te devorarán. Ya sé
quien eres. Así que me presentaré yo. Soy Alan Douglas.  
Rayan le estrechó
la mano.
—Deduzco
que tú habilidad te ha mantenido a salvo. Me vendrá bien alguien
que me guíe. ¿Qué hay de ellas?
Alan miró al grupo
de jóvenes.
—Es el trío más
desesperado. La rubia es Helen Northon. Pertenece a una de las familias
con más abolengo de la nación. Su padre es el vizconde de Bonside. Pero
ahora están en horas bajas. No están en la ruina, pero casi. Eso le resta
puntos. La pelirroja es Amelia Borrows, hija del conde de
Erlingth, fortuna considerable, pero un tanto simple para un hombre
medianamente cabal y nada atractiva. Todo lo contrario es
Celestine, hija del Baronet de Coldom. Un título menor y sin
apenas capital, pero gran amigo del rey; por lo que muy influyente. Está
dispuesta a todo con tal de pescar al mejor partido. Su inteligencia y
belleza la convierte en una víbora peligrosa. Mantente lejos. En realidad,
si no piensas en el matrimonio, abstente de confraternizar. A no ser que estés
buscando esposa.
—Es posible. 
Del todo, pensó
Alan. El marquesado estaba en quiebra y urgía dinero candente.
—Te aconsejo que elijas
bien. Tendrás que soportar a tú mujer el resto de tus días.
—¿Alguna adecuada?
—En asuntos
amorosos, el consejo sobra.  
—¿Y quién está
hablando de amor? El matrimonio en nuestras esferas es un negocio.
—¡Vaya! Veo
que te has integrado con rapidez —se burló Alan. 
—Lo aprendí cuando
el dinero se interpuso entre mis padres.
—No siempre tiene
que ser así.
Rayan esbozó una
media sonrisa.
—Me parece que eres
un soñador. Y por lo que he podido observar, tus ensoñaciones se encaminan
hacia esa preciosidad rubia. La señorita Olivia.
Alan arrugó la
nariz.
—Veo que ya te han
hablado de ella.
—Algo me han dicho,
sí.
—Y deduzco que no maravillas.
—No suelo hacer
caso de los rumores. Confío más en la información de primera mano.
—Cualidad de un
hombre sensato. Pero deberías prestarles atención. Siempre ocultan alguna
verdad.
—¿Y cuál es la verdad
de ese bombón?
—Que está bajo mi
protección y que no consiento que nadie pueda dañarla.
—Comprendo. Terreno
acotado.
—No exactamente. Se
trata de mi mejor amiga. Y la mejor que ronda por este salón. A todo aquel
que la lastime, me encontrará.
—Tomo nota.
—En cuanto a lo que
pretendes, no tiene la menor intención de contraer matrimonio.
—¿De veras? —inquirió
Rayan no muy convencido.
—De veras. Aunque,
si de bailar. Si me disculpas.
Rayan observó a la
pareja que, de nuevo, se sumergía en la pista de baile y danzaba con frenesí;
mientras pensaba que era una lástima que Olivia estuviese arruinada. No
era la chica más hermosa de la tierra, pero era la mujer más interesante que
había visto. Su naturalidad, nada habitual en los salones de la alta sociedad,
le confería una sensualidad que la hacía irresistible. Y él debía resistir. No
podía permitirse que las candidatas a marquesas lo viesen como un mujeriego.
Olivia Coleman era fruta prohibida.





















jueves, 12 de septiembre de 2019

MIEDO A AMAR


Cuando bajó del taxi miró la casa. Nada había cambiado. El jardín, el estanque, el viejo roble, la inmensa magnolia bordeando el pórtico. Se había detenido en el tiempo. Únicamente ella era distinta. La muchacha que partió veinte años atrás ya no era una soñadora.
—¡Ha llegado Laura! —exclamó una chica de cabellos dorados mientras bajaba la escalinata.
—¿Carlota? ¡Díos mío, como has crecido! —se asombró Laura mientras era abrazada con efusión por su sobrina.
El mayordomo se acercó a ellas y cogió el baúl.
—Bienvenida, señorita.
—Gracias, Julio.
Laura ascendió los escalones con lentitud. Su madre la aguardaba con el mismo porte recatado que siempre la caracterizó. Soledad Alqueriza jamás mostraba los sentimientos en público. De bien niña le enseñaron que era vulgar. Y ellos pertenecían a la crema de la alta sociedad.
—Mamá —musitó su hija dándole un beso.
—Supongo que el viaje te habrá cansado. Marta te ha preparado un té. Jaime, sube el equipaje de la señorita a su antigua habitación.
Entraron en casa. Allí tampoco nada había sido modificado. La tradición, las normas eran inamovibles para los Alqueriza.
—Y bien. ¿A qué se debe esta repentina visita? —le preguntó su madre alcanzándole la taza.
—Ramón tenía que asistir a un congreso durante dos semanas a San Francisco y no me apetecía ir. Pensé que sería agradable pasar unos días en compañía de la familia. Hacía mucho tiempo que no nos veíamos.
—¡Tres años! —le recordó Carlota dejándose caer en el sofá.
—Querida, no seas tan tosca. Eres una señorita de buena familia. La espalda recta y movimientos suaves  —le recriminó Soledad.
—Sí, mucho tiempo. Te dejé siendo una cría y ya eres toda una mujer, Carlota —dijo Laura sorbiendo el té.
—Y una mujer comprometida —le informó la muchacha.
—Con un muchacho estupendo. De buena familia, responsable y futuro médico, como todos los varones de su familia desde hace doscientos años —añadió Soledad sonriendo por primera vez desde que su hija había llegado.
—Alguien adecuado, por supuesto —musitó Laura.
—Hoy lo conocerás. Le hemos invitado a la cena que se hace en tu honor, incluidos sus padres. Los conoces. Alberto es hijo de Andrés Muntaner  —dijo su sobrina.
Laura se quedó unos instantes anclada en el pasado, cuando Andrés, bajo las magnolias le pidió que se casara con él, que abandonara a Ramón porque no le convenía.
—¡Oh, no hacía ninguna falta! —dijo al fin.
—Nuestros amigos desean verte, querida. Es lógico, pues eres cara de tratar.
—Las obligaciones y la distancia dificultan muchas cosas, madre. Aunque, vosotros también podríais venir a Nueva York. ¿No te parece?
—Nosotros iremos en nuestra luna de miel. Si no te importa.
—En absoluto. Será un gran placer.
—¡Seremos la envidia de la ciudad! Todos desean estar al lado de una mujer tan importante. Tienes un marido guapo, riquísimo y que te adora; y no digamos las amistades que te rodean. ¡Hasta cenaste con el presidente! Una vida realmente envidiable.
—Laura tuvo muchos pretendientes, algunos inadecuados, sin embargo al final supo elegir al hombre correcto. Como tú has hecho —dijo Soledad.
—Alberto es el sueño de toda mujer. Cuando lo conozcas me darás la razón —dijo Carlota entornando los ojos.
—¡Aquí está mi querida hermana! Y tan guapa como siempre. Diría que más. ¿Cómo logras mantenerte tan esbelta y joven? ¿Acaso has pactado con el diablo?
Laura miró a la mujer de cabellos rojos que entraba con un chiquillo en los brazos seguida por una niña con el rostro cubierto de pecas y se levantó corriendo para abrazarla.
—¿Es éste mi nuevo sobrino? ¡Es precioso! —dijo acariciándole la mejilla —. Y está debe de ser Susana. ¿Verdad? Estás muy alta.
—Julia, a diferencia de otras, tiene una gran familia. No comprendo porque no habéis tenido hijos —dijo Soledad.
Laura dejó de sonreír.
—Mamá, por favor, no empieces —le recriminó Julia dejando al pequeño sentado sobre la alfombra.
—Tía Laura ha estado muy ocupada atendiendo a su marido. Supongo que pronto se decidirán a darte nietos. Aún son jóvenes. ¿No es así? —dijo Carlota revolviendo el cabello ensortijado de su hermano. 
—Sí —susurró ella.
—¿Y por qué no has ido a Tokio? ¡Yo no lo hubiese dudado! Adoro viajar, aunque no he podido hacerlo a menudo. Por los niños, por supuesto —suspiró Julia.
—Yo también tardaré en tener hijos. Primero quiero disfrutar de mi marido y de la vida, como lo ha hecho tía Laura — dijo su hija.
—La vida no puede planearse, Carlota. Es impredecible y a veces cruel —le recordó Laura.
—¿Y ha ido solo? —quiso saber su hermana.
—Supongo que lo acompaña su secretaria.
—¡Uy! Eso es peligroso, querida.
—Por favor, Julia. Ramón es un hombre responsable y jamás engañaría a Laura. Es todo un señor —se escandalizó Soledad.
—Que se codea con lo mejorcito del mundo —apuntilló su nieta lanzando un sonoro suspiro.
—¿Es cierto que cenaste con la reina de Inglaterra? —se interesó Julia.
—Simplemente compartimos un saludo y la mesa junto a otros ochenta invitados.
—¡Simplemente, dice! —exclamó Carlota.
—Si me disculpáis, me retiro. Estoy realmente cansada — dijo Laura, levantándose.
—La cena será a las nueve en punto—le informó su madre.
Laura abandonó el salón y entró en su antiguo cuarto.
Como el resto del entorno la habitación estaba como el día que dejó la casa para convertirse en la señora Aguiló, digna de una adolescente. Colcha rosada a juego con las cortinas. En el tocador seguían expuestos los frascos de perfume y algunas cintas para el cabello. Nada de cosméticos para embellecer el rostro. Su madre jamás permitió que los utilizase hasta que cumpliese la mayoría de edad. Las señoritas educadas y decentes no se comportaban como una desvergonzada, ni andaba con muchachos más allá del anochecer.    
Aún podía recordar lo emocionada que se sintió cuando Ramón se fijo en ella, en una chiquilla recién salida del instituto, inexperta en el amor y en la vida. Pero él se encargó de enseñarle todos sus secretos, por supuesto tras la boda. Jamás habría osado entregarse antes. La educación recibida así se lo inculcó. Una formación estricta que a pesar de los años transcurridos todavía lograba reprimir muchos de sus deseos.
La diferencia de edad, Ramón le llevaba quince años, no escandalizó lo más mínimo a Soledad Alqueriza. En realidad, fue ella quién los presentó. Había llegado a la ciudad para concertar un negocio con su marido. Como mujer inteligente y astuta, vio en los ojos de Ramón el deseo por esa chiquilla a punto de convertirse en una joven hermosa. A partir de ese momento, sus estrictas normas quedaron borradas de un plumazo. Permitió que Ramón la invitase a cenar, a acompañarlo a fiestas en su honor e incluso que la besase en el porche. Por supuesto, indicándole que jamás cediese a algo mucho más comprometedor. Decía que los hombres se desencantaban en cuanto conseguían lo que anhelaban. Nada de sexo ni caricias osadas hasta la boda.
En aquellos días, para una adolescente, convertirse en la mujer de un hombre tan poderoso y atractivo, era un imposible y creyó morir de placer cuando él le pidió la mano.  
 Pero la que estaba más encantada con la idea de que la mayor de sus hijas se casara con el mejor partido inimaginable era su madre. No se opuso a que contrajeran matrimonio cuando ella cumplió dieciocho años y  organizó una boda espectacular. Ramón era tan inmensamente rico que no escatimaron en lujos y excentricidades. Quinientos invitados y muchos llegados de todos los rincones del mundo. Tenía un marido guapo, inteligente y sumamente atento que la adoraba. Y ella se sintió la mujer más dichosa de la tierra.
Sí. Lo había sido hasta que dos días atrás cuando lo vio en el parking del hotel Ritz en compañía de su secretaria. Y no precisamente por asuntos laborales. La actitud cariñosa no daba lugar a dudas.
Hacía tiempo que la pasión entre ellos había decrecido. Circunstancia que encontraba lógica entre las parejas que llevaban varios años juntas, pero nunca pensó que se debiera a que él la engañara con otra o probablemente con muchas más. Ramón era atractivo y deseado por mujeres infinitamente más jóvenes y hermosas que ella, que podían ofrecerle lo que una esposa jamás practicaba con su marido cuando hacía el amor. 
Lo más sorprendente fue descubrir que ver a Ramón besar a Luisa con ansia no le produjo el dolor esperado. Lo único que sintió fue miedo. La perfección de su vida se estaba tambaleando. ¿Qué se suponía que debería hacer ahora? ¿Dejarlo? ¿Hacer ver que no sabía nada? Durante veinte años estuvo pendiente de él, protegida por el hombre que ahora la traicionaba. La vida había transcurrido a su alrededor olvidándose de la suya propia. No sabría caminar sola.
La fotografía de su boda estaba sobre la mesilla. Laura la tomó entre las manos. Su sonrisa no evidenciaba los nervios y miedo que pasó por no estar segura de como comportarse. Nadie pudo imaginar que la novia fue la única que no disfrutó ni un instante. Tuvo miedo de no estar a la altura que exigía ser la esposa de un hombre tan importante y poderoso. Pero ahora comprendía que fue por otro motivo muy distinto.
Rompió a llorar. 
El adulterio le había abierto los ojos. No amaba a su marido. En realidad nunca lo quiso. Ramón fue el sueño de una adolescente que cayó rendida ante la brillantez del hombre experto y deseado por medio mundo. Durante su matrimonio vivió inmersa en una mentira y lo peor de todo era que, continuaría viviéndola. No se sentía capaz de dejar a Ramón, de organizar un gran escándalo. La maldita educación que su madre le inculcó pesaba como una losa y que tal vez fue el motivo de su fracaso matrimonial.
















2


La cena resultó ser más agradable de lo imaginado gracias al prometido de Carlota. Alberto era un muchacho encantador, divertido y tan guapo como le había descrito su sobrina. Alto y atlético, con unos inmensos ojos azules y deseó que Carlota no acabara decepcionada con el transcurrir de los años como ella.
—Por fin he conocido a la famosa Laura Aguiló. He oído hablar mucho de usted y he de decir que gana mucho en persona. Las fotografías de las revistas no le hacen justicia —le dijo Alberto sentándose junto a ella en el porche.
—¿Tan vieja me ves? Por favor, tutéame —le pidió Laura sonriendo.
Alberto la estudió detenidamente. Laura era una mujer realmente atractiva, con unos ojos verdes enmarcados por cabellos rojos como el fuego y un cuerpo perfecto a pesar de acercarse a la cuarentena. Una mujer espectacular. Elegante e inteligente.
—¿Vieja? ¡No, por favor! Eres una mujer muy hermosa, tal como me comentaron, y joven.
—Comparada con un muchacho de veintiséis años me siento una anciana. Me han dicho que has hecho medicina. ¿Qué especialidad?
—Ginecología.
—Nosotros preferíamos algo más… Digamos prestigioso —opinó su padre.
—Considero que cuidar de la salud de las mujeres es un trabajo encomiable.
—Y de los niños que vienen al mundo también —apuntilló Julia.  
—¿Te queda mucho para terminar el Mir?
El rostro de Alberto se tornó serio.
—Dos años.
—Lo dices como si fuese una condena —rió Laura. 
—Muchas veces lo es.
Laura miró hacia el cielo estrellado y su rostro dibujó una sonrisa nostálgica.
—A mí me hubiese gustado estudiar, pero me casé joven. Demasiado.
—De lo cuál no debes estar arrepentida. Te has convertido en una esposa digna de un hombre notorio. Tu vida es envidiable —opinó su madre.
—Espero poder proporcionarle a Carlota tanta felicidad — dijo Alberto.
La muchacha tomó su mano y sonrió ampliamente.
—Ya me la estás dando.
Laura estudió al joven. Era el típico muchacho de buena familia, educado, con un porvenir envidiable y  una prometida encantadora como Carlota; sin embargo sus ojos azules no brillaban. Una neblina los empañaba y se preguntó el motivo de su insatisfacción.
—La velada está siendo de lo más agradable. Pero es más de media noche. Hora de que Cenicienta se retire —dijo Soledad.
Sus invitados, a excepción de Alberto, también se marcharon.
Carlota lo miró con adoración.
—Dime, tía. ¿Qué opinas de mi prometido?
Ella soltó una risa cristalina.
—Como comprenderás, ante su presencia, mi boca está sellada.
Su sobrina se levantó.
—Vuelvo enseguida.
Alberto se sirvió un poco de oporto.
—¿Te apetece?
Ella aceptó. 
—¿De verdad deseas ser médico? — le preguntó.
—¡Naturalmente! —dijo él con exagerado énfasis.
—Te he preguntado lo que tú quieres. No es lo mismo, ¿sabes?
—Y he respondido. Mi mayor meta es terminar la carrera, crear una familia junto a mi novia y ser feliz el resto de mis días. Nada espectacular, como puedes ver.
—Me alegro que tengas las ideas claras. No todo el mundo tiene tanta seguridad sobre su futuro. Mí sobrina es una chica afortunada.
—¿Así que la gran Laura me da su aprobación?
—Solamente mi sobrina tiene el derecho a elegir. Pero te diré que, conociéndola, sé que ha encontrado al mejor hombre para ella.  
Carlota regresó y al oírla besó la mejilla de Alberto.
—¡Es cierto! ¿No te parece un encanto, tía? Voy a casarme con el chico más guapo de la ciudad.
—No exageres —musitó él enrojeciendo.
—Únicamente digo la verdad y en dos años será el mejor médico. ¿No es así?
Alberto asintió y el abatimiento que ya mostró unos minutos antes volvió a apoderarse de su rostro.
—Hace una noche preciosa. Iremos a dar un paseo por el jardín. ¡Vamos! —dijo Carlota tomando la mano de su prometido.
Laura los vio alejarse con preocupación. El chico era perfecto, sin embargo no le gustó esa falta de entusiasmo que se desataba cada vez que alguien le recordaba los estudios. Tal vez una carrera elegida por tradición que no deseaba. Y eso, no era nada bueno. No para que un matrimonio fuese dichoso.
Suspiró hondamente y entró en casa. Subió a la planta de arriba. La puerta del cuarto de su madre estaba abierta. Soledad estaba leyendo. Al escuchar a su hija alzó la mirada.
—Laura.
Su hija entró.
—¿Qué te ha parecido Alberto? Hacen buena pareja, ¿verdad? —dijo Soledad.
—Sí.
—Mi nieta será muy feliz, como tú lo eres. Aunque espero que me dé bisnietos.
—Mamá, por favor. Deja el tema —le pidió Laura.
—¿Por qué? Es lógico que un matrimonio tenga hijos. ¿Acaso no puedes tenerlos?
—Estoy sana, mamá. ¿Crees realmente que Alberto quiere ser médico?
Soledad la miró estupefacta.
—¡Por supuesto! Ningún Muntaner ha sido otra cosa. Lo llevan en los genes.   
—Alguna vez alguien debe de romper la tradición.
—Los de nuestra clase jamás o llegaríamos a convertirnos en plebe.
Laura sacudió la cabeza con incredulidad.
—Mamá, los tiempos han cambiado. Ya nada es como antes.
—Aquí sí. Y no seremos los Alqueriza quienes rompan las normas, como lo ha hecho la loca de Beatriz. ¿Ya te has enterado que se fugó con el jardinero? Dejó a Borja dos días antes de la boda. Sus padres hace casi dos meses que no salen de casa. No han querido ni asistir a la cena. ¡Están destrozados! Pero esa loca regresará. Está acostumbrada al lujo y ese desgraciado no podrá hacerla feliz.
—El dinero no lo es todo.
Soledad sacudió la cabeza con condescendencia.
 -Hija, es fundamental. Ninguna pareja sobrevive a las penalidades.
—Y tampoco sin amor.
—El amor es dañino. Cuando éste termina se desmorona todo. En cambio, si una pareja se une por afinidades, proyectos futuros mutuos, perdura.
Laura la miró incrédula.
—¿Me estabas diciendo que te casaste con papá sin estar enamorada?
—Tu padre y yo teníamos gustos similares, las mismas aspiraciones. Eso nos bastó y con el tiempo aprendimos a querernos. Lo mismo que tú, hija.
—No, mamá. Yo quería a Ramón con toda mi alma — puntualizó Laura.
—Una excepción.
—¡No puedo creer lo que estoy escuchando! ¿Qué me dices de Julia? Ama a Roberto.
—Se casó con él porque era el mejor candidato. Acertó. Ya ves que forman una pareja estable. Sus hijos viven en un hogar sereno, sin altibajos. Además, ella nunca se tomó la vida con tanta pasión como tú.
—¿Papá te engañó alguna vez?
Soledad sonrió divertida.
—¿Tú padre? ¿Alguien de tan firmes convicciones morales? ¡Imposible!
—¿Y si lo hubiese hecho? ¿Le habrías perdonado?
Soledad lanzó un suspiro.
—Los hombres son distintos a nosotras. Tienen necesidades y deben desahogarse. El sexo no es un motivo  importante para que destruya una relación. ¿Si tu cuñado tuviese un tropezón piensas que sería aconsejable que Julia rompiera su matrimonio, su familia? No, Laura. Los hijos son muy importantes. Claro que, tú eso no puedes comprenderlo.
Laura pensó que su madre estaba equivocada. Ella nunca fue apasionada. Siempre actuó con calma, sopesando cada acción antes de realizarla. Del mismo modo frío decidió que su esposo tenía razón al aconsejarla que no debiera tener hijos hasta que el ritmo frenético de sus vidas se calmara.
Ahora ya no los tendría. No por la edad. A los treinta y ocho años podía ser madre perfectamente. No le apetecía tener un hijo con el hombre que la había decepcionado.
No aparentaba los años que ya tenía. Su rostro continuaba sin una arruga y el cuerpo tan estilizado como cuando era una adolescente. Únicamente sus ojos ya no eran los mismos. Habían perdido la ilusión, ese entusiasmo que vio reflejado en la mirada de la secretaria de su marido.
Ese ingrato no merecía su sufrimiento. Incluso pensó en la venganza, en dañarlo como él lo había hecho. Podría buscarse un amante, así el respetable señor Aguiló sentiría en su propia carne la humillación del engaño. ¿Qué diría entonces? Sobre todo si la alta sociedad se enterara, como seguramente ya lo estaba de su relación con esa zorra de Luisa.
Imaginó las burlas de todas esas grandes damas que la envidiaban. ¿Cómo había podido hacerle eso Ramón? Siempre confió en él y ahora se sentía incapaz de regresar a su antiguo modo de vida. No soportaría los cuchicheos y mofas. Ella tenía dignidad. Lo abandonaría. Pediría el divorcio.
Y después, ¿qué?, pensó. ¿Volver a comenzar? ¿Buscar un amor real? A sus años eso era una quimera. Los hombres que le correspondían solían enamorarse de jovencitas, no de mujeres que estaban a punto de alcanzar la cuarentena. Tal vez su madre tenía razón. Si la aventura de Ramón, era eso, una simple aventura, no debía precipitarse. Tenía dos semanas para recapacitar, para decidir lo que más le convenía.
—Es tarde, mamá. Buenas noches.
—Que descanses, hija.