sábado, 27 de noviembre de 2010

las sandalias del cesar



Esta Es La Que publique novela en 2008

¿Qué oculta la Secta del Hierro?
¿Por qué su recuerdo provoca tantas muertes?
La Espada de Alejandro esta en peligro.

Alexas, un humilde zapatero, intentará protegerla y desentrañar su misterio iniciando un viaje asombroso. Una búsqueda que convertirá su anodina existencia en una aventura fascinante que lo llevará de los tiempos convulsos de la Roma republicaca al seductor exotismo del Egipto de los faraones.

Capítulo I


La cena que ofrecía aquella noche el senador Geminiano Saturio y su esposa Thalestris era muy especial; aunque nadie que no perteneciese a su reducido grupo de íntimos amigos se habría percatado de ello.
Todo parecía de lo más normal tras la hora acordada con el horologium ex aqua para aquel día del mes de quintilis. Los invitados, sentados alrededor de la mesa, saboreaban almejas de Tarento, tordos de Dafne, atunes de Calcedonia, todo ello regado con un excelente vino macerado con miel; mientras charlaban distendidos sobre los eventos sociales que habían acontecido durante el día, siendo atendidos por sus esclavos personales, que permanecían atentos a cualquiera de sus demandas.
Acisclo Dexius, uno de los aristócratas más potentados de Roma, saboreando con deleite un higo, miró con gesto inquisitivo a Thalestris.
—César está haciendo un gran trabajo en la Galia. Ya ha conquistado muchas ciudades. Cuentan que a orillas del Rin se enfrentó a cuatrocientos treinta mil enemigos y no tuvo ni una sola baja, ganando la contienda. Aunque, se dice también que quiere regresar a Roma.
—Son simples habladurías. Mi primo estaría loco si abandonara el cargo que ostenta —dijo ella, dando un sorbo a la copa de cristal de electro ricamente decorada con piedras de murra.
—Lo sería; aunque también se comenta que posee más altas ambiciones —comentó Geminiano con voz queda.
Maximino, filósofo prestigioso entre los nobles y de gran estatura, alzó los hombros con indolencia, al tiempo que cogía un panecillo caliente del hornillo de oro y plata que le ofreció el esclavo más próximo.
La República está plagada de habladurías. Si hiciéramos caso a todas, viviríamos en un continuo sobresalto… —Movió la cabeza—. No obstante, los rumores más inocentes son un alivio a los pesares.
Geminiano, esbozando una sonrisa divertida en su rostro ovalado y exento de arrugas a pesar de ya contar con cincuenta años de edad, se dirigió al hombre que apuraba con deleite la copa de vino.
—Hablando de chismes, Acisclo… ¿Sigue tu esposa enojada?
El aludido lanzó un sonoro gruñido.
—¿Por qué me recuerdas a esa bruja cuando estoy disfrutando tanto? —se quejó, tirando después el muslo de codorniz sobre el plato.
Los otros comensales estallaron en grandes carcajadas ante la descripción de su amigo. Efectivamente, Lupicina era la esposa que un hombre jamás podía desear: fea, gruñona y con carnes demasiado generosas; aunque, eso sí, poseía un gran don: ser hija del general Saturio.
—Sé que es tentador ir en busca de los brazos de otras mucho más deseables. De todos modos, te recomiendo que olvides los burdeles por una temporada o preveo un período conyugal nada agradable —se burló Maximino, ajustándose luego la toga.
Acisclo lo escrutó con sus ojillos azules.
—Hablas así porque eres afortunado. No todos tenemos una esposa como la tuya, hermosa y dócil como la mejor de las yeguas.
—Cierto y aún no comprendo qué ve Olimpia en este gigante de aspecto bruto y desaliñado —rió Thalestris.
Maximino estiró su fornido cuerpo hacia la bandeja de los quesos, escogiendo con deleite uno bien curado, y luego dijo en tono jocoso:
—¿Y qué ves tú en Geminiano? No es precisamente el mejor de los galanes.
Ella soltó una risa cristalina.
—Lo elegí porque será un buen padre.
—¡No lo dudéis, amigos! He estado esperando esto durante diez años —afirmó Geminiano, acariciando el vientre abultado de su esposa.
—Maximino… ¿cómo está Olimpia? —se interesó Thalestris.
—Mejor. Pensó que podría acudir esta noche tan especial, pero aún está cansada. Las fiebres que sufrió fueron espantosas.
—Gracias a los dioses, las superó. Hubiese sido una gran pérdida para nuestra sociedad —dijo Acisclo.
Geminiano le lanzó una mirada severa y alzó la mano indicando que todos los esclavos abandonaran el triclinium.
—¿Por qué eres tan irresponsable?
Acisclo enrojeció avergonzado.
—Lo lamento. Siempre olvido que ellos están aquí. Son tan simples, que parecen no existir.
—Pues, a partir de ahora, recuérdalo. La misión es demasiado importante y peligrosa para que caiga en manos ambiciosas.
—Nadie sospecha de nosotros —opinó Maximino.
—Por ahora. Sin embargo, debemos ser cautos. Recordad que el futuro de Roma está en nuestras manos.
—Si logramos la meta —puntualizó Thalestris.
—Cada vez estamos más cerca —aseguró el anfitrión.
Acisclo sacudió la cabeza en señal de desacuerdo, sin dejar de probar las uvas de Capri.
—Llevamos varios años tras ello y no hemos avanzado apenas. Estamos como al principio, y ya dudo que lo logremos. E incluso he llegado a pensar que es un sueño; sólo un sueño.
—Quimera o no, lo cierto es que hay otros que quieren lo mismo y, además, por motivos menos nobles. Nosotros tenemos una misión elevada, y por eso seguiremos sin decaer ni un solo instante.
—Por supuesto —aseveró Maximino con gravedad.
—Sobre todo, ahora que he encontrado un documento muy revelador —les anunció Geminiano.
Sus invitados lo miraron expectantes.
—Se trata de una poesía. La escribió un egipcio llamado Faruk Naken.
—¿Bromeas? ¿Qué puede haber en un poema de lo que buscamos? —inquirió Acisclo.
—Pistas; aunque no están muy claras. Es como un acertijo. Sencillamente hay que descifrarlo y daremos con nuestro objetivo —dijo Thalestris con gesto satisfecho.
—¿De dónde lo sacasteis? —quiso saber Maximino.
—Salustino me lo envió desde Egipto. Lo encontró en la biblioteca de Alejandría.
—¿Lo robó? —Se escandalizó Acisclo.
—Lo copió. Por favor, Maximino… Ve a mis aposentos y trae el cofre de madera rojiza. Os lo mostraré. A ver si alguno de vosotros desentraña algo más —le pidió Geminiano, colocando varias estatuillas de lares sobre la mesa.
Maximino se levantó y mientras sus compañeros hacían los honores a los dioses, pronunciando palabras de buen augurio, cruzó el atrium. El agua caía en la pila. Estaba lloviendo. Entró en la habitación de Geminiano. Miró la mesa de mármol. La cajita estaba allí. La cogió y la observó, tentado, durante unos instantes de abrirla. Pero no lo hizo. Sus compañeros de conspiración tenían que conocer el contenido en el mismo instante que él.
Volvió tras sus pasos con el corazón latiéndole con fuerza. Tal vez, en esta ocasión, iban por el buen camino para conseguir lo que tanto anhelaban.
Un estrépito lo detuvo abruptamente. Procedía del triclinium.
Instintivamente se ocultó tras la columna.
Varios hombres habían entrado en la casa. Sus gestos y rostros no evidenciaban nada bueno. Con sigilo se acercó más a la puerta que lo separaba del triclinium.
Sus amigos estaban levantados, mirando con ojos atemorizados a los intrusos.
—¿A qué viene esta irrupción tan desagradable, Eliano? —preguntó Geminiano con indignación, dirigiéndose al general de infantería.
—Vengo a buscar una cosa.
—¿A estas horas? —inquirió, perplejo.
—Cualquier momento es el apropiado para encontrar la espada —dijo sonriendo con perversidad.
Geminiano carraspeó, mirándolo con gesto de incomprensión.
—No te hagas el idiota. Sé quiénes sois y quiero esa espada —insistió el alto mando castrense.
—¿Dé qué habla? —dijo Acisclo, intentando mostrarse sosegado.
Los ojos negros de Eliano lo fulminaron.
—Tengo pruebas de que estas asiduas reuniones están motivadas por el gran secreto —afirmó con tono acerado.
Thalestris se levantó y esbozó una sonrisa mordaz.
—Eliano, temo que te han informado mal. Estas cenas son simples reuniones sociales. Hoy, por ejemplo, estamos celebrando la próxima llegada de mi hijo. Te aseguro que no sabemos nada de esa espada —dijo, frotándose el abultado vientre.
El general apretó los dientes.
—Ante vuestra falta de cooperación, me veo obligado a actuar de un modo expeditivo —masculló, desenvainando su gladius.
—¡Eso no! —jadeó Acisclo.
Maximino se tensó como la cuerda de un arco. Por un segundo pensó en acudir a ayudar a sus amigos. No obstante, se contuvo a tiempo al mirar cofre. Había jurado, como todos los miembros del clan, que jamás permitirían que el gran poder cayese en manos del mal. Ahogando un gemido, vio que Acisclo era traspasado por la gladius de Eliano y como sus amigos corrían despavoridos ante el ataque cruel de los intrusos.
Geminiano luchó detonadamente contra uno de los atacantes, pero también cayó bajo el arma asesina, ante el grito desgarrado de Thalestris.
Maximino se aferró con fuerza a la cajita, intentando que las lágrimas de rabia e impotencia no resbalaran por sus mejillas encendidas, cuando vio como la punta de la espada se hundía sin remedio en la espalda de Thalestris.
—¿Qué hacemos ahora, general? —preguntó uno de los soldados.
Eliano lanzó una mirada oteando el lugar con ojo de buitre carroñero.
—Hay que encontrar a Maximino. Se le ha visto entrar en la casa… ¡Registradlo todo y matad a cualquiera que respire! —rugió, colérico.
Maximino abandonó la columna y corrió hacia el atrium. Miró el techo. Era la única salida posible.
Con dedos nerviosos ató la cajita a su túnica y comenzó a escalar la pared, llegando a la meta en el justo momento que los soldados entraban en el patio.
Saltó con presteza, alcanzando el exterior. Tiritando debido a la lluvia que ahora caía con fuerza y con el corazón palpitándole horrorizado, comenzó a descender del tejado. Tenía que llegar a casa. Eliano no dudaría en matar a todos aquellos que podían estar relacionados con el grupo.
Saltó. La oscuridad y la lluvia habían dejado desiertas las calles. A la carrera y sin mirar atrás, corrió sin detenerse un instante, pidiendo a los dioses que llegara a tiempo.
Al doblar la esquina de la plaza principal se detuvo al ver a unos soldados. No podía cruzar por ahí, por si estaban bajo las órdenes de Eliano. Optó por adentrarse en las callejuelas que llevaban a los barrios miserables, hasta alcanzar el barrio de Esquilino.
Allí, a pesar de la lluvia, el gentío inundaba sus calles embarradas repletas de lupanares. A nadie parecía preocuparle el mal tiempo. Las cantinas estaban atestadas y las puertas de los burdeles con falos iluminados, abiertas de par en par, para facilitar la entrada y la tentación a los clientes.
Maximino no se entretuvo. Siguió corriendo como alma que lleva el diablo, cuando divisó a lo lejos a otros soldados.
El barro le hizo tambalearse y perdió el equilibrio. Cayó de bruces, viendo como la caja de madera rodaba hacia la puerta de uno de los burdeles.
Se levantó. Pero la inminente llegada de sus perseguidores lo instó a no perder tiempo en recuperarla. Ahora lo más importante era llegar a casa, y después salvar a su hijo y a su esposa. Sin mirar atrás, aún despavorido por lo que había presenciado, reanudo la carrera, no pudiendo evitar las lágrimas al recordar a Thalestris, que yacía muerta, lo mismo que su hijo tan deseado.


Se equivocaba. Thalestris había sobrevivido al ataque. Los intrusos no se dieron cuenta y la dejaron tirada en el suelo mientras revolvían todas las estancias de la casa, asesinando sin piedad a los que encontraban en su camino.
—¡Maldita sea! ¡No hay nada! —exclamó Eliano, lleno de furia.
—¿Acaso sabías lo que buscabas? —le espetó uno de sus hombres.
El general lo apartó de un empellón.
—¡Quemad la casa! ¡Borrad nuestra intromisión! —ordenó, encaminándose hacia la salida.
El humo hizo volver en sí a Thalestris. Con dificultad se levantó, lanzando un lamento de dolor. La sangre manaba copiosamente por su espalda. Caminó lentamente hacia la puerta, sin mirar hacia atrás. No debía hacerlo o moriría sin remedio junto a su esposo, y debía pensar en su hijo.
Respirando entrecortadamente alcanzó la salida. Gritó con desesperación, pero no había nadie. A trompicones, comenzó a deambular por las calles, sintiendo como la vida se le escapaba.
No supo el tiempo que anduvo perdida, ni tampoco cuándo comenzaron los dolores del parto. El bebé estaba llegando. El miedo y el terrible dolor que soportaba su cuerpo la hicieron caer en un callejón. Se apoyó en la pared húmeda, entre la penumbra, jadeando sin control, sintiendo los espasmos bajo su vientre.
Su grito desgarrador llenó el silencio de la noche cuando el niño le rompió las entrañas. Con el corazón latiéndole con descontrol y sin apenas fuerzas, aferró desesperadamente a su hijo. Era una niña. Una pequeña de cabellos rojizos como el fuego.
Esbozó una leve sonrisa. Había conseguido salvar a la pequeña. Se quitó el medallón que colgaba de su cuello y lo colocó en el de la niña, que rompió a llorar con fuerza, anunciando que llegaba a la vida al tiempo que la de su madre se alejaba lentamente, desangrada.
La puerta de la casucha se abrió con un chirrido. Una mujer de cabellos crespos y rostro demacrado iluminó curiosa el callejón con una tea.
—¡Por todos los dioses! —exclamó al ver a Thalestris.
Sin pensarlo un momento, se acercó a ella. La miró detenidamente, comprobando que la mujer había muerto. Cortó el hilo umbilical y envolviendo a la recién nacida, entró en la casa, percatándose de que nadie le había visto.


Maximino también entró en su villa. Con desesperación cruzó el patio. Nadie se interpuso en su camino, ni tampoco vinieron a darle la bienvenida. Eso significaba que todos dormían o que... No quería ni imaginarlo.
Con pasos ansiosos entró en el triclinium. Vacío.
—¡Olimpia! —gritó con desesperación.
Sólo recibió silencio.
Entró en sus aposentos. Su esclava personal estaba muerta, con la cabeza caída en el tocador y Olimpia tendida sobre la cama. Su rostro evidenciaba una gran palidez. Se arrodilló junto a ella y la sacudió con nerviosismo al ver la herida que había en su pecho.
—¡Mírame! —jadeó, angustiado.
Su mujer abrió lentamente los párpados.
—Maximino —musitó.
—¿Dónde está Alejandro?
—Huyó con... con Auxencio. Maximino… me... muero.
—¡No! ¡No morirás! —gritó él, negándose a aceptar lo evidente.
Ella alzó la mano y le acarició la mejilla.
—Busca a nuestro hijo. No dejes que no alcance la meta... Debéis continuar con la misión. Promételo.
Maximino asintió sollozando.
—Lo juro —susurró.
Olimpia se convulsionó y en un estertor, el aliento escapó de su cuerpo.
Maximino hundió el rostro sobre el pecho de su esposa.
—¡Tu muerte no será en vano! ¡Juro que mataré a Eliano! ¡Vengaré los crímenes que ha cometido! —bramó, desesperado, sumergido en un espantoso dolor,
Se apartó de Olimpia. No podía permanecer allí. Tenía que ir a buscar a Alejandro. Sabía el lugar exacto, el que siempre había acordado con el esclavo si llegaba un momento tan dramático como el que acababa de acontecer.
Intentando sobreponerse, abandonó la casa y caminó ocultándose en las sombras hasta llegar al otro extremo del Palatino. Auxencio estaría refugiado en la villa de Aelio.
Cruzó la calle y antes de que pudiera evitarlo, dos hombres cayeron sobre él golpeándolo en la cabeza.









Capítulo II


Alexas cerró la puerta con llave. Había sido una jornada dura, del mismo modo que las últimas semanas. Desde que su padre enfermara, él llevaba todo el peso del negocio. Le dolían los dedos de dar tantas puntadas, de cortar el cuero, de teñirlo. Pero a pesar de ello se sentía satisfecho del trabajo realizado. A sus quince años de edad podía considerarse tan bueno como su padre. Y los habitantes de la ciudad así lo creían, pues los pedidos habían subido espectacularmente tras la creación que hizo para las sandalias de Penélope, la esposa del magistrado; unas sandalias simples, pero con engarces de rubíes.
Estirando los brazos subió la escalera y entró en el comedor. Su padre estaba tendido sobre el catre que habían puesto allí. Era un lugar insólito, pero al enfermo le gustaba ver el mar, y desde su cuarto eso era imposible.
Alexas lo miró detenidamente. Apenas quedaba nada de aquel hombre fornido y lleno de actividad. Ahora mostraba un aspecto decaído, delgado y sus ojos negros se confundían con las enormes ojeras que los bordeaban hundiéndose en la escasa carne.
—¿Algún cliente a última hora? —le preguntó su padre, incorporándose a duras penas.
—Una muchacha… Quería unas sandalias especiales.
—¿Bonita?
Alexas sacudió la cabeza, sonriendo. Sí, era realmente hermosa. Nunca había visto unos ojos de color de topacio como los de ella.
—Era Sabina.
—¿Qué pasa? ¿Acaso no la encuentras apropiada, hijo? Te recuerdo que su familia posee una gran fortuna, y que a pesar de que no eres de su mismo status social, están satisfechos de que su hija tenga intenciones de casarse contigo.
—Soy muy joven aún para pensar en matrimonio, padre. Además, no quiero quedarme aquí. Deseo conocer el mundo —afirmó Alexas, sirviendo la cena.
Su padre se levantó con dificultad, y se acomodó ente el plato de habas.
—No son buenos tiempos. La República está inmersa en una cruenta guerra civil.
—Con franqueza, soy incapaz de comprender los motivos de esta locura —dijo su hijo mientras se acomodaba en la litera con aire cansado.
—Todo es cuestión de política, hijo. Pompeyo fue proclamado cónsul único de la República y por supuesto, ello conllevaba un gobierno dictatorial. Creyó que ya no necesitaba a César e incluso volvió al senado contra él. Promulgó una ley en la que un ciudadano podía acusar a cualquier magistrado por corrupción electoral e intriga, conocedor que César había cometido esos actos. Y para asegurarse la caída de su rival, efectuó una lista con los jueces que tenía a favor, y así consiguió que gran parte del Senado se volviera contra César, olvidándose de las tierras que gracias a él engrandecieron a la República. Por supuesto, César nunca renunció a recuperar el poder y su opositor, a no consentírselo.
—Y el vencedor de esta guerra, será el nuevo cónsul —apostilló Alexas.
—Así es… ¿Sabes que me han llegado rumores que Pompeyo ha instalado su ejército al oeste del monte Dogandzis, para enfrentarse a Cayo Julio César?
—¿Están aquí? —inquirió el jovencito, mostrando emoción.
—Demasiado cerca. Eso nos traerá complicaciones. Y no te alegres, muchacho. Las guerras son espantosas; tanto para el que gana, como para el que pierde. El dolor arraiga en todos los corazones y jamás pueden erradicarse sus raíces.
—Siempre he pensado que te equivocaste de profesión padre. Hubieses sido un gran filósofo —bromeó Alexas.
—¿Esta vulgaridad has hecho para cenar? —gruñó su padre adoptivo.
—Es tu plato favorito —contestó Alexas, sentándose frente a él.
—Lo será, pero un día como hoy requiere algo especial…. ¿Acaso has olvidado la fecha?
Alexas entrecerró la frente.
—¡Por todos los Dioses, hoy cumplo dieciséis años! —exclamó, sorprendido.
—Así es. Ya eres casi un hombre. Y he pensado...
Alexas soltó la cuchara al ver la palidez que había adquirido el rostro de su progenitor.
—¿Qué te ocurre? ¿Te encuentras peor? —preguntó sin apenas voz.
—Llévame a... la cama —le pidió su padre, sintiendo un terrible dolor en el pecho.
El muchacho obedeció sin poder evitar la angustia que sentía.
—Llamaré al médico. —Decidió al ver su rostro contraído.
—No es necesario. Hace días que me muero.
—¡No digas eso! —exclamó Alexas.
—Es la verdad. Hijo, abre el arcón y trae la toga —le dijo, recostándose.
Alexas obedeció, comprendiendo sus intenciones. Iba a investirlo con la toga virilis.
—Colócatela —le pidió su padre.
Alexas así lo hizo.
—Te declaro un hombre. Ahora presta atención. He de contarte algo...
Su voz se quebró.
—No hables —le pidió Alexas, poniéndole otro cojín.
Su padre lo miró con angustia mientras lo tomaba de la mano con fuerza.
—Debo hacerlo. Y quiero que me escuches con atención. Es muy importante.
—Continúa, padre.
—He de confesar un secreto. Es un secreto que afectará tu existencia. Alexas, no eres quien crees ser… —Tosió unos instantes—. Tu verdadera identidad se ha mantenido oculta por razones de seguridad.
Alexas abrió la boca, atónito. Sin duda, su padre estaba delirando.
—Créeme. Hace trece años, vivía en Roma. Era un liberto de Maximino Carso Dominitus, uno de los filósofos con más prestigio de la República… Un hombre justo, valiente y sobre todo leal a sus amigos… Aunque, escondía una faceta oculta a los ojos de todos. Pertenecía a la Secta del Hierro… Su misión era encontrar la espada de Alejandro Magno, para que no cayera en poder de manos equivocadas; pues la leyenda dice que quien la posea, destruirá la República… Una noche, mientras mantenían una de sus asiduas reuniones, alguien acabó con la vida de todos ellos y la de sus allegados: Acisclo, Geminiano, Thalestris, Olimpia… Yo tenía órdenes de actuar con celeridad si eso ocurría y lo hice. Cogí al hijo de Maximino y lo saqué de Roma… Oculté nuestras verdaderas identidades… Nadie debía relacionarnos con los hechos.
—¿Qué insinúas? —musitó Alexas.
—Estoy diciendo que... eres el hijo de Maximino y Olimpia.
Alexas se dejó caer sobre el catre con el rostro lívido. ¿Qué estaba diciendo su padre? Sin duda, la enfermedad le hacía fantasear.
—Querido muchacho, es la pura verdad, por inverosímil que parezca. Yo no soy Celso. Mi nombre es Auxencio. Era tu pedagogo. Y tú eres el heredero de la Secta del Hierro, y debes continuar con la labor de los que fueron asesinados.
Alexas sacudió la cabeza con gesto desorientado. Acaba de descubrir que su existencia era una farsa; que toda su vida había sido como el leve reflejo en el agua que se descomponía cuando el dedo se hundía sobre ella.
—Así que soy romano —sólo pudo musitar.
—Y de las mejores familias… Hijo, perdona que aún te llame así. Debes prometer que continuaras la misión de Maximino.
—¿Cómo quieres que prometa algo así? ¡Desconozco lo de esa espada! —respondió Alexas, respirando agitado.
—En Alejandría hay un hombre llamado Salustino. Él te informará de todo y te prestará ayuda. Es miembro del clan... —Auxencio dejó de hablar, intentando que el aire no escapara de sus pulmones. Después de varios instantes angustiosos continuó con esfuerzo—: Debes, es necesario, que encuentres la espada y que la ocultes para siempre. Nadie más, aparte de sus verdaderos herederos, debe tenerla.
El joven miró angustiado al que hasta ahora había considerado su progenitor. Sin duda, estaba desvariando.
—Creo que iré a buscar al doctor.
—¡No! Muchacho, un hombre que está a punto de morir no miente jamás... Aún no he terminado...
Auxencio comenzó a toser con angustia.
—¡Padre! —gritó Alexas, tomándolo de la nuca.
—Prométeme que... la buscarás.
—Lo juro —dijo Alexas, sin poder evitar las lágrimas.
Auxencio lo miró profundamente durante unos momentos y después cerró los ojos, dejándose llevar por la parca.
—¡No! —gritó, desesperado, su hijo adoptivo, rompiendo a llorar con desgarro.
Durante el resto de la noche no dejó de hacerlo. Sólo cuando los primeros rayos de sol penetraron en la penumbra del cuarto reaccionó. Con brusquedad se limpió las lágrimas. Tenía que hacer las gestiones oportunas para enterrar con dignidad a su padre.
Tomó una moneda de oro. No quería escatimar en el entierro. Alquiló a cinco plañideras profesionales que lanzaron lamentos angustiosos, mientras varios hombres portaban las máscaras de los antepasados del difunto, arropados por los músicos. Ante la ausencia de familiares, fueron sus amigos los que se unieron al cortejo fúnebre, hasta llegar al cementerio. Alexas, mostrando grandes ojeras y aspecto demacrado, inició el panegírico. La gran oda recitada debía versar sobre la vida que había llevado el difunto, pero por supuesto no pudo hacerlo. Nadie debía descubrir quién era en realidad Celso Diomenes. Se limitó a alabar sus cualidades como el mejor artesano de la industria del zapato, así como la honradez que siempre había mostrado. Pero sobre todo, el gran orgullo que sentía de haber sido su hijo.
Terminado el funeral, Alexas regresó a la tienda. Se encerró en su cuarto del todo desmoralizado. Ahora lo único que deseaba era tumbarse y dormir. Cerrar los ojos y no despertar jamás.
No pudo. Su mente estaba llena de palabras, de imágenes que lo torturaban sin descanso. Se negaba a creer que estaba solo, que su único familiar lo había abandonado.
A los dos días de encierro, los golpes en la puerta lo alejaron del profundo letargo en el que había caído. Tambaleándose, abrió.
—¡Gracias a los dioses! Pensábamos que te había ocurrido algo irreparable —le dijo Sabina, respirando aliviada al ver que estaba vivo; aunque preocupada ante el desmejoramiento de Alexas. Su alta figura alta, de un pie y casi un palmus, parecía ahora encorvada y decaída.
—Así ha sido. Nadie podrá devolver la vida a mi padre —dijo Alexas en apenas un murmullo.
—Cierto. Es tristísimo. No obstante, la vida debe continuar. Y tienes un negocio que atender y del que sacar beneficios. No es bueno que te recrees en el dolor. Tu padre jamás te perdonaría que no fueses fuerte. Debes superarlo por él, cumplir los sueños que no pudo consumar —le aconsejó ella con suavidad.
Alexas la miró fijamente. ¿Debía quedarse en la ciudad o por el contrario ir a Alejandría, como le había pedido su presunto padre adoptivo? No creía en la confesión que había hecho. Sin embargo, algo en su interior le instaba a demostrar lo contrario; tal vez fuesen sus ansias de volar, de recorrer el mundo en busca de emociones nuevas. ¿Y qué mejor emoción que desentrañar el misterio de una leyenda que se relacionaba con Alejandro Magno?
—Hablas con cordura, Sabina. Sí, tengo que reponerme. Gracias por tu interés.
—Si necesitas algo, no dudes en llamarme. ¿De acuerdo? —le dijo ella, esbozando una sonrisa.
—Lo haré —dijo él, cerrando a continuación la puerta.
Miró las sandalias y los cinturones que se apilaban sobre la mesa de trabajo. Siempre había pensado que ése sería su futuro. Un artesano del cuero respetado y disputado por unas manos que realizaban obras magistrales, sin un fallo. Ya no podría ser, porque había decidido cambiar el rumbo de su existencia. Iría a Roma y después, si todo lo que su padre le había confesado en su lecho de muerte era verdadero, se encaminaría a Alejandría y cumpliría la misión que le había sido encomendada en el lecho de muerte.
Se cambió la túnica. Un buen baño en las termas lo tonificaría y le devolverían la calma que necesitaba.
Más seguro ya, se encaminó hacia las termas, que estaban enclavadas en el centro de un enorme recinto ajardinado. Varios nobles paseaban charlando de la cena a la que asistirían esa noche.
Entró en el edificio. Las paredes estaban recubiertas de mármol y estuco.
—¿Baño y masaje? —le preguntó el sirviente, entregándole una toalla.
Alexas asintió. Entró en el vestuario y se desnudó. Varios hombres le sonrieron inclinando la cabeza. Él correspondió al saludo y abandonó el guardarropía.
Se sumergió en el agua vaporosa. Necesitaba eliminar toxinas. Algunos clientes practicaban ejercicio físico alrededor del agua y otros jugaban a la palaestra.
A pesar de no querer recordar, no pudo evitarlo. Cerró los ojos rememorando las tardes compartidas con su padre en los baños. Eran tiempos alegres, sin preocupaciones, momentos de una vida plácida y sin sobresaltos. Ahora se sentía como un puzzle, con las fichas diseminadas, sin encontrar la última que le mostrara el verdadero dibujo de su identidad. Su mente estaba enmarañada como las redes de los pescadores.
Durante más de media hora permaneció en el agua, intentando calmar la rabia, la desolación y el miedo que sentía. Tenía que relajarse. Pensar con calma, del mismo modo que Celso, ahora supuestamente Auxencio, le enseñó con sus interminables clases de filosofía. Unas clases que siempre consideró absurdas para un muchacho que deseaba ser el mejor zapatero de la República.
Claro que, pensó, si era cierto el secreto que le había descubierto, no eran tan disparatadas esa clases, si era el hijo de Maximino. Celso había procurado darle la educación que creía oportuna para un muchacho de familia noble. Si lo meditaba, Celso no era un zapatero vulgar. Poseía sabiduría en las matemáticas, en la prosa, en la filosofía; materias que sólo un pedagogo podía enseñar.
Alexas, un poco más convencido de que su padre adoptivo había dicho la verdad, salió del agua. Se encaminó hacia la habitación de los masajes y bajo las manos expertas del esclavo de turno, la tensión fue cediendo, tanto que cayó en sueño leve y reparador.
Al despertar, todo había cambiado. Estaba decidido a no dejarse vencer. Loco o no, cumpliría la quimera del que lo había criado como un padre. Iría a Alejandría y buscaría a Salustino. Juntos desentrañarían el misterio de la espada del gran Alejandro Magno.
—¿Satisfecho, señor? —le preguntó el esclavo.
—Del todo — admitió, dándole una moneda.
Cuando llegó a casa, parecía otro hombre. Sacó de la despensa algo de comida y prácticamente la devoró. Hacía tres días que no había probado bocado. Seguidamente, se tumbó en la cama. Estaba agotado. En poco tiempo, el sueño liberador se apoderó de él, alejándolo del dolor y el miedo a un futuro muy incierto.







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