Esta Es La Que publique novela en 2008
¿Qué oculta la Secta del Hierro?
¿Por qué su recuerdo provoca tantas muertes?
La Espada de Alejandro esta en peligro.
Alexas, un humilde zapatero, intentará protegerla y desentrañar su misterio iniciando un viaje asombroso. Una búsqueda que convertirá su anodina existencia en una aventura fascinante que lo llevará de los tiempos convulsos de la Roma republicaca al seductor exotismo del Egipto de los faraones.
¿Qué oculta la Secta del Hierro?
¿Por qué su recuerdo provoca tantas muertes?
La Espada de Alejandro esta en peligro.
Alexas, un humilde zapatero, intentará protegerla y desentrañar su misterio iniciando un viaje asombroso. Una búsqueda que convertirá su anodina existencia en una aventura fascinante que lo llevará de los tiempos convulsos de la Roma republicaca al seductor exotismo del Egipto de los faraones.
Capítulo
I
La cena que ofrecía aquella noche el
senador Geminiano Saturio y su esposa Thalestris era muy especial; aunque nadie
que no perteneciese a su reducido grupo de íntimos amigos se habría percatado
de ello.
Todo parecía de lo más
normal tras la hora acordada con el horologium
ex aqua para aquel día del mes de quintilis.
Los invitados, sentados alrededor de la mesa, saboreaban almejas de Tarento,
tordos de Dafne, atunes de Calcedonia, todo ello regado con un excelente vino
macerado con miel; mientras charlaban distendidos sobre los eventos sociales
que habían acontecido durante el día, siendo atendidos por sus esclavos
personales, que permanecían atentos a cualquiera de sus demandas.
Acisclo Dexius, uno de
los aristócratas más potentados de Roma, saboreando con deleite un higo, miró
con gesto inquisitivo a Thalestris.
—César está haciendo un
gran trabajo en la Galia. Ya
ha conquistado muchas ciudades. Cuentan que a orillas del Rin se enfrentó a
cuatrocientos treinta mil enemigos y no tuvo ni una sola baja, ganando la
contienda. Aunque, se dice también que quiere regresar a Roma.
—Son simples habladurías.
Mi primo estaría loco si abandonara el cargo que ostenta —dijo ella, dando un
sorbo a la copa de cristal de electro ricamente decorada con piedras de murra.
—Lo sería; aunque también
se comenta que posee más altas ambiciones —comentó Geminiano con voz queda.
Maximino, filósofo
prestigioso entre los nobles y de gran estatura, alzó los hombros con
indolencia, al tiempo que cogía un panecillo caliente del hornillo de oro y
plata que le ofreció el esclavo más próximo.
—La República está plagada
de habladurías. Si hiciéramos caso a todas, viviríamos en un continuo
sobresalto… —Movió la cabeza—. No obstante, los rumores más inocentes son un
alivio a los pesares.
Geminiano, esbozando una
sonrisa divertida en su rostro ovalado y exento de arrugas a pesar de ya contar
con cincuenta años de edad, se dirigió al hombre que apuraba con deleite la
copa de vino.
—Hablando de chismes,
Acisclo… ¿Sigue tu esposa enojada?
El aludido lanzó un
sonoro gruñido.
—¿Por qué me recuerdas a
esa bruja cuando estoy disfrutando tanto? —se quejó, tirando después el muslo
de codorniz sobre el plato.
Los otros comensales
estallaron en grandes carcajadas ante la descripción de su amigo.
Efectivamente, Lupicina era la esposa que un hombre jamás podía desear: fea,
gruñona y con carnes demasiado generosas; aunque, eso sí, poseía un gran don: ser
hija del general Saturio.
—Sé que es tentador ir en
busca de los brazos de otras mucho más deseables. De todos modos, te recomiendo
que olvides los burdeles por una temporada o preveo un período conyugal nada
agradable —se burló Maximino, ajustándose luego la toga.
Acisclo lo escrutó con
sus ojillos azules.
—Hablas así porque eres
afortunado. No todos tenemos una esposa como la tuya, hermosa y dócil como la
mejor de las yeguas.
—Cierto y aún no
comprendo qué ve Olimpia en este gigante de aspecto bruto y desaliñado —rió
Thalestris.
Maximino estiró su
fornido cuerpo hacia la bandeja de los quesos, escogiendo con deleite uno bien
curado, y luego dijo en tono jocoso:
—¿Y qué ves tú en
Geminiano? No es precisamente el mejor de los galanes.
Ella soltó una risa
cristalina.
—Lo elegí porque será un
buen padre.
—¡No lo dudéis, amigos!
He estado esperando esto durante diez años —afirmó Geminiano, acariciando el vientre
abultado de su esposa.
—Maximino… ¿cómo está
Olimpia? —se interesó Thalestris.
—Mejor. Pensó que podría
acudir esta noche tan especial, pero aún está cansada. Las fiebres que sufrió
fueron espantosas.
—Gracias a los dioses,
las superó. Hubiese sido una gran pérdida para nuestra sociedad —dijo Acisclo.
Geminiano le lanzó una
mirada severa y alzó la mano indicando que todos los esclavos abandonaran el triclinium.
—¿Por qué eres tan
irresponsable?
Acisclo enrojeció
avergonzado.
—Lo lamento. Siempre
olvido que ellos están aquí. Son tan simples, que parecen no existir.
—Pues, a partir de ahora,
recuérdalo. La misión es demasiado importante y peligrosa para que caiga en
manos ambiciosas.
—Nadie sospecha de
nosotros —opinó Maximino.
—Por ahora. Sin embargo,
debemos ser cautos. Recordad que el futuro de Roma está en nuestras manos.
—Si logramos la meta —puntualizó
Thalestris.
—Cada vez estamos más
cerca —aseguró el anfitrión.
Acisclo sacudió la cabeza
en señal de desacuerdo, sin dejar de probar las uvas de Capri.
—Llevamos varios años
tras ello y no hemos avanzado apenas. Estamos como al principio, y ya dudo que
lo logremos. E incluso he llegado a pensar que es un sueño; sólo un sueño.
—Quimera o no, lo cierto
es que hay otros que quieren lo mismo y, además, por motivos menos nobles.
Nosotros tenemos una misión elevada, y por eso seguiremos sin decaer ni un solo
instante.
—Por supuesto —aseveró
Maximino con gravedad.
—Sobre todo, ahora que he
encontrado un documento muy revelador —les anunció Geminiano.
Sus invitados lo miraron
expectantes.
—Se trata de una poesía.
La escribió un egipcio llamado Faruk Naken.
—¿Bromeas? ¿Qué puede haber en un
poema de lo que buscamos? —inquirió Acisclo.
—Pistas; aunque no están
muy claras. Es como un acertijo. Sencillamente hay que descifrarlo y daremos
con nuestro objetivo —dijo Thalestris con gesto satisfecho.
—¿De dónde lo sacasteis? —quiso
saber Maximino.
—Salustino me lo envió
desde Egipto. Lo encontró en la biblioteca de Alejandría.
—¿Lo robó? —Se
escandalizó Acisclo.
—Lo copió. Por favor,
Maximino… Ve a mis aposentos y trae el cofre de madera rojiza. Os lo mostraré.
A ver si alguno de vosotros desentraña algo más —le pidió Geminiano, colocando
varias estatuillas de lares sobre la
mesa.
Maximino se levantó y
mientras sus compañeros hacían los honores a los dioses, pronunciando palabras
de buen augurio, cruzó el atrium. El
agua caía en la pila. Estaba lloviendo. Entró en la habitación de Geminiano.
Miró la mesa de mármol. La cajita estaba allí. La cogió y la observó, tentado,
durante unos instantes de abrirla. Pero no lo hizo. Sus compañeros de
conspiración tenían que conocer el contenido en el mismo instante que él.
Volvió tras sus pasos con
el corazón latiéndole con fuerza. Tal vez, en esta ocasión, iban por el buen
camino para conseguir lo que tanto anhelaban.
Un estrépito lo detuvo
abruptamente. Procedía del triclinium.
Instintivamente se ocultó
tras la columna.
Varios hombres habían
entrado en la casa. Sus gestos y rostros no evidenciaban nada bueno. Con sigilo
se acercó más a la puerta que lo separaba del triclinium.
Sus amigos estaban
levantados, mirando con ojos atemorizados a los intrusos.
—¿A qué viene esta
irrupción tan desagradable, Eliano? —preguntó Geminiano con indignación,
dirigiéndose al general de infantería.
—Vengo a buscar una cosa.
—¿A estas horas? —inquirió,
perplejo.
—Cualquier momento es el
apropiado para encontrar la espada —dijo sonriendo con perversidad.
Geminiano carraspeó,
mirándolo con gesto de incomprensión.
—No te hagas el idiota.
Sé quiénes sois y quiero esa espada —insistió el alto mando castrense.
—¿Dé qué habla? —dijo
Acisclo, intentando mostrarse sosegado.
Los ojos negros de Eliano
lo fulminaron.
—Tengo pruebas de que
estas asiduas reuniones están motivadas por el gran secreto —afirmó con tono
acerado.
Thalestris se levantó y
esbozó una sonrisa mordaz.
—Eliano, temo que te han
informado mal. Estas cenas son simples reuniones sociales. Hoy, por ejemplo,
estamos celebrando la próxima llegada de mi hijo. Te aseguro que no sabemos
nada de esa espada —dijo, frotándose el abultado vientre.
El general apretó los
dientes.
—Ante vuestra falta de
cooperación, me veo obligado a actuar de un modo expeditivo —masculló,
desenvainando su gladius.
—¡Eso no! —jadeó Acisclo.
Maximino se tensó como la
cuerda de un arco. Por un segundo pensó en acudir a ayudar a sus amigos. No
obstante, se contuvo a tiempo al mirar cofre. Había jurado, como todos los
miembros del clan, que jamás permitirían que el gran poder cayese en manos del
mal. Ahogando un gemido, vio que Acisclo era traspasado por la gladius de Eliano y como sus amigos
corrían despavoridos ante el ataque cruel de los intrusos.
Geminiano luchó
detonadamente contra uno de los atacantes, pero también cayó bajo el arma
asesina, ante el grito desgarrado de Thalestris.
Maximino se aferró con
fuerza a la cajita, intentando que las lágrimas de rabia e impotencia no
resbalaran por sus mejillas encendidas, cuando vio como la punta de la espada
se hundía sin remedio en la espalda de Thalestris.
—¿Qué hacemos ahora,
general? —preguntó uno de los soldados.
Eliano lanzó una mirada
oteando el lugar con ojo de buitre carroñero.
—Hay que encontrar a
Maximino. Se le ha visto entrar en la casa… ¡Registradlo todo y matad a
cualquiera que respire! —rugió, colérico.
Maximino abandonó la
columna y corrió hacia el atrium.
Miró el techo. Era la única salida posible.
Con dedos nerviosos ató
la cajita a su túnica y comenzó a escalar la pared, llegando a la meta en el
justo momento que los soldados entraban en el patio.
Saltó con presteza,
alcanzando el exterior. Tiritando debido a la lluvia que ahora caía con fuerza
y con el corazón palpitándole horrorizado, comenzó a descender del tejado.
Tenía que llegar a casa. Eliano no dudaría en matar a todos aquellos que podían
estar relacionados con el grupo.
Saltó. La oscuridad y la
lluvia habían dejado desiertas las calles. A la carrera y sin mirar atrás,
corrió sin detenerse un instante, pidiendo a los dioses que llegara a tiempo.
Al doblar la esquina de
la plaza principal se detuvo al ver a unos soldados. No podía cruzar por ahí,
por si estaban bajo las órdenes de Eliano. Optó por adentrarse en las
callejuelas que llevaban a los barrios miserables, hasta alcanzar el barrio de
Esquilino.
Allí, a pesar de la
lluvia, el gentío inundaba sus
calles embarradas repletas de lupanares. A nadie parecía preocuparle el mal
tiempo. Las cantinas estaban atestadas y las puertas de los burdeles con falos
iluminados, abiertas de par en par,
para facilitar la entrada y la tentación a los clientes.
Maximino no se entretuvo.
Siguió corriendo como alma que lleva el diablo, cuando divisó a lo lejos a
otros soldados.
El barro le hizo tambalearse
y perdió el equilibrio. Cayó de bruces, viendo como la caja de madera rodaba
hacia la puerta de uno de los burdeles.
Se levantó. Pero la
inminente llegada de sus perseguidores lo instó a no perder tiempo en
recuperarla. Ahora lo más importante era llegar a casa, y después salvar a su
hijo y a su esposa. Sin mirar atrás, aún despavorido por lo que había presenciado,
reanudo la carrera, no pudiendo evitar las lágrimas al recordar a Thalestris,
que yacía muerta, lo mismo que su hijo tan deseado.
Se equivocaba. Thalestris había sobrevivido
al ataque. Los intrusos no se dieron cuenta y la dejaron tirada en el suelo
mientras revolvían todas las estancias de la casa, asesinando sin piedad a los
que encontraban en su camino.
—¡Maldita sea! ¡No hay
nada! —exclamó Eliano, lleno de furia.
—¿Acaso sabías lo que
buscabas? —le espetó uno de sus hombres.
El general lo apartó de
un empellón.
—¡Quemad la casa! ¡Borrad
nuestra intromisión! —ordenó, encaminándose hacia la salida.
El humo hizo volver en sí
a Thalestris. Con dificultad se levantó, lanzando un lamento de dolor. La
sangre manaba copiosamente por su espalda. Caminó lentamente hacia la puerta,
sin mirar hacia atrás. No debía hacerlo o moriría sin remedio junto a su esposo,
y debía pensar en su hijo.
Respirando
entrecortadamente alcanzó la salida. Gritó con desesperación, pero no había
nadie. A trompicones, comenzó a deambular por las calles, sintiendo como la
vida se le escapaba.
No supo el tiempo que
anduvo perdida, ni tampoco cuándo comenzaron los dolores del parto. El bebé
estaba llegando. El miedo y el terrible dolor que soportaba su cuerpo la
hicieron caer en un callejón. Se apoyó en la pared húmeda, entre la penumbra,
jadeando sin control, sintiendo los espasmos bajo su vientre.
Su grito desgarrador
llenó el silencio de la noche cuando el niño le rompió las entrañas. Con el
corazón latiéndole con descontrol y sin apenas fuerzas, aferró desesperadamente
a su hijo. Era una niña. Una pequeña de cabellos rojizos como el fuego.
Esbozó una leve sonrisa.
Había conseguido salvar a la pequeña. Se quitó el medallón que colgaba de su
cuello y lo colocó en el de la niña, que rompió a llorar con fuerza, anunciando
que llegaba a la vida al tiempo que la de su madre se alejaba lentamente,
desangrada.
La puerta de la casucha
se abrió con un chirrido. Una mujer de cabellos crespos y rostro demacrado
iluminó curiosa el callejón con una tea.
—¡Por todos los dioses! —exclamó
al ver a Thalestris.
Sin pensarlo un momento,
se acercó a ella. La miró detenidamente, comprobando que la mujer había muerto.
Cortó el hilo umbilical y envolviendo a la recién nacida, entró en la casa,
percatándose de que nadie le había visto.
Maximino también entró en su villa. Con
desesperación cruzó el patio. Nadie se interpuso en su camino, ni tampoco
vinieron a darle la bienvenida. Eso significaba que todos dormían o que... No
quería ni imaginarlo.
Con pasos ansiosos entró
en el triclinium. Vacío.
—¡Olimpia! —gritó con
desesperación.
Sólo recibió silencio.
Entró en sus aposentos.
Su esclava personal estaba muerta, con la cabeza caída en el tocador y Olimpia
tendida sobre la cama. Su rostro evidenciaba una gran palidez. Se arrodilló
junto a ella y la sacudió con nerviosismo al ver la herida que había en su
pecho.
—¡Mírame! —jadeó,
angustiado.
Su mujer abrió lentamente
los párpados.
—Maximino —musitó.
—¿Dónde está Alejandro?
—Huyó con... con
Auxencio. Maximino… me... muero.
—¡No! ¡No morirás! —gritó
él, negándose a aceptar lo evidente.
Ella alzó la mano y le
acarició la mejilla.
—Busca a nuestro hijo. No
dejes que no alcance la meta... Debéis continuar con la misión. Promételo.
Maximino asintió
sollozando.
—Lo juro —susurró.
Olimpia se convulsionó y
en un estertor, el aliento escapó de su cuerpo.
Maximino hundió el rostro
sobre el pecho de su esposa.
—¡Tu muerte no será en
vano! ¡Juro que mataré a Eliano! ¡Vengaré los crímenes que ha cometido! —bramó,
desesperado, sumergido en un espantoso dolor,
Se apartó de Olimpia. No
podía permanecer allí. Tenía que ir a buscar a Alejandro. Sabía el lugar exacto,
el que siempre había acordado con el esclavo si llegaba un momento tan
dramático como el que acababa de acontecer.
Intentando sobreponerse,
abandonó la casa y caminó ocultándose en las sombras hasta llegar al otro
extremo del Palatino. Auxencio estaría refugiado en la villa de Aelio.
Cruzó la calle y antes de
que pudiera evitarlo, dos hombres cayeron sobre él golpeándolo en la cabeza.
Capítulo II
Alexas cerró la puerta con llave. Había
sido una jornada dura, del mismo modo que las últimas semanas. Desde que su
padre enfermara, él llevaba todo el peso del negocio. Le dolían los dedos de
dar tantas puntadas, de cortar el cuero, de teñirlo. Pero a pesar de ello se
sentía satisfecho del trabajo realizado. A sus quince años de edad podía
considerarse tan bueno como su padre. Y los habitantes de la ciudad así lo
creían, pues los pedidos habían subido espectacularmente tras la creación que
hizo para las sandalias de Penélope, la esposa del magistrado; unas sandalias
simples, pero con engarces de rubíes.
Estirando los brazos
subió la escalera y entró en el comedor. Su padre estaba tendido sobre el catre
que habían puesto allí. Era un lugar insólito, pero al enfermo le gustaba ver
el mar, y desde su cuarto eso era imposible.
Alexas lo miró detenidamente.
Apenas quedaba nada de aquel hombre fornido y lleno de actividad. Ahora
mostraba un aspecto decaído, delgado y sus ojos negros se confundían con las
enormes ojeras que los bordeaban hundiéndose en la escasa carne.
—¿Algún cliente a última
hora? —le preguntó su padre, incorporándose a duras penas.
—Una muchacha… Quería
unas sandalias especiales.
—¿Bonita?
Alexas sacudió la cabeza,
sonriendo. Sí, era realmente hermosa. Nunca había visto unos ojos de color de
topacio como los de ella.
—Era Sabina.
—¿Qué pasa? ¿Acaso no la
encuentras apropiada, hijo? Te recuerdo que su familia posee una gran fortuna,
y que a pesar de que no eres de su mismo status
social, están satisfechos de que su hija tenga intenciones de casarse contigo.
—Soy muy joven aún para
pensar en matrimonio, padre. Además, no quiero quedarme aquí. Deseo conocer el
mundo —afirmó Alexas, sirviendo la cena.
Su padre se levantó con
dificultad, y se acomodó ente el plato de habas.
—No son buenos tiempos. La República está inmersa
en una cruenta guerra civil.
—Con franqueza, soy
incapaz de comprender los motivos de esta locura —dijo su hijo mientras se
acomodaba en la litera con aire cansado.
—Todo es cuestión de
política, hijo. Pompeyo fue proclamado cónsul único de la República y por
supuesto, ello conllevaba un gobierno dictatorial. Creyó que ya no necesitaba a
César e incluso volvió al senado contra él. Promulgó una ley en la que un
ciudadano podía acusar a cualquier magistrado por corrupción electoral e
intriga, conocedor que César había cometido esos actos. Y para asegurarse la
caída de su rival, efectuó una lista con los jueces que tenía a favor, y así consiguió
que gran parte del Senado se volviera contra César, olvidándose de las tierras
que gracias a él engrandecieron a la República. Por supuesto, César nunca renunció a
recuperar el poder y su opositor, a no consentírselo.
—Y el vencedor de esta
guerra, será el nuevo cónsul —apostilló Alexas.
—Así es… ¿Sabes que me
han llegado rumores que Pompeyo ha instalado su ejército al oeste del monte Dogandzis,
para enfrentarse a Cayo Julio César?
—¿Están aquí? —inquirió
el jovencito, mostrando emoción.
—Demasiado cerca. Eso nos
traerá complicaciones. Y no te alegres, muchacho. Las guerras son espantosas; tanto
para el que gana, como para el que pierde. El dolor arraiga en todos los
corazones y jamás pueden erradicarse sus raíces.
—Siempre he pensado que
te equivocaste de profesión padre. Hubieses sido un gran filósofo —bromeó
Alexas.
—¿Esta vulgaridad has
hecho para cenar? —gruñó su padre adoptivo.
—Es tu plato favorito —contestó
Alexas, sentándose frente a él.
—Lo será, pero un día
como hoy requiere algo especial…. ¿Acaso has olvidado la fecha?
Alexas entrecerró la
frente.
—¡Por todos los Dioses,
hoy cumplo dieciséis años! —exclamó, sorprendido.
—Así es. Ya eres casi un
hombre. Y he pensado...
Alexas soltó la cuchara
al ver la palidez que había adquirido el rostro de su progenitor.
—¿Qué te ocurre? ¿Te
encuentras peor? —preguntó sin apenas voz.
—Llévame a... la cama —le
pidió su padre, sintiendo un terrible dolor en el pecho.
El muchacho obedeció sin
poder evitar la angustia que sentía.
—Llamaré al médico. —Decidió
al ver su rostro contraído.
—No es necesario. Hace
días que me muero.
—¡No digas eso! —exclamó
Alexas.
—Es la verdad. Hijo, abre
el arcón y trae la toga —le dijo, recostándose.
Alexas obedeció,
comprendiendo sus intenciones. Iba a investirlo con la toga virilis.
—Colócatela —le pidió su
padre.
Alexas así lo hizo.
—Te declaro un hombre.
Ahora presta atención. He de contarte algo...
Su voz se quebró.
—No hables —le pidió
Alexas, poniéndole otro cojín.
Su padre lo miró con
angustia mientras lo tomaba de la mano con fuerza.
—Debo hacerlo. Y quiero
que me escuches con atención. Es muy importante.
—Continúa, padre.
—He de confesar un
secreto. Es un secreto que afectará tu existencia. Alexas, no eres quien crees
ser… —Tosió unos instantes—. Tu verdadera identidad se ha mantenido oculta por
razones de seguridad.
Alexas abrió la boca, atónito.
Sin duda, su padre estaba delirando.
—Créeme. Hace trece años,
vivía en Roma. Era un liberto de
Maximino Carso Dominitus, uno de los filósofos con más prestigio de la República … Un hombre
justo, valiente y sobre todo leal a sus amigos… Aunque, escondía una faceta
oculta a los ojos de todos. Pertenecía a la Secta del Hierro… Su misión era encontrar la
espada de Alejandro Magno, para que no cayera en poder de manos equivocadas;
pues la leyenda dice que quien la posea, destruirá la República … Una noche,
mientras mantenían una de sus asiduas reuniones, alguien acabó con la vida de
todos ellos y la de sus allegados: Acisclo, Geminiano, Thalestris, Olimpia… Yo
tenía órdenes de actuar con celeridad si eso ocurría y lo hice. Cogí al hijo de
Maximino y lo saqué de Roma… Oculté nuestras verdaderas identidades… Nadie
debía relacionarnos con los hechos.
—¿Qué insinúas? —musitó
Alexas.
—Estoy diciendo que... eres
el hijo de Maximino y Olimpia.
Alexas se dejó caer sobre
el catre con el rostro lívido. ¿Qué estaba diciendo su padre? Sin duda, la
enfermedad le hacía fantasear.
—Querido muchacho, es la
pura verdad, por inverosímil que parezca. Yo no soy Celso. Mi nombre es
Auxencio. Era tu pedagogo. Y tú eres el heredero de la Secta del Hierro, y debes
continuar con la labor de los que fueron asesinados.
Alexas sacudió la cabeza
con gesto desorientado. Acaba de descubrir que su existencia era una farsa; que
toda su vida había sido como el leve reflejo en el agua que se descomponía
cuando el dedo se hundía sobre ella.
—Así que soy romano —sólo
pudo musitar.
—Y de las mejores
familias… Hijo, perdona que aún te llame así. Debes prometer que continuaras la
misión de Maximino.
—¿Cómo quieres que
prometa algo así? ¡Desconozco lo de esa espada! —respondió Alexas, respirando
agitado.
—En Alejandría hay un
hombre llamado Salustino. Él te informará de todo y te prestará ayuda. Es
miembro del clan... —Auxencio dejó de hablar, intentando que el aire no
escapara de sus pulmones. Después de varios instantes angustiosos continuó con
esfuerzo—: Debes, es necesario, que encuentres la espada y que la ocultes para
siempre. Nadie más, aparte de sus verdaderos herederos, debe tenerla.
El joven miró angustiado
al que hasta ahora había considerado su progenitor. Sin duda, estaba
desvariando.
—Creo que iré a buscar al
doctor.
—¡No! Muchacho, un hombre
que está a punto de morir no miente jamás... Aún no he terminado...
Auxencio comenzó a toser
con angustia.
—¡Padre! —gritó Alexas,
tomándolo de la nuca.
—Prométeme que... la
buscarás.
—Lo juro —dijo Alexas,
sin poder evitar las lágrimas.
Auxencio lo miró profundamente
durante unos momentos y después cerró los ojos, dejándose llevar por la parca.
—¡No! —gritó,
desesperado, su hijo adoptivo, rompiendo a llorar con desgarro.
Durante el resto de la
noche no dejó de hacerlo. Sólo cuando los primeros rayos de sol penetraron en
la penumbra del cuarto reaccionó. Con brusquedad se limpió las lágrimas. Tenía
que hacer las gestiones oportunas para enterrar con dignidad a su padre.
Tomó una moneda de oro.
No quería escatimar en el entierro. Alquiló a cinco plañideras profesionales que
lanzaron lamentos angustiosos, mientras varios hombres portaban las máscaras de
los antepasados del difunto, arropados por los músicos. Ante la ausencia de
familiares, fueron sus amigos los que se unieron al cortejo fúnebre, hasta
llegar al cementerio. Alexas, mostrando grandes ojeras y aspecto demacrado,
inició el panegírico. La gran oda recitada debía versar sobre la vida que había
llevado el difunto, pero por supuesto no pudo hacerlo. Nadie debía descubrir
quién era en realidad Celso Diomenes. Se limitó a alabar sus cualidades como el
mejor artesano de la industria del zapato, así como la honradez que siempre había
mostrado. Pero sobre todo, el gran orgullo que sentía de haber sido su hijo.
Terminado el funeral,
Alexas regresó a la tienda. Se encerró en su cuarto del todo desmoralizado.
Ahora lo único que deseaba era tumbarse y dormir. Cerrar los ojos y no
despertar jamás.
No pudo. Su mente estaba
llena de palabras, de imágenes que lo torturaban sin descanso. Se negaba a
creer que estaba solo, que su único familiar lo había abandonado.
A los dos días de
encierro, los golpes en la puerta lo alejaron del profundo letargo en el que
había caído. Tambaleándose, abrió.
—¡Gracias a los dioses!
Pensábamos que te había ocurrido algo irreparable —le dijo Sabina, respirando
aliviada al ver que estaba vivo; aunque preocupada ante el desmejoramiento de
Alexas. Su alta figura alta, de un pie y casi un palmus, parecía ahora encorvada y decaída.
—Así ha sido. Nadie podrá
devolver la vida a mi padre —dijo Alexas en apenas un murmullo.
—Cierto. Es tristísimo.
No obstante, la vida debe continuar. Y tienes un negocio que atender y del que
sacar beneficios. No es bueno que te recrees en el dolor. Tu padre jamás te
perdonaría que no fueses fuerte. Debes superarlo por él, cumplir los sueños que
no pudo consumar —le aconsejó ella con suavidad.
Alexas la miró fijamente.
¿Debía quedarse en la ciudad o por el contrario ir a Alejandría, como le había
pedido su presunto padre adoptivo? No creía en la confesión que había hecho.
Sin embargo, algo en su interior le instaba a demostrar lo contrario; tal vez
fuesen sus ansias de volar, de recorrer el mundo en busca de emociones nuevas.
¿Y qué mejor emoción que desentrañar el misterio de una leyenda que se
relacionaba con Alejandro Magno?
—Hablas con cordura,
Sabina. Sí, tengo que reponerme. Gracias por tu interés.
—Si necesitas algo, no
dudes en llamarme. ¿De acuerdo? —le dijo ella, esbozando una sonrisa.
—Lo haré —dijo él,
cerrando a continuación la puerta.
Miró las sandalias y los
cinturones que se apilaban sobre la mesa de trabajo. Siempre había pensado que
ése sería su futuro. Un artesano del cuero respetado y disputado por unas manos
que realizaban obras magistrales, sin un fallo. Ya no podría ser, porque había
decidido cambiar el rumbo de su existencia. Iría a Roma y después, si todo lo
que su padre le había confesado en su lecho de muerte era verdadero, se
encaminaría a Alejandría y cumpliría la misión que le había sido encomendada en
el lecho de muerte.
Se cambió la túnica. Un
buen baño en las termas lo tonificaría y le devolverían la calma que
necesitaba.
Más seguro ya, se
encaminó hacia las termas, que estaban enclavadas en el centro de un enorme
recinto ajardinado. Varios nobles paseaban charlando de la cena a la que
asistirían esa noche.
Entró en el edificio. Las
paredes estaban recubiertas de mármol y estuco.
—¿Baño y masaje? —le
preguntó el sirviente, entregándole una toalla.
Alexas asintió. Entró en
el vestuario y se desnudó. Varios hombres le sonrieron inclinando la cabeza. Él
correspondió al saludo y abandonó el guardarropía.
Se sumergió en el agua
vaporosa. Necesitaba eliminar toxinas. Algunos clientes practicaban ejercicio
físico alrededor del agua y otros jugaban a la palaestra.
A pesar de no querer
recordar, no pudo evitarlo. Cerró los ojos rememorando las tardes compartidas
con su padre en los baños. Eran tiempos alegres, sin preocupaciones, momentos
de una vida plácida y sin sobresaltos. Ahora se sentía como un puzzle, con las
fichas diseminadas, sin encontrar la última que le mostrara el verdadero dibujo
de su identidad. Su mente estaba enmarañada como las redes de los pescadores.
Durante más de media hora
permaneció en el agua, intentando calmar la rabia, la desolación y el miedo que
sentía. Tenía que relajarse. Pensar con calma, del mismo modo que Celso, ahora
supuestamente Auxencio, le enseñó con sus interminables clases de filosofía.
Unas clases que siempre consideró absurdas para un muchacho que deseaba ser el
mejor zapatero de la
República.
Claro que, pensó, si era
cierto el secreto que le había descubierto, no eran tan disparatadas esa clases,
si era el hijo de Maximino. Celso había procurado darle la educación que creía
oportuna para un muchacho de familia noble. Si lo meditaba, Celso no era un
zapatero vulgar. Poseía sabiduría en las matemáticas, en la prosa, en la
filosofía; materias que sólo un pedagogo podía enseñar.
Alexas, un poco más
convencido de que su padre adoptivo había dicho la verdad, salió del agua. Se
encaminó hacia la habitación de los masajes y bajo las manos expertas del
esclavo de turno, la tensión fue cediendo, tanto que cayó en sueño leve y
reparador.
Al despertar, todo había
cambiado. Estaba decidido a no dejarse vencer. Loco o no, cumpliría la quimera
del que lo había criado como un padre. Iría a Alejandría y buscaría a
Salustino. Juntos desentrañarían el misterio de la espada del gran Alejandro
Magno.
—¿Satisfecho, señor? —le
preguntó el esclavo.
—Del todo — admitió,
dándole una moneda.
Cuando llegó a casa,
parecía otro hombre. Sacó de la despensa algo de comida y prácticamente la
devoró. Hacía tres días que no había probado bocado. Seguidamente, se tumbó en
la cama. Estaba agotado. En poco tiempo, el sueño liberador se apoderó de él,
alejándolo del dolor y el miedo a un futuro muy incierto.

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