martes, 24 de febrero de 2026



REINA DE CORAZONES 

1

 

El local se encontraba envuelto por el humo de los cigarros, la música del pianista y las risas de las mujeres que alternaban con los clientes del Diablo Seductor. El club más degenerado de la ciudad y al cual los nobles acudían para gozar de los placeres más prohibidos y uno de los más demandados, a pesar de no tratarse de asuntos de la carne, eran los juegos de azar, en especial el póquer. Un pasatiempo llegado de Las Colonias que causó un gran efecto en la reina Victoria. A consecuencia de ello se popularizó en la corte y entre los nobles.

El barón James Sterling era uno de los descendientes del mayor jugador de esa época y de su afición. Y se encontraba ante la jugada más trascendental de su vida.

—¿Carta? –preguntó el crupier.

Sterling asintió, le dio la vuelta y tras verla, sus ojos negros al igual que el carbón no mostraron emoción alguna, ni tampoco su rostro movió un solo músculo, lo único que se aceleró fueron los latidos del corazón.

—¿Y bien? ¿Sube la apuesta?

El barón, con manos temblorosas, agrupó los naipes una y otra vez.

—Decídase ya –le exigió uno de sus oponentes.

Sterling apostó el resto del dinero.

—Voy con todo.

El Duque Grayson aceptó el reto y dibujó una sonrisa ladina.  

—Me retiro –comunicó uno de los jugadores.

—Yo también –dijo el otro.

—Quedamos dos. Veamos sus cartas, barón.

Él notó como los latidos amenazaban con llevarlo a un infarto. Su mano era excelente. Una muy difícil de superar a no ser que te concediesen un milagro.

—Full –musitó dejándolas sobre la mesa.

Grayson aumentó su sonrisa y mostró las suyas.

El rostro de su rival se tornó lívido.

—Lo lamento, barón. Mi póquer es insuperable. Me temo que el juego ha terminado –declaró Grayson. Recogió las libras y se levantó.

—No. No… Una mano más, por favor –farfulló el perdedor.

—¿Y con qué apostará? Es de dominio público que está arruinado y que esta apuesta lo ha desvalijado del todo. No tiene liquidez.

Sterling se frotó las manos, para después secar el sudor de la frente.

—Apuesto mí mansión. 

Los otros jugadores lo miraron pasmados.

—Tengo muchas diseminadas por el país. Deberá ofrecer algo más tentador.

El barón introdujo los dedos dentro del cuello para que la respiración le llegase a los pulmones.

—Es lo único que me queda.

El Duque chistó con la lengua.

—No estoy de acuerdo. Tiene posesiones mucho más valiosas.

—Le aseguro que no o de lo contrario, se lo ofrecería.

—Usted sabe a qué me refiero.

Sterling permaneció inmóvil unos segundos, hasta que entendió.

—No. Aún me queda honor –afirmó rotundo.

—El honor sin dinero no es nada, barón. Y, tanto si gana o pierde, estoy dispuesto a compensarlo.  Ganará diez mil libras.

—No puedo apostar algo tan amoral.  

—No puede negarse sin escuchar la propuesta.  

—No… Yo… La imagino. No… ¡Imposible!

—No tengo malas intenciones. Su esposa no me interesa. Es Evelyn. Le ofrezco pedir su mano.

Sterling, sudoroso, se pasó el pañuelo por la frente. Era una oferta que, tanto si perdiese como no, podría salvar la terrible situación de la familia. Pero no quería ceder ante ese arrogante. Además, su hija no aceptaría una unión impuesta.  

 —Ella nunca accederá —dijo.

—Una joven se debe a la voluntad de su padre y debe ayudar a que las  deudas de la familia desaparezcan. Quiera o no, su hija deberá cumplir con su deber; o de lo contrario, tendrá que asumir las consecuencias de vivir en la miseria.  

Era cierto. Evelyn terminaría en brazos de un marido no deseado. Sin duda, Grayson no sería de su agrado. Ninguna joven desearía ser la esposa de un hombre de la misma edad que su padre. Pero era su única arma para salvarlos. Y el duque le daba la oportunidad de ganarle la mano y también, en la caída esas diez mil libras y que su hija se convirtiese en la Duquesa Grayson.

—Acepto –decidió. 

Los ocupantes de la mesa abrieron la boca con incredulidad. Presenciaron apuestas locas. Ésta era la más indecente. Jamás pensaron que una joven fuese apostada al igual que una yegua por su propio padre. Sin duda, su ruina era mucho peor de lo que se especulaba. 

—Esto será el escándalo más suculento de la ciudad –susurró el marqués de Hantelford.

—Algo inaudito al ser provocado por el duque, si se tiene en cuenta que su único vicio son los naipes. Sin embargo, la muchacha merece el riesgo. Es la más pobre y también la más deseable y… Calla. Ya reparten –indicó lord Carrinhell.

La apuesta tan descabellada llegó a oídos de varios de los clientes y, sin poder ocultar la curiosidad, se acercaron a la mesa.

Los dos oponentes estudiaron las cartas, sin que nadie pudiese apreciar que experimentaban. Eran jugadores expertos. Y como tales, la mano que poseían les aseguraba el triunfo. Ninguno fue capaz de pensar en la derrota.

—Barón.

La inexpresión dio paso a una sonrisa triunfal. No perdería a su hija; hecho que, si era sincero, le convenía. Evelyn era una solterona sin opciones de casarse y no entendía como un duque poseedor de una gran riqueza la deseaba. Sin embargo, al pensar en su honor, al ganar quedaría lavado y, además, se levantaría de la mesa con diez mil libras en el bolsillo. El futuro sombrío se llenaría de luz.

—Escalera de color –anunció con tono victorioso.

Los curiosos soltaron varios silbidos. El duque perdió la jugada.      

Él aseveró con semblante circunspecto. Sólo existía una jugada que la superase y era casi un milagro que la tuviese. Con lentitud posó su tirada sobre el tapete.

—La mía real –dijo.

Las exclamaciones de asombro rodearon a los jugadores. El rostro de Sterling empalideció hasta el extremo que muchos pensaron que iba a desvanecerse. Y no era para menos. Se jugó a su hija y con esa apuesta, el honor.

—No puede… ser –jadeó.

Grayson se levantó.

—Lo lamento, barón. Hoy no ha sido su mejor noche. ¡Así es el juego!

—Es que… Su jugada no… me parece lógica. No…

—¿Insinúa que he hecho trampa? –siseó Grayson.

—No. Por supuesto… que no –balbuceó Sterling.

Su oponente alzó la mano con gesto autoritario.

—Por favor, guarde los espavientos y acompáñeme. Tenemos que hablar.

Se alejaron de los curiosos y se adentraron en el jardín.

Sterling, se frotó las manos y se encaró al duque.

—Yo… Le pido consideración y deje de lado a mi hija. Mi mansión es una de las más elegantes y espaciosas de la ciudad. Por favor, reconsidere los términos –le suplicó el barón.

—Hemos hecho una apuesta y su cumplimiento es sagrado. Si se retracta, ya sabe a qué nos enfrentamos. E imagino que no querrá llegar a un duelo. Soy conocido por mi buena puntería. 

—Sé las reglas.

—Entonces, cúmplalas.

—Apelo a su clemencia, una vez más, duque. Mi hija no se merece esto.

Él soltó un largo resoplido.

—Usted se ha comportado cómo un cabrón. Ningún padre cometería tamaña bajeza. Ahora apechugue con las consecuencias.

—Soy consciente del horror que he cometido. Y también de que Evelyn ya no es una jovencita. Es una solterona en toda regla. Y no es una mujer de carácter dócil. Podría acarrearle complicaciones. Usted puede conseguir a una más joven, manejable y con una gran dote. Piénselo bien antes de tomar una determinación que puede volverse en su contra.   

—Ya lo he meditado. Ella es la que necesito.

—¿Por qué? No destaca por su belleza ni por su desenvoltura en los salones. Su mayor diversión es perderse entre libros. ¿En serio piensa que será su duquesa adecuada?

—Tengo mis razones. Asunto zanjado. Mañana sellaremos el acuerdo.

—¿Mañana? —musitó el barón.

—Cuánto antes, mejor. Quiero que la boda sea la semana que viene.

—¿Qué? ¡No hay tiempo para organizarla! —gimió Sterling.

—Déjelo en mis manos. Y no se le ocurra comentarle a su hija que la ha perdido en una apuesta. 

—No tema. La vergüenza me lo impedirá.

—No es para menos. Buenas noches, barón.

Él, tras permanecer durante unos minutos petrificado, se alzó y tambaleándose, se fue, sin dejar de pensar en qué le diría a su mujer y a su hija. Sobre todo, a ésta. No aceptaría el acuerdo.

Al entrar en la mansión, el mayordomo, tras años de servicio, adivinó que aquella noche no fue la mejor de su señor.

—¿Una copa? –le sugirió.

—Doble –especificó su señor y se encaminó al salón.

El criado le sirvió el brandy y su señor lo apuró de un solo trago.

—James. ¿Se ha acostado ya la baronesa?

—Sí, mi lord.

—Dile que deseo hablar con ella.

El hombre parpadeó desconcertado.

—Ahora –gruñó su señor.


 

2

 

La baronesa se incorporó de medio cuerpo al escuchar los suaves golpes en la puerta.

—Adelante.

El mayordomo carraspeó.

—Lamento molestarla a estas horas, pero el barón desea verla.

Ella miró el reloj. Eran pasadas la media noche.

—¿Ahora?

—Sí, mi lady.

—¿Sabe qué quiere?

—No, mi lady.

—Puedes retirarte –le ordenó ella. Se puso la bata, salió de la habitación y bajó la escalinata deduciendo que nada bueno podía esperar. Con una sensación de temor entró en el salón. Su marido se encontraba de pie ante el mueble bar.

—¿Querías verme?

Él se dio la vuelta.

—Sí.

—Por tu expresión no me gustará lo que vas a decir. ¿Qué has hecho ahora?

—Vengo del club.

Ella le lanzó una mirada iracunda.

—Cuándo dices club, imagino que no al de caballeros. Bueno. Ese antro se alimenta de ellos. ¡Qué vergüenza! ¿Dónde queda el honor? En especial el de la familia.

—¿A qué viene ese reproche? Sabes que no hay más mujer que tú.

—No me tomes por imbécil –siseó su esposa.

Él la fulminó con la mirada.

—No todo es culpa mía, Helen. Tú también eres culpable de mi proceder.

Ella sacudió la cabeza con incredulidad.

—¿Insinúas que he sido yo quién te ha inducido al juego y frecuentar prostitutas? ¡No me lo puedo creer!

—Esto no pasaría si me hubieses dado un heredero  –se defendió James.

La faz de ella reflejó un inmenso dolor.

—Eres muy cruel. Lo hice en tres ocasiones y Dios no quiso que fructificasen en mí vientre.

—Y tras el último aborto te alejaste de mí. Respeté tu decisión. Ahora no me reproches que me consuele en brazos de otras.  Los hombres tenemos necesidades que no podemos controlar.

—¡Por Dios, James! Te pedí comprensión. Y si me hubieses amado de verdad, me la hubieses concedido. Pero esas necesidades de las que hablas fueron más fuertes que nuestro vínculo. Y esa actitud mató el amor que profesaba hacia ti. Lo que hagas con esas mujeres no me importa, la reputación sí. ¡Da igual! Dejemos esta vieja discusión. Y cuéntame qué temeridad has hecho. ¿Cuánto has perdido está noche?

Él se golpeó con las manos los muslos en un gesto de impotencia.

—El juego es un impulso que no puedo contener. Lo he intentado. Lo juro, Helen. Pero me es imposible.

Ella sacudió la cabeza sin apartar el enfado.

—No quiero explicaciones de tu poco control con los goces es de la carne y de los naipes. Por desgracia, los conozco de sobra. Respóndeme. ¿Qué te has jugado? ¿Nuestro hogar? Dime que no.

—Algo mucho peor –susurró él. Le dio la espalda y se rellenó el vaso.

—James. ¿Qué más puedes haber ofrecido? No tenemos dinero, ni otras posesiones. Te has encargado de dilapidar la herencia de nuestras familias –se angustió ella.

—Tenemos a nuestra hija —confesó. 

Helen, durante unos segundos, lo miró dudosa al creer que escuchó mal; hasta que comprendió. Y furiosa caminó hacia él y le golpeó con los nudillos el pecho.

—¿Te has apostado a Evelyn? ¡Estás loco! ¡Dios Santo! ¿Cómo has podido? ¡Eres un monstruo! –gritó. 

James le aferró las muñecas.

—Cálmate.

—¿Qué me calme? ¡Has vendido a nuestra pequeña!

—Si dejas que me explique, lo entenderás.

—¿Qué tengo que entender? ¿Eh? ¿Qué tú depravación te ha convertido en un monstruo? ¡Has puesto sobre la mesa de naipes a Evelyn! Y te conozco, James. Sé que tu actitud indica que has perdido el juego. ¿Me equivoco?

—No –dijo él con voz muy baja.

—¡Has ofrecido a nuestra hija sin sentir el menor remordimiento! ¡Y no en un salón de baile, en un salón de juego! La has convertido en una prostituta. ¡Te has vuelto loco!

—No exageres.

Ella se liberó de sus garras y comenzó a caminar de un lado a otro.

—¡Joder, James! Todos esos libertinos así lo considerarán. ¿Qué has hecho? ¡Por Dios!

—Una dama de tú categoría no debe blasfemar –le reprendió él.

—¡Ni un barón apostar a su hija! –explotó Helen.

—No tuve más remedio. Estamos arruinados —se defendió James.

Ella, desencajada, se dejó caer en el sofá.

—¿A quién las has ofrecido como puta?

Él la miró con ofensa.

—En ningún momento he hecho tal cosa. Aún tengo decencia. Fue el Duque Grayson quien me ofreció diez mil libras a cambio de Evelyn. 

Su mujer lo apuntó con el dedo.

—No intentes justificar tu ignominia. No rechazaste su propuesta. Has deshonrado a nuestra familia. Y sobre todo a ella. ¡La has echado a los brazos de un hombre como su amante! Eres despreciable y no sé cómo aún te miro a la cara. Si pudiese, me iría con mis padres. Sin embargo, con tus actos infames es imposible. El hecho se expandirá por toda la ciudad; porque no habrá sido una partida privada. Los asistentes habrán sido testigos de esa apuesta aberrante. ¡Es que perdiste la cabeza! Seremos unos apestados sociales y sin dinero. ¡Eres indigno de pertenecer a la nobleza!   

—No hay nada de lo que piensas.

Su esposa tensó el cuello.

—Si no la desea como amante, querrá de ella lo que todos los hombres ambicionan, ser el primero en desvirgarla.    

James dio un trago largo al vaso.

—Sí. Esa es su intención. Pero no te alteres. Quiere casarse con Evelyn. Será la Duquesa Grayson.

Helen, aturdida, lo miró con la boca abierta.

—Como ves, en esta ocasión, mi vicio se ha tornado una bendición. Emparentaremos con uno de los nobles más influyentes y poderosos del país. ¿No me felicitas? –dijo James.

—El orgullo no tiene cabida en esta situación. Puede que el duque haya prometido algo que no cumplirá –dedujo Helen.

—Lo hará, querida. Mañana vendrá para acordar la fecha del enlace.

Su mujer lo miró ceñuda.

—Te aseguro que lo vi emperrado con casarse con Evelyn.

—¿Y a qué viene tanta urgencia?

James se sentó ante ella.

—Eso mismo quise saber y me comentó que tenía sus razones, sin dármelas. 

—Esto es muy extraño. ¿Por qué ha elegido a Evelyn cómo esposa? Es hermosa, pero nadie se ha percatado de ello. Se ha escondido tras esas gafas y esos vestidos dignos de una criada.

—Es probable que él haya descubierto esa belleza tras el disfraz –opinó su marido.

—Puede. Pero ya ha superado los veinticinco. Si desea más herederos debería buscar a alguien más joven.  

—¿Piensas que es su meta? Aiden lleva viudo dos años. Y ya tiene a Oliver. No nos engañemos. Nuestra hija, y es evidente que el duque lo sabe, es muy hermosa. La buena sociedad no opina lo mismo pero el duque sí. Nuestra hija puede suplir su abstinencia con gran satisfacción.

—¡James, por favor! No hablas de una mujerzuela, hablas de Evelyn –se escandalizó Helen.

—Es una posibilidad, querida. ¿O has olvidado cómo fueron nuestros primeros años? La pasión nos encendía.

Ella le lanzó una mirada de reprobación.

—Hablamos del futuro de nuestra hija.

Su marido suspiró.

—Nunca lo he comentado. De todos modos, espero que estarás de acuerdo conmigo que es una mujer muy alejada de los estandartes de la sociedad. Y no lo digo por su carácter rebelde, que también ha influido en su soltería; si no por su físico. No es escuálida, ni lánguida, no sigue los estándares de lo que se requiere en una señorita. Posee una anatomía exuberante.

—¿Qué quieres decir con exuberante? Cierto es que posee más curvas de lo aconsejado, pero no por ello carece de elegancia. Evelyn no es vulgar –se molestó su esposa.

—Por supuesto que no. Si bien, su figura… ¿Cómo podría decirlo? Ella posee esa atracción que incita a los hombres más de lo aconsejable.

Su esposa respingó.

—¿Te refieres a que a nuestra hija la comparan a una… a una prostituta?

—¡Oh, cielos, no! Lo que digo es que no es la jovencita que un noble desea ver reflejada en el cuadro del salón.

—Lo dicho. La ven al igual que una meretriz —se lamentó Helen.

—No. Evelyn tiene una reputación intachable. Nadie la desacreditaría. No obstante, si unimos que no posee los cánones de moda y que carece de dote, da como resultado a una solterona.

—Entonces, ¿ese súbito interés por ella es físico? Pues, aún lo entiendo menos. El duque hubiese podido exigirte que fuese su amante, en cambio, piensa casarse. Esto cada vez me parece más raro. ¿A ti no?

—¡No sé, Helen!  Lo que ha ocurrido esta noche me parece una pesadilla —gruñó su marido.

—Tú eres el culpable. No te quejes —le reprochó ella.      

—Lo sé —dijo él, sin apenas voz.

—Puede que, por extraño que pueda parecer, se haya enamorado de Evelyn —supuso Helen.

—Todo es posible.

—Aun así, la compadezco. Un matrimonio sin amor es un infierno.  

—¿Lo ha sido el nuestro? –inquirió él.

—¿Lo ha sido para ti?

Su esposo se sirvió otra copa.

—Por supuesto que al principio no, querida. Eras la esposa perfecta.   

—Y tu indiferencia acabó con nuestro matrimonio. 

James llenó sus pulmones de aire.

—Siento no haber sido el esposo que esperabas. Por mí culpa estamos en este atolladero. Te pido perdón.

—Ya es tarde. Y ahora lo importante es olvidar nuestras desavenencias y preocuparnos por el futuro de nuestra hija.

—Muy sensata, como siempre. Yo en cambio… ¡En fin! Hablemos del duque. Es muy admirado por su comportamiento insigne, recto y piadoso. No se le conocen vicios. Seguro que con el tiempo Evelyn sabrá apreciarlo.

—Las apariencias, como sabes, no conducen a la verdad. Y nunca he confiado en las personas tan perfectas. Además, lleva más de veinte años fuera de Londres y no hay rumores ni garantías de su conducta –confesó Helen.

—Esa obcecación con Evelyn no me parece lógica y más si tenemos en cuenta que la habrá visto en un par de ocasiones –dijo su marido.

—Sí. En el baile de Lorena Racgent y en el de Lucy Fergal. Por cierto, dos debutantes con un gran futuro. Agraciadas, jóvenes y ricas. ¿Por qué no pidió la mano de ninguna?  

—¡Y yo qué sé, Helen! –mascó entre dientes él y apuró el brandy.

Ella se mordió el labio con aire pensativo.

—¿Sabes? La verdad es que, como has dicho, tu ineptitud financiera y tú vicio nos ha llevado al final de un camino glorioso. Casaremos a Evelyn, cuando ya perdimos toda esperanza y con el mejor partido que podíamos soñar. Seremos la envidia de todo Londres y parte del país. Y lo más importante, que sanearemos las arcas vacías.

—¿No crees que en lugar de echarme a los lobos deberías darme las gracias? –dijo él con tono de sorna.

Su esposa le lanzó una mirada de hielo.

—¿Cómo puedes bromear en un momento así?

—Cierto. No lo es. Centrémonos en cómo se lo comunicamos a nuestra hija. Se pondrá hecha una furia.

Su madre suspiró hondo.

—¡Qué Dios nos asista!


 


viernes, 9 de enero de 2026

LA MANSIÓN DE LAS MENTIRAS


COMISARIO TRYSTAN FAIRFAX: LA MANSIÓN DE LAS MENTIRAS

1

 

Trystan Fairfax alzó la mirada.

Pasó por allí infinidad de veces en su juventud y jamás prestó atención. Era una casa más de la élite londinense. Ahora, esa élite, se veía envuelta en una terrible desgracia al igual que los miserables que poblaban las orillas pestilentes del Támesis.    

Tiró de la campanilla y no tuvo sorpresa alguna. El mayordomo, calcado a todos los que servían en las mansiones, lo miró con desprecio, al comprobar que no se trataba de nadie notable. Esa actitud le resultaba grotesca. Esos tipos se consideraban la aristocracia de los criados por servir a una gran familia.

—¿Sí?

—Avise que la policía ha llegado.

Al darse a conocer, su actitud cambió por completo.

—Puede pasar. Lady Lavinia Ellington lo aguarda. Acompáñeme.

El asunto debía ser embarazoso para saltarse tan sagrado modo de operar al no anunciarlo.  

Trystan le entregó el abrigo y lo siguió. Subieron al piso superior y al detenerse ante la última habitación golpeó con los nudillos y abrió.

—Mi lady, la policía.

La estancia era una elegante salita. Sin duda, destinada a una mujer. Y esa mujer era la que estaba ante él, joven, hermosa, muy hermosa. Cabello como las castañas, ojos tan verdes como las praderas, con la actitud de una reina, serena.  Y su palidez indicaba que necesitaba a la policía. 

—Soy el inspector Trystan Fairfax, lady Ellington.

Ella le indicó una butaca junto al fuego; lo cual agradeció. Aquella primera noche de noviembre era muy fría.

—Por favor, tome asiento. ¿Desea una taza de té?

Él hizo rodar el sombrero entre las manos.

—Me disculpará que sea tan brusco, pero me temo que la circunstancia que me ha traído aquí a estas horas no propicia tomar el té. A no ser que su urgencia sea un delito de falta leve. Estoy habituado a que ustedes se alarmen sin motivo.

Ella le dedicó una media sonrisa.

—¿Con ustedes se refiere a la clase alta?

—Sí. Y por favor. Le pediría que vaya al grano y me ponga al tanto de lo que ha sucedido. ¿O debo esperar a su marido?

Lady Ellington se levantó.

—Sígame.

No era una petición, era una orden. El tono habitual entre los de su club.

Salieron y entraron en la penúltima estancia del corredor.

—Como ve, la cuestión no es insignificante.

Fairfax, acostumbrado a escenas sangrientas e incluso macabras, parpadeó desconcertado al ver al hombre tendido ante la bañera con una gran mancha de sangre en el pecho. Porque, no era nada habitual que sucediese un crimen entre los salones de una residencia aristocrática.

—¿Quién es?

—Mi marido —respondió la mujer, sin mostrar la menor emoción. Actitud que tampoco le extrañó. Esas mujeres estaban acostumbradas a ocultar los sentimientos.

—¿Puede explicar lo que ha sucedido?

—No.

Fairfax la miró incrédulo.

—Sé lo que piensa. Primero diré que no he sido yo. Después que mi marido y yo ocupamos dormitorios distintos. Hoy me he acostado a las nueve e ignoro que ha hecho él.

—¿No ha escuchado nada?

—No. Lamento no poder ayudarle.

—¿Y el servicio?

—Tras la cena, que es a la siete, se retiran una hora después a la última planta.  

—Deberá solicitar que alguno de ellos acuda a ayudarla. La noche será larga —le aconsejó él.

Ella alzó una ceja.

—¿No puede esperar a mañana?

Fairfax negó con la cabeza.

Esta vez ella sí se alteró.

—Es noche cerrada. Si acuden más policías el escándalo será imposible de evitar.

—Mi lady. En esta ocasión el escándalo estallará. Esto no ha sido un accidente. Se trata de un asesinato. ¿Lo entiende?

Ella inspiró por la nariz para evitar darle una respuesta inapropiada.

—Claro, agente.

—Comisario, mi lady.

Lavinia reparó por primera vez en él con más atención, en su juventud. No debía ni haber cumplido los cuarenta y no era habitual que un agente llegase a lo más alto en una comisaría a su edad. Como tampoco que, a pesar de su brusquedad, no se trataba de alguien vulgar. Era de ese tipo de hombres con elegancia innata y  respetuoso.   

—Pues, como le digo, comisario, sé que la situación es complicada. Cuánto menos la aireemos mejor. ¿No le parece?

Otro signo característico de los nobles. La mierda no debía salir de casa.

—Por desgracia será imposible. Un caso como este será mediático y no lo digo tan sólo por los tabloides, por su mismo círculo social. 

Lavinia se frotó las manos.

—Hemos sido siempre discretos. Y ahora…

—Lo lamento. Un asesinato no puede quedar silenciado. Y menos cuándo ha ocurrido dentro de un recinto. Hay que averiguar si se trata de algo personal o de robo. Hay que investigar más a fondo.

—Es lógico.

—Por el momento, a simple vista, no hay señales de violencia en la puerta ni en la casa. Dudo que se trate de un hurto.

—¿Y qué más puede ser? —inquirió Lavinia.

—Es lo que hay que averiguar. La dejaré que descanse. Su mayordomo nos ayudará con las diligencias policiales.

Ella suspiró.

—Me temo que no podré dormir.

Él dudó. No era de esa clase de damas de inclinación sensible. Mente fría, práctica y calculadora. Aun con todo, dijo: 

—Comprensible. Han matado a su marido.

Lavinia alzó la barbilla.

—Su tono sarcástico me molesta, comisario.

—Y a mí que intenten convencerme de que retrase los tramites. ¿Es qué quiere ocultarnos algo, condesa?

Ella se levantó, abrió la puerta y miró al sirviente.

—Terrel lo atenderá. Si me necesita él me lo comunicará. Buenas noches, comisario.

2

 

Fairfax observó como Sniffer estudiaba al cadáver.

—¿Tienes algo?

El forense ladeó la cabeza y señaló la herida.

—La muerte está clara. ¿No te parece?

—Sabes que no confío cuándo algo es tan evidente. Mi olfato de sabueso se pone en marcha.

—Lo que eres es un tocapelotas. ¿De verdad me harás efectuar una autopsia? ¡No me jodas, Trystan! —protestó el hombre.

El comisario ocultó una sonrisa. A pesar de esa queja, sabía que al forense le entusiasmaba que le pidiesen que profundizara más.   

—Sí, Nolan. Y quiero un avance para poder interrogar a los sospechosos. Sé que ya tienes un dato. ¿Hora del fallecimiento?

El experto abrió el cuaderno de notas.

—La temperatura corporal según el termómetro de mercurio indica entre las nueve y diez de la noche. Y el rigor mortis también me lo confirma.

—¿Signos que nos indiquen que no ha sido un cuchillo o algo punzante el culpable del fallecimiento?

—A simple vista no se observa veneno ni fallo cardiaco.

Trystan aseveró.

—De todos modos, insisto en que quiero una autopsia rigurosa.

Sniffer se levantó.

—Y tu buscarás mierda entre los salones elegantes. ¿Cierto?

—Averiguaré la verdad, aparte de quien es el sospechoso, al igual que siempre.

—Tu integridad es mítica en el cuerpo. Claro que, puedes permitírtelo.

La cara de Trystan se tornó de piedra.

—Ya podéis terminar aquí. Gracias, doctor Sniffer. Espero noticias muy pronto.

—Lo intentaré, comisario Fairfax.

Él efectuó un gesto con la mano y ordenó que levantasen a la víctima.

Un joven de cabellos rojos, vestido con uniforme se acercó a Trystan.

—Jefe. He pedido que reúnan a todo el personal.

—¿Dónde están?

—Los he instalado en la biblioteca.

—Gracias, Doherty. ¿Habéis examinado todo? ¿Algún signo de violencia o robo?

—La casa está en orden. Ni ventanas rotas ni puertas forzadas.

Trystan se mordió el labio y asintió.

—Lo que significa que nos hallamos ante un asesinato premeditado.

—Es posible. Tal vez por la herencia o un crimen pasional —opinó el muchacho.

—¿De verdad cree que los celos tienen algo que ver? ¿Acaso no lo ha estudiado con atención?

El joven comprendió a qué se refería. La víctima no era el paradigma de la belleza ni mucho menos de la elegancia. Cincuentón, barrigudo y nada atractivo, más bien se podría calificar de feo.  

—El conde no parece de esa clase que a una mujer la vuelve loca de celos y mucho menos de amor.

—Por su aspecto físico, no. De todos modos, no aparque la teoría de que una cabeza privilegiada puede borrar todos sus defectos —rebatió Fairfax.  

—Muy especial hubiese tenido que ser —dijo Doherty sin evitar la ironía.

—La vida nos da muchas sorpresas. Y más si uno se sumerge en los temas delictivos. No lo olvide. Vayamos a descubrir los secretos que esconde esta mansión. Reúna a todos los habitantes.

—¿Ahora? —inquirió su subalterno.

—Ya está amaneciendo. Y cuanto antes se hable con los sospechosos, mucho mejor.

Doherty cumplió la orden y unos minutos después, estaban todos reunidos.

Acudieron al lugar del interrogatorio. Los empleados se encontraban de pie y sus rostros mostraban preocupación.

—Buenos días los saludó Trystan.

Los asistentes respondieron al unísono.

—Soy el comisario Fairfax. Mi ayudante el agente Doherty les ha notificado de lo que ha pasado esta noche. Necesito toda la información posible para desentrañar la muerte del conde de Hastings. ¿Alguien puede aportar información?

Todos volvieron a responder en grupo con un leve movimiento de cabeza.

—¿Ninguno escuchó nada? —preguntó Doherty.

—El personal permanece en sus habitaciones a partir de las ocho. Las normas no permiten deambular por la casa a partir de entonces —respondió el mayordomo.

—¿Dice que jamás quebrantan la orden? –quiso saber Trystan.

—A no ser que suceda algo extraordinario, no. Somos unos empleados responsables —afirmó la mujer de más edad y cuerpo rollizo.   

—¿Cómo qué, señora? —preguntó Doherty, abriendo la libreta de notas.

—No se… Una indisposición, recordar algo que debiste hacer… Una luz prendida. Esas cosas. Es decir, enmendar el error lo más pronto posible.

—¿Y anoche fue todo normal?

—Sí. ¿Verdad?

Sus compañeros afirmaron de nuevo sin abrir la boca.

—Pues algo pasó y me es difícil creer que ninguno de ustedes oyese nada inusual —opinó Trystan y paseó la mirada de hielo por los criados.

Ninguno de ellos pudo evitar el estremecimiento. No eran estúpidos y eran conscientes de que los consideraba sospechosos.

—Desde el tercer piso no se escucha nada de la segunda planta y menos de la principal —osó decir una mujer cuya juventud comenzaba a encaminarse hacia la madurez. Sin duda ya no cumpliría los treinta.

—Es verdad —musitó una muchacha de origen mestizo.

—¿Eso es todo, comisario? Tenemos mucho trabajo que realizar hoy. Ya sabe. Cubrir los espejos, preparar la ropa de la condesa, cambiarnos por el luto, cocinar para los visitantes —comentó el mayordomo.

—Y yo cocinar más de lo acostumbrado —apuntilló la mujer oronda. 

—Por cierto. ¿Podría decirnos la hora del fallecimiento? Por los relojes, ya sabe.

Trystan miró al mayordomo con gesto adusto.

—Puede pararlos entre las nueve y las diez. Hora que, en otro momento, preguntaré a cada uno de ustedes que hacían o dónde estaban.

—Ya le hemos dicho que en nuestros cuartos —dijo la mujer, que por las llaves colgadas de la cintura se trataba del ama de llaves.

—Sé por experiencia que nada es lo que parece o se confiesa. Y con ello no les llamo mentirosos. Solo digo que en ocasiones uno obvia, sin darse cuenta, detalles importantes para una investigación. Así que, vayan pensando. ¡En fin! Seguiremos mañana. Pueden retirarse. Tarrel. Usted aguarde.

Los demás no esperaron ni un segundo en cumplir la orden.

—Señor Terrel. ¿Puede indicarme dónde está la condesa?

—En sus aposentos. No podrá verla ahora. Debe descansar y prepararse acorde a las circunstancias.

—Entonces, aguardaré a mañana. Aunque no me iré sin inspeccionar la planta baja de la mansión. Por favor, si es tan amable de acompañarme.

—Como no, señor comisario.