viernes, 9 de enero de 2026

LA MANSIÓN DE LAS MENTIRAS


COMISARIO TRYSTAN FAIRFAX: LA MANSIÓN DE LAS MENTIRAS

1

 

Trystan Fairfax alzó la mirada.

Pasó por allí infinidad de veces en su juventud y jamás prestó atención. Era una casa más de la élite londinense. Ahora, esa élite, se veía envuelta en una terrible desgracia al igual que los miserables que poblaban las orillas pestilentes del Támesis.    

Tiró de la campanilla y no tuvo sorpresa alguna. El mayordomo, calcado a todos los que servían en las mansiones, lo miró con desprecio, al comprobar que no se trataba de nadie notable. Esa actitud le resultaba grotesca. Esos tipos se consideraban la aristocracia de los criados por servir a una gran familia.

—¿Sí?

—Avise que la policía ha llegado.

Al darse a conocer, su actitud cambió por completo.

—Puede pasar. Lady Lavinia Ellington lo aguarda. Acompáñeme.

El asunto debía ser embarazoso para saltarse tan sagrado modo de operar al no anunciarlo.  

Trystan le entregó el abrigo y lo siguió. Subieron al piso superior y al detenerse ante la última habitación golpeó con los nudillos y abrió.

—Mi lady, la policía.

La estancia era una elegante salita. Sin duda, destinada a una mujer. Y esa mujer era la que estaba ante él, joven, hermosa, muy hermosa. Cabello como las castañas, ojos tan verdes como las praderas, con la actitud de una reina, serena.  Y su palidez indicaba que necesitaba a la policía. 

—Soy el inspector Trystan Fairfax, lady Ellington.

Ella le indicó una butaca junto al fuego; lo cual agradeció. Aquella primera noche de noviembre era muy fría.

—Por favor, tome asiento. ¿Desea una taza de té?

Él hizo rodar el sombrero entre las manos.

—Me disculpará que sea tan brusco, pero me temo que la circunstancia que me ha traído aquí a estas horas no propicia tomar el té. A no ser que su urgencia sea un delito de falta leve. Estoy habituado a que ustedes se alarmen sin motivo.

Ella le dedicó una media sonrisa.

—¿Con ustedes se refiere a la clase alta?

—Sí. Y por favor. Le pediría que vaya al grano y me ponga al tanto de lo que ha sucedido. ¿O debo esperar a su marido?

Lady Ellington se levantó.

—Sígame.

No era una petición, era una orden. El tono habitual entre los de su club.

Salieron y entraron en la penúltima estancia del corredor.

—Como ve, la cuestión no es insignificante.

Fairfax, acostumbrado a escenas sangrientas e incluso macabras, parpadeó desconcertado al ver al hombre tendido ante la bañera con una gran mancha de sangre en el pecho. Porque, no era nada habitual que sucediese un crimen entre los salones de una residencia aristocrática.

—¿Quién es?

—Mi marido —respondió la mujer, sin mostrar la menor emoción. Actitud que tampoco le extrañó. Esas mujeres estaban acostumbradas a ocultar los sentimientos.

—¿Puede explicar lo que ha sucedido?

—No.

Fairfax la miró incrédulo.

—Sé lo que piensa. Primero diré que no he sido yo. Después que mi marido y yo ocupamos dormitorios distintos. Hoy me he acostado a las nueve e ignoro que ha hecho él.

—¿No ha escuchado nada?

—No. Lamento no poder ayudarle.

—¿Y el servicio?

—Tras la cena, que es a la siete, se retiran una hora después a la última planta.  

—Deberá solicitar que alguno de ellos acuda a ayudarla. La noche será larga —le aconsejó él.

Ella alzó una ceja.

—¿No puede esperar a mañana?

Fairfax negó con la cabeza.

Esta vez ella sí se alteró.

—Es noche cerrada. Si acuden más policías el escándalo será imposible de evitar.

—Mi lady. En esta ocasión el escándalo estallará. Esto no ha sido un accidente. Se trata de un asesinato. ¿Lo entiende?

Ella inspiró por la nariz para evitar darle una respuesta inapropiada.

—Claro, agente.

—Comisario, mi lady.

Lavinia reparó por primera vez en él con más atención, en su juventud. No debía ni haber cumplido los cuarenta y no era habitual que un agente llegase a lo más alto en una comisaría a su edad. Como tampoco que, a pesar de su brusquedad, no se trataba de alguien vulgar. Era de ese tipo de hombres con elegancia innata y  respetuoso.   

—Pues, como le digo, comisario, sé que la situación es complicada. Cuánto menos la aireemos mejor. ¿No le parece?

Otro signo característico de los nobles. La mierda no debía salir de casa.

—Por desgracia será imposible. Un caso como este será mediático y no lo digo tan sólo por los tabloides, por su mismo círculo social. 

Lavinia se frotó las manos.

—Hemos sido siempre discretos. Y ahora…

—Lo lamento. Un asesinato no puede quedar silenciado. Y menos cuándo ha ocurrido dentro de un recinto. Hay que averiguar si se trata de algo personal o de robo. Hay que investigar más a fondo.

—Es lógico.

—Por el momento, a simple vista, no hay señales de violencia en la puerta ni en la casa. Dudo que se trate de un hurto.

—¿Y qué más puede ser? —inquirió Lavinia.

—Es lo que hay que averiguar. La dejaré que descanse. Su mayordomo nos ayudará con las diligencias policiales.

Ella suspiró.

—Me temo que no podré dormir.

Él dudó. No era de esa clase de damas de inclinación sensible. Mente fría, práctica y calculadora. Aun con todo, dijo: 

—Comprensible. Han matado a su marido.

Lavinia alzó la barbilla.

—Su tono sarcástico me molesta, comisario.

—Y a mí que intenten convencerme de que retrase los tramites. ¿Es qué quiere ocultarnos algo, condesa?

Ella se levantó, abrió la puerta y miró al sirviente.

—Terrel lo atenderá. Si me necesita él me lo comunicará. Buenas noches, comisario.

2

 

Fairfax observó como Sniffer estudiaba al cadáver.

—¿Tienes algo?

El forense ladeó la cabeza y señaló la herida.

—La muerte está clara. ¿No te parece?

—Sabes que no confío cuándo algo es tan evidente. Mi olfato de sabueso se pone en marcha.

—Lo que eres es un tocapelotas. ¿De verdad me harás efectuar una autopsia? ¡No me jodas, Trystan! —protestó el hombre.

El comisario ocultó una sonrisa. A pesar de esa queja, sabía que al forense le entusiasmaba que le pidiesen que profundizara más.   

—Sí, Nolan. Y quiero un avance para poder interrogar a los sospechosos. Sé que ya tienes un dato. ¿Hora del fallecimiento?

El experto abrió el cuaderno de notas.

—La temperatura corporal según el termómetro de mercurio indica entre las nueve y diez de la noche. Y el rigor mortis también me lo confirma.

—¿Signos que nos indiquen que no ha sido un cuchillo o algo punzante el culpable del fallecimiento?

—A simple vista no se observa veneno ni fallo cardiaco.

Trystan aseveró.

—De todos modos, insisto en que quiero una autopsia rigurosa.

Sniffer se levantó.

—Y tu buscarás mierda entre los salones elegantes. ¿Cierto?

—Averiguaré la verdad, aparte de quien es el sospechoso, al igual que siempre.

—Tu integridad es mítica en el cuerpo. Claro que, puedes permitírtelo.

La cara de Trystan se tornó de piedra.

—Ya podéis terminar aquí. Gracias, doctor Sniffer. Espero noticias muy pronto.

—Lo intentaré, comisario Fairfax.

Él efectuó un gesto con la mano y ordenó que levantasen a la víctima.

Un joven de cabellos rojos, vestido con uniforme se acercó a Trystan.

—Jefe. He pedido que reúnan a todo el personal.

—¿Dónde están?

—Los he instalado en la biblioteca.

—Gracias, Doherty. ¿Habéis examinado todo? ¿Algún signo de violencia o robo?

—La casa está en orden. Ni ventanas rotas ni puertas forzadas.

Trystan se mordió el labio y asintió.

—Lo que significa que nos hallamos ante un asesinato premeditado.

—Es posible. Tal vez por la herencia o un crimen pasional —opinó el muchacho.

—¿De verdad cree que los celos tienen algo que ver? ¿Acaso no lo ha estudiado con atención?

El joven comprendió a qué se refería. La víctima no era el paradigma de la belleza ni mucho menos de la elegancia. Cincuentón, barrigudo y nada atractivo, más bien se podría calificar de feo.  

—El conde no parece de esa clase que a una mujer la vuelve loca de celos y mucho menos de amor.

—Por su aspecto físico, no. De todos modos, no aparque la teoría de que una cabeza privilegiada puede borrar todos sus defectos —rebatió Fairfax.  

—Muy especial hubiese tenido que ser —dijo Doherty sin evitar la ironía.

—La vida nos da muchas sorpresas. Y más si uno se sumerge en los temas delictivos. No lo olvide. Vayamos a descubrir los secretos que esconde esta mansión. Reúna a todos los habitantes.

—¿Ahora? —inquirió su subalterno.

—Ya está amaneciendo. Y cuanto antes se hable con los sospechosos, mucho mejor.

Doherty cumplió la orden y unos minutos después, estaban todos reunidos.

Acudieron al lugar del interrogatorio. Los empleados se encontraban de pie y sus rostros mostraban preocupación.

—Buenos días los saludó Trystan.

Los asistentes respondieron al unísono.

—Soy el comisario Fairfax. Mi ayudante el agente Doherty les ha notificado de lo que ha pasado esta noche. Necesito toda la información posible para desentrañar la muerte del conde de Hastings. ¿Alguien puede aportar información?

Todos volvieron a responder en grupo con un leve movimiento de cabeza.

—¿Ninguno escuchó nada? —preguntó Doherty.

—El personal permanece en sus habitaciones a partir de las ocho. Las normas no permiten deambular por la casa a partir de entonces —respondió el mayordomo.

—¿Dice que jamás quebrantan la orden? –quiso saber Trystan.

—A no ser que suceda algo extraordinario, no. Somos unos empleados responsables —afirmó la mujer de más edad y cuerpo rollizo.   

—¿Cómo qué, señora? —preguntó Doherty, abriendo la libreta de notas.

—No se… Una indisposición, recordar algo que debiste hacer… Una luz prendida. Esas cosas. Es decir, enmendar el error lo más pronto posible.

—¿Y anoche fue todo normal?

—Sí. ¿Verdad?

Sus compañeros afirmaron de nuevo sin abrir la boca.

—Pues algo pasó y me es difícil creer que ninguno de ustedes oyese nada inusual —opinó Trystan y paseó la mirada de hielo por los criados.

Ninguno de ellos pudo evitar el estremecimiento. No eran estúpidos y eran conscientes de que los consideraba sospechosos.

—Desde el tercer piso no se escucha nada de la segunda planta y menos de la principal —osó decir una mujer cuya juventud comenzaba a encaminarse hacia la madurez. Sin duda ya no cumpliría los treinta.

—Es verdad —musitó una muchacha de origen mestizo.

—¿Eso es todo, comisario? Tenemos mucho trabajo que realizar hoy. Ya sabe. Cubrir los espejos, preparar la ropa de la condesa, cambiarnos por el luto, cocinar para los visitantes —comentó el mayordomo.

—Y yo cocinar más de lo acostumbrado —apuntilló la mujer oronda. 

—Por cierto. ¿Podría decirnos la hora del fallecimiento? Por los relojes, ya sabe.

Trystan miró al mayordomo con gesto adusto.

—Puede pararlos entre las nueve y las diez. Hora que, en otro momento, preguntaré a cada uno de ustedes que hacían o dónde estaban.

—Ya le hemos dicho que en nuestros cuartos —dijo la mujer, que por las llaves colgadas de la cintura se trataba del ama de llaves.

—Sé por experiencia que nada es lo que parece o se confiesa. Y con ello no les llamo mentirosos. Solo digo que en ocasiones uno obvia, sin darse cuenta, detalles importantes para una investigación. Así que, vayan pensando. ¡En fin! Seguiremos mañana. Pueden retirarse. Tarrel. Usted aguarde.

Los demás no esperaron ni un segundo en cumplir la orden.

—Señor Terrel. ¿Puede indicarme dónde está la condesa?

—En sus aposentos. No podrá verla ahora. Debe descansar y prepararse acorde a las circunstancias.

—Entonces, aguardaré a mañana. Aunque no me iré sin inspeccionar la planta baja de la mansión. Por favor, si es tan amable de acompañarme.

—Como no, señor comisario.


 


viernes, 7 de noviembre de 2025

LA SEMILLA DEL AMOR



LA SEMILLA DEL AMOR

1

 

Tess entró a la carrera en el salón.

—¡Por Dios, hija! ¿Qué te ha pasado? Estás hecha un desastre. Despeinada y sucia. ¿Es qué no sabes comportarte? –se escandalizó su madre.

La niña intentó limpiarse la falda sin lograrlo.

—He estado con el señor Winslow. Nos ha enseñado a Alan y a mí a plantar camelias y mañana podaremos los rosales.

El niño que la acompañaba dijo:

—Tess será una gran jardinera, mi lady.

Ella miró con gran desprecio al chiquillo.

—¿Jardinera? ¡Es qué estás loco! Tess es la hija de un vizconde, por Dios! Tú no eres más que un patán sin modales.

—Madre. Puedo ser las dos cosas. A mí me gusta mucho el oficio del señor Winslow. Estar con él y con Alan. Me divierte. En casa estoy sola y el profesor Tadior es muy aburrido.

Sophia Malfoy miró enojada a los dos chiquillos.

—Es tu maestro. No un payaso. Y tu obligación es aprender, no revolcarte en el barro al igual que una vulgar campesina. Eres una Malfoy. No puedes comportarte así. Y tú, niño, que sea la última vez que entras en la casa principal de esta guisa. ¿Es qué no te das cuenta de que has embarrado la alfombra? 

—Lo siento, señora. No volverá a pasar –se excusó Alan.

—Por supuesto que no. Tess. Ve ahora mismo a limpiarte y cámbiate de ropa. Pronto cenaremos. Y niño, lárgate. Y dile a tú padre que quiero hablar con él. Ahora mismo. Y no soy señora, soy mi lady. ¿Entendido?

El chiquillo aseveró y salió a toda prisa. Le iba a caer una buena.

Al entrar en casa, su padre, al ver su expresión supo que algo malo sucedía.

—¡Ay, Alan! ¿Qué has hecho ahora?

—Nada malo, padre. Acompañé a Tess a la mansión. No hay más.

—¿Has entrado así? Te he dicho cientos de veces que no puedes tomarte tantas libertades. Eres el hijo del jardinero, de un empleado. No puedes ir a la casa principal si no lo requieren y mucho menos tras una jornada de trabajo. ¿Es qué no comprendes que no eres bien recibido allí? 

—No es verdad, pues no soy un extraño. He nacido en la finca y soy amigo de Tess. Su mejor amigo. Ella me deja entrar.

Así era. Los dos pequeños crecieron juntos. No se separaban jamás. Les unía un sentimiento tan fuerte que, si uno entristecía, el otro borraba su sonrisa. Si alguno enfermaba, el otro lo presentía. Y exclusivamente obtenían consuelo de parte del otro. Nadie ajeno a ellos era capaz. Juntos crearon un mundo privado al que no dejaban entrar a extraños. Pero Alan debía comprender que esa unión era necesario romperla antes de que fuese demasiado tarde, pues pronto dejarían de ser unos niños.   

—En un lugar que no te pertenece. Ya lo sabes. Y Tess no es la que manda. Son los vizcondes. ¿Entendido? Y en cuánto a vuestra relación, los señores nunca la vieron con buenos ojos. Y ahora que habéis crecido aún menos –dijo Jacob.

—¿Por qué uno ya tenga doce años la amistad debe desaparecer? ¡Qué idiotez, padre!  ¿O no lo crees así?

—Nuestra opinión no es fundamental en este asunto. Asume que esto debe terminar y nos evitarás muchas complicaciones. Hijo. Tenemos que ser prudentes y en especial seguir las normas que los señores nos dicten. Al fin y al cabo, son nuestros patrones y nos dan de comer. ¿Lo entiendes?

Su hijo asintió; aunque no pensaba romper su amistad con Tess. Jamás.

—¡Ah! Me olvidaba. La señora quiere que vayas ahora mismo a verla.

El semblante de Jacob Winslow se ensombreció.

—¿Y ahora me lo dices? Alan. Sabes que la vizcondesa es la mujer más impaciente del mundo. Anda. Límpiate y prepara la mesa.

Salió de la casita y se encaminó hacia la mansión, preparado para recibir un buen rapapolvo o tal vez algo mucho peor. Rezó para que su presentimiento no se materializara.

Michel, el mayordomo, con ese aire que parecía haberse tragado un palo, lo condujo hasta la presencia de la señora.

Lady Malfoy, al igual que una reina con su vasallo, lo recibió en la salita sentada en la butaca principal. Aquello, pensó Jacob, no era nada bueno.

—Mi lady –la saludó e inclinó la cabeza. 

—Señor Winslow. Tenemos que hablar sobre su hijo. Hasta ahora he consentido que Tess y Alan hayan mantenido una amistad nada convencional. Sin embargo, ya no son unos críos. Pronto mi hija deberá educarse acorde al rango que pertenece y por supuesto, Alan también al suyo. ¿Comprende?

—Sí, mi lady –susurró él sin poder dar más tono a la voz. Las pocas veces que se entrevistó con los vizcondes siempre le embargó la sensación de sentirse pequeño y miserable. Era algo que le era imposible evitar y la rabia le carcomía, pero no podía evitarlo. En especial con esa mujer. Era la viva estampa de la frialdad. Hermosísima, al igual que su hija. Sin embargo, no poseía su bondad. El rostro de su madre era duro, su corazón inmisericorde y carecía de empatía. Era el típico ser humano que tan solo le importaba el mismo. Los que existían a su alrededor eran meros medios para obtener sus ambiciones. Si alguien se interponía era eliminado de inmediato. Y para su desgracia, él debía bajar la cabeza si quería conservar el empleo. Si se marchase encontraría otro puesto de inmediato, pues gozaba de gran reputación cómo paisajista. A pesar de ello, si disgustaba a esa mujer, nadie lo contrataría porque no le daría ni una buena maldita referencia. Inventaría cualquier maldad para perjudicarlo. Debería irse del condado y tras la guerra, el jardín para las grandes mansiones era ahora lo menos importante y sin informes, siendo un desconocido los pocos que aún gozaban de riqueza no confiarían en él. Quedaría en la miseria.

—A partir de ahora se comprometerá a hacerle entender a su hijo el lugar que ocupa. Y por supuesto, no volverá a reunirse con Tess en ninguna circunstancia y mucho menos venir a la mansión si no es llamado. Así que ya sabe lo que debe hacer o, por el contrario, aténgase a las consecuencias. Amarre a su hijo, señor Winslow.

—Sí, mi lady.

Con un despectivo gesto de mano lo despidió.

—Puede retirarse.  ¡Ah! Y el ramo de mi habitación se marchita. Traiga de inmediato otro.

—Como ordene mi lady.

Jacob se encaminó hacia el jardín. Miró la extensión de flores y con una sonrisa malévola eligió las pertinentes según su significado. Unas peonias, por la ira que sentía hacia esa mujer y lirios naranjas por su maldad.

Tras cumplir el cometido, fue a casa envuelto en la tristeza. Sería muy duro para Alan su nueva situación.

—¿Qué quería la vizcondesa? –se interesó Alan mientras servía la sopa.

Jacob le explicó las nuevas normas. 

—¡No es justo! Pero… ¿Qué malo hay en que sea amigo de Tess? No lo entiendo –protestó el chiquillo.

—Lo que no era lógico era la amistad entre el hijo del jardinero y la hija de un noble. Así que, te guste o no, a partir de hoy no volverás a relacionarte con Tess.

Por supuesto, ninguno de los dos acató la orden. En cuánto les era posible se veían a escondidas. Nada ni nadie podía separarlos.

Los padres de Tess al comprobar que sus amenazas no surtieron efecto, decidieron enviar a la chiquilla a un internado y hasta ese momento, la prohibición de abandonar el palacio; lo cuál significaba que no podría volver a ver a Alan.

Sin embargo, él no se resignó a ello y aguardó junto a la verja que pasase el auto.

Los dos niños se miraron con un infinito halo de tristeza al comprender en ese instante que sus vidas ya no volverían a ser las mismas.


 

2

 

El intento de separarlos no surtió efecto.

Tess, a pesar de relacionarse con princesas, hijos de grandes empresarios, de políticos o futuros herederos, nunca dejó que la amistad con Alan fuese olvidada. Por el contrario, continuaba siendo la más fuerte. A los dos los unía un lazo irrompible y siempre que volvía a casa se reunían a escondidas.

Tras cinco años de estudios regresó para siempre a casa.

—Te has convertido en toda una señorita, hija —dijo la vizcondesa mirándola con orgullo. No había joven más hermosa en todo el condado. 

Tess apenas le prestó atención a lo que decía al ver el ramo de orquídeas. Alan le enseñó el significado de las flores y esas decían que estaba ante un nuevo comienzo.

De igual modo pensaba su madre. No le sería difícil encontrarle el marido ideal. Su niña era bellísima. Su cabello de reflejos rojizos realzaba sus ojos de un claro color verde esmeralda. Su rostro de contorno perfecto, al igual que su figura. Ningún joven permanecería inmune a Tess.

—Hija. En una hora se sirve el almuerzo. No tardes.

Tess se cambió y corrió hacia el jardín secreto. Un pequeño rincón que el jardinero ideó con la pretensión de que dejara de serlo si los habitantes de la mansión dieran con él. Por el momento, solamente los dos jóvenes lo descubrieron; hecho que les favorecía para sus encuentros clandestinos.

Como esperó, Alan se encontraba aguardándola.

—¡Por fin, tras cinco años, se terminó la tortura! Ya no volveré a irme –le comunicó con la felicidad reflejada en el rostro.

Él se levantó del banco y la abrazó con fuerza.

—Este curso se me ha hecho interminable —confesó.

—A mí también. Pero ya no tendremos que separarnos más. Lo aprobé todo y con matrícula de honor. No pueden castigarme ni me mandarán a la universidad. Creen que no es necesario. 

—Porque su pensamiento es que busques un marido acorde a tu estatus –opinó Alan.

—Pero… ¡¿Qué dices?! Soy muy joven. No pienso en maridos.

Ella no, se dijo él. Aunque, sí sus padres. 

—Oí que la semana que viene serás presentada en sociedad.

—Sí. Y no concibo la razón de que se siga con esta ridiculez.

—Es un modo de que te conozcan tus pretendientes.

—Eso era en el pasado. La guerra cambió muchas cosas. Ahora se hace por costumbre; ya te lo he dicho. Me gustaría evitarla y no puedo, ni tampoco pedir que acudas a mí fiesta. No quisiera ser castigada. No haré nada que me aparte de aquí y ni de ti. Lo comprendes, ¿verdad?

Alan lo entendía muy bien. Con los años aprendió que las diferencias de clases aún perduraban, a pesar de estar ya en mil novecientos cincuenta.

—Claro. Aunque, no impedirá que te de mi regalo de cumpleaños.

Los ojos al igual que un prado verde chispearon de emoción.

—¿Qué es?

—Si lo digo no sería una sorpresa. Ven.

Alan le mostró el arbusto plantado en el centro del pequeño círculo rodeado de gardenias.

—Hemos poblado juntos los jardines con muchas flores y plantas. Nunca un árbol. Vamos a plantar el nuestro. Ahí está.

Tess miró el tronco con escasas ramas.

—¿Ese?

—No te fíes de las apariencias. Es un ciclamor.

—El árbol del amor –susurró Tess.

—Será el símbolo de nuestra eterna amistad –apuntilló Alan.

Ella ensombreció su mirada. Desde que la internaron en ese lugar horrible se dio cuenta de que sentía algo muy diferente por su amigo. Al principio no supo el qué. Tiempo después descubrió que no era amistad. Que nunca lo fue. Siempre fue amor. Estaba enamorada de él hasta el punto de poder perder la razón. De ese chico de cabellos de hollín al igual que sus ojos y él, no la correspondía. Tal vez, en sus ausencias, alguna de las chicas del pueblo lo conquistó.  Se había convertido en un joven muy atractivo y debido a su trabajo su cuerpo era comparable al de un dios romano. Tendría muchas enamoradas. Y eso la martirizaba.

—¿No te ha gustado?

Tess le dedicó una sonrisa cargada de tristeza.

—Sí. Mucho.

—Pero…

—Preferiría que pudieses venir a la presentación. ¡No es justo que nos mantengan a distancia por no pertenecer a la misma escala social! Aunque, cambiará en cuanto tenga la mayoría de edad. Nadie podrá evitar que sigamos juntos. ¡Nadie! –se enfureció Tess.

Alan sabía que en la vida podría suceder. Sin embargo, dijo:

—Claro que no. Ya seremos adultos.

—Lo somos. Hemos cumplido los diecisiete. Bueno, yo el día de la presentación. Y en unos años tendré la mayoría de edad. Seremos libres –recalcó Tess. 

Alan, por supuesto, no lo creía así. Al menos para ella. Su vida de privilegios le recortaba las posibilidades de emanciparse. Riqueza a espuertas, pero ni un penique en su bolsillo. Y la educación recibida no incluyó el saber desenvolverse por su cuenta. En esos colegios de élite perpetuaban en sus alumnos la idea de que eran los elegidos para dominar el mundo y el resto de los mortales para estar a su servicio. Tess terminaría bajo el yugo de esas reglas.

—¿Plantamos el árbol? –sugirió.

—Nuestro árbol. Sí –dijo Tess con emoción.

Juntos, al igual que de niños, se embadurnaron las manos.

—Quedará precioso el escondite. ¿Cuánto tardará en florecer? –preguntó Tess.

—Unos tres años.

—¡Tanto! Me matará la impaciencia.

—Siempre fuiste muy impulsiva. Deberás controlarte. Ya has crecido y las cosas deben razonarse. Y tienes que ser prudente e irte, o tendrás serios problemas. Queda una hora para que salgáis hacia Londres. Y antes de entrar en casa pasa por la cocina y lávate. No hay que alertar al enemigo –le aconsejó Alan.

Tess se inclinó hacia su mejilla y lo besó.

—Es el regalo más maravilloso que me han hecho nunca. Gracias, Alan. Nos vemos el día de mí fiesta.  Porque, aunque no estés entre los invitados si estarás en el lugar más especial para mí, en mí corazón. Y no renunciaré a bailar con mí mejor amigo más especial –dijo haciendo brillar sus hermosos ojos del color del césped.

—No podremos, Tess.

—No te preocupes. Lo haremos. Te lo prometo —aseguró ella.


 


viernes, 11 de julio de 2025

CORAZONES HERIDOS


CORAZONES HERIDOA

1

 

Alanys levantó un poco la persiana y estudió a los candidatos. Nunca se dejaba llevar por la primera impresión. Era consciente que no se debía comprar un libro por la portada. Sin embargo, tenía el pálpito que ninguno era el adecuado para Candem. En realidad, ya no sabía qué necesitaba su hijo. En menos de dos años fueron cuatro los tutores que contrató y no lograron conectar con él. Y, a pesar de que la duda nunca la subyugaba, en este asunto, era incapaz de discernir qué era lo que más le convenía a Candem; porque desde el divorcio el pequeño ya no era el mismo. Perdió concentración, las ganas de aprender que siempre demostró y lo más grave, su carácter risueño. Y una criatura a los  nueve años se siente motivado por lo que le rodea, por aprender y ser más independiente, y Candem desarrolló un vínculo obsesivo hacia su madre. Tal vez, por el temor a que ella, al igual que su padre, desapareciese de su vida. Porque Garvey, ocupado con su nueva familia, apenas veía a su hijo; ni tan siquiera tenía la decencia de que conviviese con su nuevo vástago. Hecho que desató que el carácter risueño se tornase taciturno y su docilidad pura rebeldía. Precisaba a alguien que le retornase al pequeño dulce y encantador que fue. 

Suspiró con cansancio. Había sido una semana muy intensa. Reuniones, inconvenientes, fiestas, y en apenas unos días debería iniciar la ronda de inspección de varios de sus hoteles y encima, añadir la búsqueda del tutor.  Por suerte tenía a Franziska, la fiel secretaria que sirvió a su padre y ahora a ella. Era una alemana de pura cepa. Eficiente, trabajadora incansable y estricta. Virtudes que escogió para su asistenta privada, sin tener en cuenta el aspecto físico. Para Louis Farrell lo primordial era la profesionalidad. Por lo que, no le importó tener a su lado a esa teutona alta, desgarbada y de rostro nada acorde con lo que estaba de moda. Así que, Franzeska entrevistaría a los aspirantes y elegiría a los que considerase más adecuados para el joven Relish. Tenía plena confianza en que lo haría a conciencia.

Y lo hizo una hora después, entregándole la documentación con las cualidades más significativas para la educación de su hijo.

—Los he numerado por orden de preferencia, señora. Al igual que siempre. Pero creo que, en esta ocasión, hemos acertado. Son profesores muy capacitados y con referencias excelentes.

—Gracias, Franziska. A ver si tenemos suerte. Es tarde. Ya puedes ir a casa. ¡Ah! Mañana pásate por la notaría y recoge la documentación del nuevo apartamento. Después ponte en contacto con Art Especial, que estudien la decoración y que me la envíen por email.

—Claro, señora Farrell. Buenas tardes.

Alanys abrió el primer expediente. Datos típicos de un instructor británico. Lo mejor de lo mejor. Sin embargo, no le funcionó ninguna de sus tipologías. Al igual que los siguientes. A pesar de ello, debía decidirse por uno. El tiempo apremiaba y no estaba dispuesta a dejar a su hijo en un internado. No le haría pasar el mismo infierno que ella. Nunca.

—Pero estos no me inspiran la confianza necesaria para que congenien con mi pequeño —musitó.

Los suaves golpes en el cristal le hicieron levantar la vista de los papeles.

—Pasa, Franziska.

No fue su secretaria la que entró.   

—Perdón. ¿Es aquí dónde entrevistan? Me refiero para el puesto de tutor.

Alanys miró al hombre. Debía rondar los cuarenta. Barbudo, vestido con traje informal y con el cabello de color café revuelto; y para adornar su excentricidad, con los auriculares apoyados alrededor del cuello. No tenía el aspecto que se suponía debía tener un maestro. Más bien de un bohemio.

—Entiendo lo que piensa. No estoy presentable. Pero tengo excusa. Me han pasado la oferta de trabajo hace apenas dos horas. Mi apartamento se encuentra a las afueras de la ciudad y si me entretenía en arreglarme como es debido, no hubiese llegado a la hora.

—Y, aun así, no lo ha hecho —le recalcó ella.

—Ya. Es que el taxi se ha visto envuelto en un atasco en Piccadilly y decidí continuar a pie, con la mala suerte de que se ha levantado una gran ventisca. Es la razón por la que me he retrasado unos minutos.

—Más bien treinta, señor…

—Gaël Montcada.

Ella juntó las cejas.   

—Nombre catalán. Soy originario de Ibiza. Sé que ustedes buscan a alguien muy opuesto a mí. Por regla general quieren tutores británicos. Y la competencia británica es muy difícil de derrotar. No obstante, opino que esa reputación es exagerada.  Ya se sabe, cría  fama y échate a dormir. Lo que significa que, hoy en día, se columpian gracias a ella.   

—¿Cómo dice? —inquirió Alanys con incredulidad ante la poca formalidad del hombre que tenía delante.

—Pues eso. Que no todos los tutores ingleses son tan experimentados y eficaces como parecen. Pero si usted mira mis credenciales, puede que me tenga en cuenta; pues reúno virtudes interesantes que pueden serle de gran utilidad —dijo él. Y, con una sonrisa educada, le entregó el expediente.    

Alanys dudó unos segundos.

—No tiene el perfil que exigimos. Ha llegado tarde y su modo de hablar me resulta… digamos un tanto informal.

—Le aseguro que no se arrepentirá —insistió Gaël.

—No suelo conceder excepciones. Soy una persona muy estricta. Hay que respetar las condiciones. No obstante, debido a que se ha esforzado en superar los obstáculos que ha tenido en el camino, en esta ocasión, la haré.

Gaël la observó mientras ojeaba los folios. Era una mujer bellísima. Cara de facciones delicadas, perfectas. Ojos esmeraldas, labios turgentes y cabello brillante cómo el negro charol, puro misterio. Sin embargo, aquella hermosura quedaba opacada por el rictus de esos labios sugerentes. Tensos, nada amistosos, más bien enojados. No dudó que la señora Farrell era esa mujer de la que le hablaron. Dura, implacable, ambiciosa y abducida por el negocio. Lo sabía muy bien. Se informó en cuánto decidió optar al empleo. Hija única de uno de los empresarios hoteleros hecho así mismo más importantes del Reino Unido; educada para seguir con la estela de su progenitor al igual que si fuese un varón. Y lo hizo, pues llegó a ser tan respetada como él. 

Alanys alzó la cabeza y él dejó de escudriñarla.

—Su currículo es impecable. Más bien impresionante. Cum laude en cada asignatura y las referencias hablan maravillas de su trabajo.

—He procurado no ser un estudiante mediocre. Siempre busqué la excelencia. Con mis alumnos pido lo mismo. A condición de que gocen de las cualidades necesarias, por supuesto. No me gusta torturar a ninguno. Al contrario. Me centro en las aptitudes naturales e intento que sean el centro de las clases.

—¿A qué se refiere?

—Hace unos años tuve a un muchacho que era nulo en matemáticas. Por mucho que se esforzó, jamás logró comprenderlas. ¿Sabe la razón? Porque el chico era hábil en Humanidades. Su mente estaba cualificada para absorber cualquier tema filosófico. Entonces, ¿para qué atormentarlo con cifras que no le servirían para su futuro? La educación está mal enfocada. ¿No le parece?

—Lo que me parece es que un alumno debe tener conocimiento de cualquier materia —contestó Alanys.

—Usted lo ha dicho, conocimientos, no ser eruditos en todo. Mire. Un cerebro que aún no está formado y que ignora lo que desea ser en el futuro, hay que mostrarle el camino que puede recorrer para ser feliz al llegar a adulto. Si sus disposiciones se inclinan hacia la medicina, la música o la pintura, se han de potenciar. De lo contrario, si insistimos en llenarle la mente de ciencias ajenas a su comprensión, podemos perder a un gran pintor, médico o músico. Ese es mí método de enseñanza.      

—En ese caso, no es el perfil que buscamos.

—Lamento no ser de su mismo parecer.

Ella se reclinó en el respaldo.

—¿Sabe mejor que yo lo que necesito para mí hijo?

—Hasta el momento no ha tenido suerte. Estoy convencido de que, si me contrata, eso cambiará —respondió Gaël dedicándole una sonrisa cargada de confianza. 

—¿No le parece que es un poco arrogante?

—Poco no, señora Farrell. Del todo, porque sé que soy lo que espera para su hijo.

Ella ladeó la cabeza y sin pudor lo escrutó.

—¿De verdad piensa que Candem puede ser educado por alguien que alberga tanta vanidad?

—Más bien diga confianza. Creo en mí, señora Farrell. Porque dudar de uno mismo es lo peor. No puedes avanzar en la vida si no te lanzas. Tal vez ello te lleve al desastre, sí. Pero te otorga una enseñanza que será muy beneficiosa para el futuro. Presumo que su padre también le inculcó esa idea.

—Lo hizo, sí.

—Pues, soy su hombre.

Alanys inspiró hondo.

—¿Puede decir la razón por la que dejó su último trabajo?

—No me dieron libertad de como llevar mis materias. Y eso es incuestionable.

—Hecho que también impide que pueda contratarlo. La educación de mi hijo no tan solo consta de materias, también de su educación cómo ser humano. Y esa la elijo yo en armonía con el tutor.

—Crea que se equivoca al rechazarme, señora Farrell.

—Le repito que no, señor Montcada.

Ella cerró la carpeta y se la entregó. Él la rechazó.

—Mejor guárdela. Sé que acabará llamándome —aseguró Gaël. Se levantó y le tendió la mano.    

—Mejor no tenga esperanzas. De todos modos, gracias por venir. Deseo que encuentre trabajo en el lugar que necesiten lo que ofrece.

Él le guiñó un ojo y le dedicó una amplia sonrisa.

—Ya lo he encontrado. Volveremos a vernos. Buenas tardes.

Alanys parpadeó perpleja. El tipo era de aquellos que no aceptaban un no por respuesta. Pues con ella iba listo. Gaël Montcada no sería el tutor de Candem.

 

 

 

2

 

El destino tenía otros planes para Alanys; pues ninguno de los dos elegidos estuvo, por una circunstancia u otra, disponible para incorporarse de inmediato.

—¿Está segura, señora?

Su jefa resopló.

—En absoluto. A pesar de eso, no tengo más tiempo para una nueva ronda. En dos días debo que subir a ese avión rumbo a Cerdeña. Candem tiene que estar bajo el cuidado de alguien responsable y que, de paso, le enseñe las materias que el año que viene tendrá que impartir en el colegio. El señor Montcada estará con él unos dos meses. Y dudo que, si lo contrato, se niegue a seguir mis instrucciones.

—Por lo que ha detallado, me huelo que no será tan estricto cómo un inglés. Señora. ¡Es ibicenco! Ya sabe. Hippies, drogas, fiestas… Y es demasiado joven. ¿Está segura de lo que hará? —se estremeció la estirada Franziska.

—No exageres. No es un jovencito. A pesar de su aspecto, hace poco cumplió treinta y cinco. Y la época de la que hablas quedó atrás hace muchos años. Además, has visto el informe. El hombre posee una inteligencia excepcional. Si en este tiempo conseguimos que inculque en Candem algo de su sabiduría, me daré por satisfecha.

—La fotografía no es lo que se dice la esperada para un informe en busca de trabajo. Esa barba y esos pelos desmadrados… Aunque, tengo que reconocer que es guapo —opinó la asistente.

—¿Guapo? —inquirió Alanys mirándola con atención.

—Lo es, señora. Lo es. El típico por el cuál las mujeres se derriten. Seguro que tiene un harén de admiradoras. Por ello, deduzco, la razón por la que no está casado. Todo un Don Juan que disfruta de los placeres mundanos. No creo que sea el mejor ejemplo para el joven Relish.

Alanys se fijó mejor en el retrato y reconoció que sí, que era muy atractivo. Sonrisa adecuada a un seductor, ojos negros, profundos y facciones delicadas, casi perfectas, que no restaban para nada su masculinidad. 

—Lo admito. De todos modos. No me importa su físico. Lo esencial es su currículo y es inmejorable. Además, comparte con mi hijo un cerebro privilegiado. Puede que por ello lleguen a congeniar. Llámalo y explícale las condiciones. Si acepta, prepara el contrato y los billetes.   

Gaël no pudo evitar que su boca dibujara una gran sonrisa de victoria al recibir la llamada. Y en especial, por el mondante del salario. Era muy generoso, si se tenía en cuenta que incluía mantenimiento, hospedaje y viajes.

—Señor Montcada. Ya le he explicado las condiciones. ¿Acepta?

—Antes me gustaría concretarlo con su jefa.

Franziska efectuó un mohín de desagrado ante la expresión tan burda.

—Puede venir esta tarde.

—Hoy estoy ocupado.

—En ese caso, nos veremos obligadas a escoger a otro tutor.

No podía permitirlo. El trabajo era un chollo y aceptó reunirse con esa mujer tan antipática.

En esta ocasión procuró estar más presentable. Y por la expresión un tanto asombrada de la empresaria, lo logró.

Se sentó ante ella y aguardó que comenzara a hablar.

—Cómo ya le avanzaron, su misión consistiría en enseñar a mi hijo mientras viajamos. Mi trabajo me obliga a hacer un recorrido para revisar los nuevos hoteles que se han de inaugurar en varios países y no quiero separarme de Candem. Aún es muy pequeño.

—Ya ha cumplido los nueve.

—Pero hay un dato que desconoce y es que mi hijo nunca ha pisado una escuela. Ha sido educado en casa.

Gaël alzó una ceja.  

—Hay una explicación. El hecho que lo diferencia de los demás niños de su edad. Es superdotado. Preferí que recibiese una educación acorde a sus dotes. Por ello quiero que lo prepare con materias avanzadas, no las que corresponden a su edad.

—¿Quiere? —matizó él.

—Sí, señor Montcada. He decidido contratarlo. 

—Le aseguré que acabaría aceptando mis servicios —dijo Gaël con una sonrisa victoriosa.

Alanys la obvió y dijo:

—Su trabajo consistirá en aleccionarlo con los temas que le indicaré. De este modo, no se sentirá desubicado. Aunque, le informo de que sabe leer a la perfección y posee un gran conocimiento en todas las materias. Imagino que usted, perteneciendo a esa clase privilegiada, no tendrá problemas.    

—Ninguno. Y me sentiré orgulloso de aleccionar a una mente tan especial. ¿Y puedo preguntar a qué lugares deberé ir? Más que nada por saber que debo meter en el equipaje.

—Ropa veraniega. Y por supuesto, incluya algo elegante. Puede que tenga que asistir a algún lugar que lo requiera. Si no tiene, puede adquirirla a cargo de la empresa.  

Él elevó la comisura del labio.

—No será necesario.

—Bien. Tome. Aquí tiene todo lo que debe saber —dijo Alanys entregándole una carpeta.

—¿Y cuándo veré a su hijo?

—Nuestro primer destino será Cerdeña. Tendrán suficiente tiempo para conocerse durante el vuelo.  Le espero pasado mañana en el aeropuerto. Y por favor, sea puntual.

—Siempre lo soy; si las circunstancias no lo impiden. Gracias por su confianza, señora Farrell.

—Espero no quedar decepcionada. Nos vemos el jueves. Buenas tardes.  

Él, eufórico, llegó al apartamento.

—¿Cómo ha ido? —le preguntó su compañero de piso.  

—Tengo el empleo.

—¿Buenas condiciones?

 —Inmejorables. Dos meses de contrato, mientras recorro una gran parte del mundo hospedándome en hoteles de lujo.

—¿Estás seguro? Esa mujer tiene fama de insoportable y exigente.

Gaël miró a su mejor amigo.

—Lo sé. Me ha ordenado que me ciña a los estudios que ha implantado. Por primera vez podré soportarlo, pues me ofrece la oportunidad de alejarme de todo lo que me duele. Será bueno para sanar las heridas. Daré la vuelta al mundo. ¡Y sin abrir la cartera! ¿Cómo voy a perder esta ganga? James, amigo. Sabes que he soportado situaciones mucho peores. Alumnos inaguantables, otros casi delincuentes y los que se niegan a abrir un libro. Que tenga que enseñar a un niño de nueve años, aunque sea insufrible, durante tan corto tiempo, será pan comido.

James asintió.

—Visto así… No te olvides del bañador. Vas a bañarte en las aguas cristalinas del pacífico. Pero ten tiento con los tiburones.

—¿Por qué siempre encuentras la pega en todo? —se quejó Gaël.

—Sólo apunto un hecho real. Hay mares que están infestados de esos escuálidos. No quiero que mi mejor amigo regrese sin un miembro a causa de un mordisco.

Gaël bufó.

—Lo dicho. Eres un cenizo.