1
El local se encontraba envuelto por el humo de los
cigarros, la música del pianista y las risas de las mujeres que alternaban con
los clientes del Diablo Seductor. El club más degenerado de la ciudad y al cual
los nobles acudían para gozar de los placeres más prohibidos y uno de los más
demandados, a pesar de no tratarse de asuntos de la carne, eran los juegos de
azar, en especial el póquer. Un pasatiempo llegado de Las Colonias que causó un
gran efecto en la reina Victoria. A consecuencia de ello se popularizó en la
corte y entre los nobles.
El barón James Sterling era uno de los descendientes del
mayor jugador de esa época y de su afición. Y se encontraba ante la jugada más
trascendental de su vida.
—¿Carta? –preguntó el crupier.
Sterling asintió, le dio la vuelta y tras verla, sus ojos
negros al igual que el carbón no mostraron emoción alguna, ni tampoco su rostro
movió un solo músculo, lo único que se aceleró fueron los latidos del corazón.
—¿Y bien? ¿Sube la apuesta?
El barón, con manos temblorosas, agrupó los naipes una y
otra vez.
—Decídase ya –le exigió uno de sus oponentes.
Sterling apostó el resto del dinero.
—Voy con todo.
El Duque Grayson aceptó el reto y dibujó una sonrisa
ladina.
—Me retiro –comunicó uno de los jugadores.
—Yo también –dijo el otro.
—Quedamos dos. Veamos sus cartas, barón.
Él notó como los latidos amenazaban con llevarlo a un
infarto. Su mano era excelente. Una muy difícil de superar a no ser que te
concediesen un milagro.
—Full –musitó dejándolas sobre la mesa.
Grayson aumentó su sonrisa y mostró las suyas.
El rostro de su rival se tornó lívido.
—Lo lamento, barón. Mi póquer es insuperable. Me temo que
el juego ha terminado –declaró Grayson. Recogió las libras y se levantó.
—No. No… Una mano más, por favor –farfulló el perdedor.
—¿Y con qué apostará? Es de dominio público que está
arruinado y que esta apuesta lo ha desvalijado del todo. No tiene liquidez.
Sterling se frotó las manos, para después secar el sudor
de la frente.
—Apuesto mí mansión.
Los otros jugadores lo miraron pasmados.
—Tengo muchas diseminadas por el país. Deberá ofrecer
algo más tentador.
El barón introdujo los dedos dentro del cuello para que
la respiración le llegase a los pulmones.
—Es lo único que me queda.
El Duque chistó con la lengua.
—No estoy de acuerdo. Tiene posesiones mucho más valiosas.
—Le aseguro que no o de lo contrario, se lo ofrecería.
—Usted sabe a qué me refiero.
Sterling permaneció inmóvil unos segundos, hasta que
entendió.
—No. Aún me queda honor –afirmó rotundo.
—El honor sin dinero no es nada, barón. Y, tanto si gana
o pierde, estoy dispuesto a compensarlo.
Ganará diez mil libras.
—No puedo apostar algo tan amoral.
—No puede negarse sin escuchar la propuesta.
—No… Yo… La imagino. No… ¡Imposible!
—No tengo malas intenciones. Su esposa no me interesa. Es
Evelyn. Le ofrezco pedir su mano.
Sterling, sudoroso, se pasó el pañuelo por la frente. Era
una oferta que, tanto si perdiese como no, podría salvar la terrible situación
de la familia. Pero no quería ceder ante ese arrogante. Además, su hija no
aceptaría una unión impuesta.
—Ella nunca accederá
—dijo.
—Una joven se debe a la voluntad de su padre y debe
ayudar a que las deudas de la familia
desaparezcan. Quiera o no, su hija deberá cumplir con su deber; o de lo
contrario, tendrá que asumir las consecuencias de vivir en la miseria.
Era cierto. Evelyn terminaría en brazos de un marido no
deseado. Sin duda, Grayson no sería de su agrado. Ninguna joven desearía ser la
esposa de un hombre de la misma edad que su padre. Pero era su única arma para
salvarlos. Y el duque le daba la oportunidad de ganarle la mano y también, en
la caída esas diez mil libras y que su hija se convirtiese en la Duquesa
Grayson.
—Acepto –decidió.
Los ocupantes de la mesa abrieron la boca con
incredulidad. Presenciaron apuestas locas. Ésta era la más indecente. Jamás
pensaron que una joven fuese apostada al igual que una yegua por su propio
padre. Sin duda, su ruina era mucho peor de lo que se especulaba.
—Esto será el escándalo más suculento de la ciudad
–susurró el marqués de Hantelford.
—Algo inaudito al ser provocado por el duque, si se tiene
en cuenta que su único vicio son los naipes. Sin embargo, la muchacha merece el
riesgo. Es la más pobre y también la más deseable y… Calla. Ya reparten –indicó
lord Carrinhell.
La apuesta tan descabellada llegó a oídos de varios de
los clientes y, sin poder ocultar la curiosidad, se acercaron a la mesa.
Los dos oponentes estudiaron las cartas, sin que nadie
pudiese apreciar que experimentaban. Eran jugadores expertos. Y como tales, la
mano que poseían les aseguraba el triunfo. Ninguno fue capaz de pensar en la
derrota.
—Barón.
La inexpresión dio paso a una sonrisa triunfal. No perdería
a su hija; hecho que, si era sincero, le convenía. Evelyn era una solterona sin
opciones de casarse y no entendía como un duque poseedor de una gran riqueza la
deseaba. Sin embargo, al pensar en su honor, al ganar quedaría lavado y, además,
se levantaría de la mesa con diez mil libras en el bolsillo. El futuro sombrío
se llenaría de luz.
—Escalera de color –anunció con tono victorioso.
Los curiosos soltaron varios silbidos. El duque perdió la
jugada.
Él aseveró con semblante circunspecto. Sólo existía una
jugada que la superase y era casi un milagro que la tuviese. Con lentitud posó
su tirada sobre el tapete.
—La mía real –dijo.
Las exclamaciones de asombro rodearon a los jugadores. El
rostro de Sterling empalideció hasta el extremo que muchos pensaron que iba a
desvanecerse. Y no era para menos. Se jugó a su hija y con esa apuesta, el
honor.
—No puede… ser –jadeó.
Grayson se levantó.
—Lo lamento, barón. Hoy no ha sido su mejor noche. ¡Así
es el juego!
—Es que… Su jugada no… me parece lógica. No…
—¿Insinúa que he hecho trampa? –siseó Grayson.
—No. Por supuesto… que no –balbuceó Sterling.
Su oponente alzó la mano con gesto autoritario.
—Por favor, guarde los espavientos y acompáñeme. Tenemos
que hablar.
Se alejaron de los curiosos y se adentraron en el jardín.
Sterling, se frotó las manos y se encaró al duque.
—Yo… Le pido consideración y deje de lado a mi hija. Mi
mansión es una de las más elegantes y espaciosas de la ciudad. Por favor,
reconsidere los términos –le suplicó el barón.
—Hemos hecho una apuesta y su cumplimiento es sagrado. Si
se retracta, ya sabe a qué nos enfrentamos. E imagino que no querrá llegar a un
duelo. Soy conocido por mi buena puntería.
—Sé las reglas.
—Entonces, cúmplalas.
—Apelo a su clemencia, una vez más, duque. Mi hija no se
merece esto.
Él soltó un largo resoplido.
—Usted se ha comportado cómo un cabrón. Ningún padre
cometería tamaña bajeza. Ahora apechugue con las consecuencias.
—Soy consciente del horror que he cometido. Y también de
que Evelyn ya no es una jovencita. Es una solterona en toda regla. Y no es una
mujer de carácter dócil. Podría acarrearle complicaciones. Usted puede
conseguir a una más joven, manejable y con una gran dote. Piénselo bien antes
de tomar una determinación que puede volverse en su contra.
—Ya lo he meditado. Ella es la que necesito.
—¿Por qué? No destaca por su belleza ni por su
desenvoltura en los salones. Su mayor diversión es perderse entre libros. ¿En
serio piensa que será su duquesa adecuada?
—Tengo mis razones. Asunto zanjado. Mañana sellaremos el
acuerdo.
—¿Mañana? —musitó el barón.
—Cuánto antes, mejor. Quiero que la boda sea la semana
que viene.
—¿Qué? ¡No hay tiempo para organizarla! —gimió Sterling.
—Déjelo en mis manos. Y no se le ocurra comentarle a su
hija que la ha perdido en una apuesta.
—No tema. La vergüenza me lo impedirá.
—No es para menos. Buenas noches, barón.
Él, tras permanecer durante unos minutos petrificado, se
alzó y tambaleándose, se fue, sin dejar de pensar en qué le diría a su mujer y
a su hija. Sobre todo, a ésta. No aceptaría el acuerdo.
Al entrar en la mansión, el mayordomo, tras años de
servicio, adivinó que aquella noche no fue la mejor de su señor.
—¿Una copa? –le sugirió.
—Doble –especificó su señor y se encaminó al salón.
El criado le sirvió el brandy y su señor lo apuró de un
solo trago.
—James. ¿Se ha acostado ya la baronesa?
—Sí, mi lord.
—Dile que deseo hablar con ella.
El hombre parpadeó desconcertado.
—Ahora –gruñó su señor.
2
La baronesa se incorporó de medio cuerpo al escuchar los
suaves golpes en la puerta.
—Adelante.
El mayordomo carraspeó.
—Lamento molestarla a estas horas, pero el barón desea
verla.
Ella miró el reloj. Eran pasadas la media noche.
—¿Ahora?
—Sí, mi lady.
—¿Sabe qué quiere?
—No, mi lady.
—Puedes retirarte –le ordenó ella. Se puso la bata, salió
de la habitación y bajó la escalinata deduciendo que nada bueno podía esperar.
Con una sensación de temor entró en el salón. Su marido se encontraba de pie
ante el mueble bar.
—¿Querías verme?
Él se dio la vuelta.
—Sí.
—Por tu expresión no me gustará lo que vas a decir. ¿Qué
has hecho ahora?
—Vengo del club.
Ella le lanzó una mirada iracunda.
—Cuándo dices club, imagino que no al de caballeros.
Bueno. Ese antro se alimenta de ellos. ¡Qué vergüenza! ¿Dónde queda el honor?
En especial el de la familia.
—¿A qué viene ese reproche? Sabes que no hay más mujer
que tú.
—No me tomes por imbécil –siseó su esposa.
Él la fulminó con la mirada.
—No todo es culpa mía, Helen. Tú también eres culpable de
mi proceder.
Ella sacudió la cabeza con incredulidad.
—¿Insinúas que he sido yo quién te ha inducido al juego y
frecuentar prostitutas? ¡No me lo puedo creer!
—Esto no pasaría si me hubieses dado un heredero –se defendió James.
La faz de ella reflejó un inmenso dolor.
—Eres muy cruel. Lo hice en tres ocasiones y Dios no
quiso que fructificasen en mí vientre.
—Y tras el último aborto te alejaste de mí. Respeté tu
decisión. Ahora no me reproches que me consuele en brazos de otras. Los hombres tenemos necesidades que no
podemos controlar.
—¡Por Dios, James! Te pedí comprensión. Y si me hubieses
amado de verdad, me la hubieses concedido. Pero esas necesidades de las que
hablas fueron más fuertes que nuestro vínculo. Y esa actitud mató el amor que
profesaba hacia ti. Lo que hagas con esas mujeres no me importa, la reputación
sí. ¡Da igual! Dejemos esta vieja discusión. Y cuéntame qué temeridad has
hecho. ¿Cuánto has perdido está noche?
Él se golpeó con las manos los muslos en un gesto de
impotencia.
—El juego es un impulso que no puedo contener. Lo he
intentado. Lo juro, Helen. Pero me es imposible.
Ella sacudió la cabeza sin apartar el enfado.
—No quiero explicaciones de tu poco control con los goces
es de la carne y de los naipes. Por desgracia, los conozco de sobra.
Respóndeme. ¿Qué te has jugado? ¿Nuestro hogar? Dime que no.
—Algo mucho peor –susurró él. Le dio la espalda y se
rellenó el vaso.
—James. ¿Qué más puedes haber ofrecido? No tenemos
dinero, ni otras posesiones. Te has encargado de dilapidar la herencia de
nuestras familias –se angustió ella.
—Tenemos a nuestra hija —confesó.
Helen, durante unos segundos, lo miró dudosa al creer que
escuchó mal; hasta que comprendió. Y furiosa caminó hacia él y le golpeó con
los nudillos el pecho.
—¿Te has apostado a Evelyn? ¡Estás loco! ¡Dios Santo!
¿Cómo has podido? ¡Eres un monstruo! –gritó.
James le aferró las muñecas.
—Cálmate.
—¿Qué me calme? ¡Has vendido a nuestra pequeña!
—Si dejas que me explique, lo entenderás.
—¿Qué tengo que entender? ¿Eh? ¿Qué tú depravación te ha
convertido en un monstruo? ¡Has puesto sobre la mesa de naipes a Evelyn! Y te
conozco, James. Sé que tu actitud indica que has perdido el juego. ¿Me
equivoco?
—No –dijo él con voz muy baja.
—¡Has ofrecido a nuestra hija sin sentir el menor
remordimiento! ¡Y no en un salón de baile, en un salón de juego! La has
convertido en una prostituta. ¡Te has vuelto loco!
—No exageres.
Ella se liberó de sus garras y comenzó a caminar de un
lado a otro.
—¡Joder, James! Todos esos libertinos así lo
considerarán. ¿Qué has hecho? ¡Por Dios!
—Una dama de tú categoría no debe blasfemar –le reprendió
él.
—¡Ni un barón apostar a su hija! –explotó Helen.
—No tuve más remedio. Estamos arruinados —se defendió
James.
Ella, desencajada, se dejó caer en el sofá.
—¿A quién las has ofrecido como puta?
Él la miró con ofensa.
—En ningún momento he hecho tal cosa. Aún tengo decencia.
Fue el Duque Grayson quien me ofreció diez mil libras a cambio de Evelyn.
Su mujer lo apuntó con el dedo.
—No intentes justificar tu ignominia. No rechazaste su
propuesta. Has deshonrado a nuestra familia. Y sobre todo a ella. ¡La has
echado a los brazos de un hombre como su amante! Eres despreciable y no sé cómo
aún te miro a la cara. Si pudiese, me iría con mis padres. Sin embargo, con tus
actos infames es imposible. El hecho se expandirá por toda la ciudad; porque no
habrá sido una partida privada. Los asistentes habrán sido testigos de esa
apuesta aberrante. ¡Es que perdiste la cabeza! Seremos unos apestados sociales
y sin dinero. ¡Eres indigno de pertenecer a la nobleza!
—No hay nada de lo que piensas.
Su esposa tensó el cuello.
—Si no la desea como amante, querrá de ella lo que todos
los hombres ambicionan, ser el primero en desvirgarla.
James dio un trago largo al vaso.
—Sí. Esa es su intención. Pero no te alteres. Quiere casarse
con Evelyn. Será la Duquesa Grayson.
Helen, aturdida, lo miró con la boca abierta.
—Como ves, en esta ocasión, mi vicio se ha tornado una
bendición. Emparentaremos con uno de los nobles más influyentes y poderosos del
país. ¿No me felicitas? –dijo James.
—El orgullo no tiene cabida en esta situación. Puede que
el duque haya prometido algo que no cumplirá –dedujo Helen.
—Lo hará, querida. Mañana vendrá para acordar la fecha
del enlace.
Su mujer lo miró ceñuda.
—Te aseguro que lo vi emperrado con casarse con Evelyn.
—¿Y a qué viene tanta urgencia?
James se sentó ante ella.
—Eso mismo quise saber y me comentó que tenía sus
razones, sin dármelas.
—Esto es muy extraño. ¿Por qué ha elegido a Evelyn cómo
esposa? Es hermosa, pero nadie se ha percatado de ello. Se ha escondido tras
esas gafas y esos vestidos dignos de una criada.
—Es probable que él haya descubierto esa belleza tras el
disfraz –opinó su marido.
—Puede. Pero ya ha superado los veinticinco. Si desea más
herederos debería buscar a alguien más joven.
—¿Piensas que es su meta? Aiden lleva viudo dos años. Y
ya tiene a Oliver. No nos engañemos. Nuestra hija, y es evidente que el duque
lo sabe, es muy hermosa. La buena sociedad no opina lo mismo pero el duque sí.
Nuestra hija puede suplir su abstinencia con gran satisfacción.
—¡James, por favor! No hablas de una mujerzuela, hablas
de Evelyn –se escandalizó Helen.
—Es una posibilidad, querida. ¿O has olvidado cómo fueron
nuestros primeros años? La pasión nos encendía.
Ella le lanzó una mirada de reprobación.
—Hablamos del futuro de nuestra hija.
Su marido suspiró.
—Nunca lo he comentado. De todos modos, espero que estarás
de acuerdo conmigo que es una mujer muy alejada de los estandartes de la
sociedad. Y no lo digo por su carácter rebelde, que también ha influido en su
soltería; si no por su físico. No es escuálida, ni lánguida, no sigue los
estándares de lo que se requiere en una señorita. Posee una anatomía
exuberante.
—¿Qué quieres decir con exuberante? Cierto es que posee
más curvas de lo aconsejado, pero no por ello carece de elegancia. Evelyn no es
vulgar –se molestó su esposa.
—Por supuesto que no. Si bien, su figura… ¿Cómo podría
decirlo? Ella posee esa atracción que incita a los hombres más de lo
aconsejable.
Su esposa respingó.
—¿Te refieres a que a nuestra hija la comparan a una… a
una prostituta?
—¡Oh, cielos, no! Lo que digo es que no es la jovencita
que un noble desea ver reflejada en el cuadro del salón.
—Lo dicho. La ven al igual que una meretriz —se lamentó
Helen.
—No. Evelyn tiene una reputación intachable. Nadie la
desacreditaría. No obstante, si unimos que no posee los cánones de moda y que
carece de dote, da como resultado a una solterona.
—Entonces, ¿ese súbito interés por ella es físico? Pues,
aún lo entiendo menos. El duque hubiese podido exigirte que fuese su amante, en
cambio, piensa casarse. Esto cada vez me parece más raro. ¿A ti no?
—¡No sé, Helen! Lo
que ha ocurrido esta noche me parece una pesadilla —gruñó su marido.
—Tú eres el culpable. No te quejes —le reprochó ella.
—Lo sé —dijo él, sin apenas voz.
—Puede que, por extraño que pueda parecer, se haya
enamorado de Evelyn —supuso Helen.
—Todo es posible.
—Aun así, la compadezco. Un matrimonio sin amor es un
infierno.
—¿Lo ha sido el nuestro? –inquirió él.
—¿Lo ha sido para ti?
Su esposo se sirvió otra copa.
—Por supuesto que al principio no, querida. Eras la
esposa perfecta.
—Y tu indiferencia acabó con nuestro matrimonio.
James llenó sus pulmones de aire.
—Siento no haber sido el esposo que esperabas. Por mí
culpa estamos en este atolladero. Te pido perdón.
—Ya es tarde. Y ahora lo importante es olvidar nuestras
desavenencias y preocuparnos por el futuro de nuestra hija.
—Muy sensata, como siempre. Yo en cambio… ¡En fin!
Hablemos del duque. Es muy admirado por su comportamiento insigne, recto y
piadoso. No se le conocen vicios. Seguro que con el tiempo Evelyn sabrá
apreciarlo.
—Las apariencias, como sabes, no conducen a la verdad. Y
nunca he confiado en las personas tan perfectas. Además, lleva más de veinte
años fuera de Londres y no hay rumores ni garantías de su conducta –confesó
Helen.
—Esa obcecación con Evelyn no me parece lógica y más si
tenemos en cuenta que la habrá visto en un par de ocasiones –dijo su marido.
—Sí. En el baile de Lorena Racgent y en el de Lucy
Fergal. Por cierto, dos debutantes con un gran futuro. Agraciadas, jóvenes y
ricas. ¿Por qué no pidió la mano de ninguna?
—¡Y yo qué sé, Helen! –mascó entre dientes él y apuró el
brandy.
Ella se mordió el labio con aire pensativo.
—¿Sabes? La verdad es que, como has dicho, tu ineptitud
financiera y tú vicio nos ha llevado al final de un camino glorioso. Casaremos
a Evelyn, cuando ya perdimos toda esperanza y con el mejor partido que podíamos
soñar. Seremos la envidia de todo Londres y parte del país. Y lo más
importante, que sanearemos las arcas vacías.
—¿No crees que en lugar de echarme a los lobos deberías
darme las gracias? –dijo él con tono de sorna.
Su esposa le lanzó una mirada de hielo.
—¿Cómo puedes bromear en un momento así?
—Cierto. No lo es. Centrémonos en cómo se lo comunicamos
a nuestra hija. Se pondrá hecha una furia.
Su madre suspiró hondo.
—¡Qué Dios nos asista!