viernes, 9 de enero de 2026

LA MANSIÓN DE LAS MENTIRAS


COMISARIO TRYSTAN FAIRFAX: LA MANSIÓN DE LAS MENTIRAS

1

 

Trystan Fairfax alzó la mirada.

Pasó por allí infinidad de veces en su juventud y jamás prestó atención. Era una casa más de la élite londinense. Ahora, esa élite, se veía envuelta en una terrible desgracia al igual que los miserables que poblaban las orillas pestilentes del Támesis.    

Tiró de la campanilla y no tuvo sorpresa alguna. El mayordomo, calcado a todos los que servían en las mansiones, lo miró con desprecio, al comprobar que no se trataba de nadie notable. Esa actitud le resultaba grotesca. Esos tipos se consideraban la aristocracia de los criados por servir a una gran familia.

—¿Sí?

—Avise que la policía ha llegado.

Al darse a conocer, su actitud cambió por completo.

—Puede pasar. Lady Lavinia Ellington lo aguarda. Acompáñeme.

El asunto debía ser embarazoso para saltarse tan sagrado modo de operar al no anunciarlo.  

Trystan le entregó el abrigo y lo siguió. Subieron al piso superior y al detenerse ante la última habitación golpeó con los nudillos y abrió.

—Mi lady, la policía.

La estancia era una elegante salita. Sin duda, destinada a una mujer. Y esa mujer era la que estaba ante él, joven, hermosa, muy hermosa. Cabello como las castañas, ojos tan verdes como las praderas, con la actitud de una reina, serena.  Y su palidez indicaba que necesitaba a la policía. 

—Soy el inspector Trystan Fairfax, lady Ellington.

Ella le indicó una butaca junto al fuego; lo cual agradeció. Aquella primera noche de noviembre era muy fría.

—Por favor, tome asiento. ¿Desea una taza de té?

Él hizo rodar el sombrero entre las manos.

—Me disculpará que sea tan brusco, pero me temo que la circunstancia que me ha traído aquí a estas horas no propicia tomar el té. A no ser que su urgencia sea un delito de falta leve. Estoy habituado a que ustedes se alarmen sin motivo.

Ella le dedicó una media sonrisa.

—¿Con ustedes se refiere a la clase alta?

—Sí. Y por favor. Le pediría que vaya al grano y me ponga al tanto de lo que ha sucedido. ¿O debo esperar a su marido?

Lady Ellington se levantó.

—Sígame.

No era una petición, era una orden. El tono habitual entre los de su club.

Salieron y entraron en la penúltima estancia del corredor.

—Como ve, la cuestión no es insignificante.

Fairfax, acostumbrado a escenas sangrientas e incluso macabras, parpadeó desconcertado al ver al hombre tendido ante la bañera con una gran mancha de sangre en el pecho. Porque, no era nada habitual que sucediese un crimen entre los salones de una residencia aristocrática.

—¿Quién es?

—Mi marido —respondió la mujer, sin mostrar la menor emoción. Actitud que tampoco le extrañó. Esas mujeres estaban acostumbradas a ocultar los sentimientos.

—¿Puede explicar lo que ha sucedido?

—No.

Fairfax la miró incrédulo.

—Sé lo que piensa. Primero diré que no he sido yo. Después que mi marido y yo ocupamos dormitorios distintos. Hoy me he acostado a las nueve e ignoro que ha hecho él.

—¿No ha escuchado nada?

—No. Lamento no poder ayudarle.

—¿Y el servicio?

—Tras la cena, que es a la siete, se retiran una hora después a la última planta.  

—Deberá solicitar que alguno de ellos acuda a ayudarla. La noche será larga —le aconsejó él.

Ella alzó una ceja.

—¿No puede esperar a mañana?

Fairfax negó con la cabeza.

Esta vez ella sí se alteró.

—Es noche cerrada. Si acuden más policías el escándalo será imposible de evitar.

—Mi lady. En esta ocasión el escándalo estallará. Esto no ha sido un accidente. Se trata de un asesinato. ¿Lo entiende?

Ella inspiró por la nariz para evitar darle una respuesta inapropiada.

—Claro, agente.

—Comisario, mi lady.

Lavinia reparó por primera vez en él con más atención, en su juventud. No debía ni haber cumplido los cuarenta y no era habitual que un agente llegase a lo más alto en una comisaría a su edad. Como tampoco que, a pesar de su brusquedad, no se trataba de alguien vulgar. Era de ese tipo de hombres con elegancia innata y  respetuoso.   

—Pues, como le digo, comisario, sé que la situación es complicada. Cuánto menos la aireemos mejor. ¿No le parece?

Otro signo característico de los nobles. La mierda no debía salir de casa.

—Por desgracia será imposible. Un caso como este será mediático y no lo digo tan sólo por los tabloides, por su mismo círculo social. 

Lavinia se frotó las manos.

—Hemos sido siempre discretos. Y ahora…

—Lo lamento. Un asesinato no puede quedar silenciado. Y menos cuándo ha ocurrido dentro de un recinto. Hay que averiguar si se trata de algo personal o de robo. Hay que investigar más a fondo.

—Es lógico.

—Por el momento, a simple vista, no hay señales de violencia en la puerta ni en la casa. Dudo que se trate de un hurto.

—¿Y qué más puede ser? —inquirió Lavinia.

—Es lo que hay que averiguar. La dejaré que descanse. Su mayordomo nos ayudará con las diligencias policiales.

Ella suspiró.

—Me temo que no podré dormir.

Él dudó. No era de esa clase de damas de inclinación sensible. Mente fría, práctica y calculadora. Aun con todo, dijo: 

—Comprensible. Han matado a su marido.

Lavinia alzó la barbilla.

—Su tono sarcástico me molesta, comisario.

—Y a mí que intenten convencerme de que retrase los tramites. ¿Es qué quiere ocultarnos algo, condesa?

Ella se levantó, abrió la puerta y miró al sirviente.

—Terrel lo atenderá. Si me necesita él me lo comunicará. Buenas noches, comisario.

2

 

Fairfax observó como Sniffer estudiaba al cadáver.

—¿Tienes algo?

El forense ladeó la cabeza y señaló la herida.

—La muerte está clara. ¿No te parece?

—Sabes que no confío cuándo algo es tan evidente. Mi olfato de sabueso se pone en marcha.

—Lo que eres es un tocapelotas. ¿De verdad me harás efectuar una autopsia? ¡No me jodas, Trystan! —protestó el hombre.

El comisario ocultó una sonrisa. A pesar de esa queja, sabía que al forense le entusiasmaba que le pidiesen que profundizara más.   

—Sí, Nolan. Y quiero un avance para poder interrogar a los sospechosos. Sé que ya tienes un dato. ¿Hora del fallecimiento?

El experto abrió el cuaderno de notas.

—La temperatura corporal según el termómetro de mercurio indica entre las nueve y diez de la noche. Y el rigor mortis también me lo confirma.

—¿Signos que nos indiquen que no ha sido un cuchillo o algo punzante el culpable del fallecimiento?

—A simple vista no se observa veneno ni fallo cardiaco.

Trystan aseveró.

—De todos modos, insisto en que quiero una autopsia rigurosa.

Sniffer se levantó.

—Y tu buscarás mierda entre los salones elegantes. ¿Cierto?

—Averiguaré la verdad, aparte de quien es el sospechoso, al igual que siempre.

—Tu integridad es mítica en el cuerpo. Claro que, puedes permitírtelo.

La cara de Trystan se tornó de piedra.

—Ya podéis terminar aquí. Gracias, doctor Sniffer. Espero noticias muy pronto.

—Lo intentaré, comisario Fairfax.

Él efectuó un gesto con la mano y ordenó que levantasen a la víctima.

Un joven de cabellos rojos, vestido con uniforme se acercó a Trystan.

—Jefe. He pedido que reúnan a todo el personal.

—¿Dónde están?

—Los he instalado en la biblioteca.

—Gracias, Doherty. ¿Habéis examinado todo? ¿Algún signo de violencia o robo?

—La casa está en orden. Ni ventanas rotas ni puertas forzadas.

Trystan se mordió el labio y asintió.

—Lo que significa que nos hallamos ante un asesinato premeditado.

—Es posible. Tal vez por la herencia o un crimen pasional —opinó el muchacho.

—¿De verdad cree que los celos tienen algo que ver? ¿Acaso no lo ha estudiado con atención?

El joven comprendió a qué se refería. La víctima no era el paradigma de la belleza ni mucho menos de la elegancia. Cincuentón, barrigudo y nada atractivo, más bien se podría calificar de feo.  

—El conde no parece de esa clase que a una mujer la vuelve loca de celos y mucho menos de amor.

—Por su aspecto físico, no. De todos modos, no aparque la teoría de que una cabeza privilegiada puede borrar todos sus defectos —rebatió Fairfax.  

—Muy especial hubiese tenido que ser —dijo Doherty sin evitar la ironía.

—La vida nos da muchas sorpresas. Y más si uno se sumerge en los temas delictivos. No lo olvide. Vayamos a descubrir los secretos que esconde esta mansión. Reúna a todos los habitantes.

—¿Ahora? —inquirió su subalterno.

—Ya está amaneciendo. Y cuanto antes se hable con los sospechosos, mucho mejor.

Doherty cumplió la orden y unos minutos después, estaban todos reunidos.

Acudieron al lugar del interrogatorio. Los empleados se encontraban de pie y sus rostros mostraban preocupación.

—Buenos días los saludó Trystan.

Los asistentes respondieron al unísono.

—Soy el comisario Fairfax. Mi ayudante el agente Doherty les ha notificado de lo que ha pasado esta noche. Necesito toda la información posible para desentrañar la muerte del conde de Hastings. ¿Alguien puede aportar información?

Todos volvieron a responder en grupo con un leve movimiento de cabeza.

—¿Ninguno escuchó nada? —preguntó Doherty.

—El personal permanece en sus habitaciones a partir de las ocho. Las normas no permiten deambular por la casa a partir de entonces —respondió el mayordomo.

—¿Dice que jamás quebrantan la orden? –quiso saber Trystan.

—A no ser que suceda algo extraordinario, no. Somos unos empleados responsables —afirmó la mujer de más edad y cuerpo rollizo.   

—¿Cómo qué, señora? —preguntó Doherty, abriendo la libreta de notas.

—No se… Una indisposición, recordar algo que debiste hacer… Una luz prendida. Esas cosas. Es decir, enmendar el error lo más pronto posible.

—¿Y anoche fue todo normal?

—Sí. ¿Verdad?

Sus compañeros afirmaron de nuevo sin abrir la boca.

—Pues algo pasó y me es difícil creer que ninguno de ustedes oyese nada inusual —opinó Trystan y paseó la mirada de hielo por los criados.

Ninguno de ellos pudo evitar el estremecimiento. No eran estúpidos y eran conscientes de que los consideraba sospechosos.

—Desde el tercer piso no se escucha nada de la segunda planta y menos de la principal —osó decir una mujer cuya juventud comenzaba a encaminarse hacia la madurez. Sin duda ya no cumpliría los treinta.

—Es verdad —musitó una muchacha de origen mestizo.

—¿Eso es todo, comisario? Tenemos mucho trabajo que realizar hoy. Ya sabe. Cubrir los espejos, preparar la ropa de la condesa, cambiarnos por el luto, cocinar para los visitantes —comentó el mayordomo.

—Y yo cocinar más de lo acostumbrado —apuntilló la mujer oronda. 

—Por cierto. ¿Podría decirnos la hora del fallecimiento? Por los relojes, ya sabe.

Trystan miró al mayordomo con gesto adusto.

—Puede pararlos entre las nueve y las diez. Hora que, en otro momento, preguntaré a cada uno de ustedes que hacían o dónde estaban.

—Ya le hemos dicho que en nuestros cuartos —dijo la mujer, que por las llaves colgadas de la cintura se trataba del ama de llaves.

—Sé por experiencia que nada es lo que parece o se confiesa. Y con ello no les llamo mentirosos. Solo digo que en ocasiones uno obvia, sin darse cuenta, detalles importantes para una investigación. Así que, vayan pensando. ¡En fin! Seguiremos mañana. Pueden retirarse. Tarrel. Usted aguarde.

Los demás no esperaron ni un segundo en cumplir la orden.

—Señor Terrel. ¿Puede indicarme dónde está la condesa?

—En sus aposentos. No podrá verla ahora. Debe descansar y prepararse acorde a las circunstancias.

—Entonces, aguardaré a mañana. Aunque no me iré sin inspeccionar la planta baja de la mansión. Por favor, si es tan amable de acompañarme.

—Como no, señor comisario.


 


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